Desde que leí Crónica de una muerte anunciada, por allá a mediados de los dos miles, siempre la consideré como el clásico indiscutido de la novela negra en Colombia. No tenía ningún argumento o prueba de ello, solo el recuerdo vertiginoso de la lectura: comenzando con el anuncio del crimen en la primera frase, hasta la brutal reconstrucción del destripamiento de Santiago Nasar ciento veintidós páginas después.
Con los años le he ido tomando gusto a la literatura negra y a la propensión de la crítica por discusiones bizantinas sobre el origen del género, su nomenclatura o la pureza de sus exponentes. Era inevitable entonces que, envalentonado por mi recuerdo del libro, me dispusiera a resolver el enigma sobre la verdadera filiación de la obra de García Márquez.
Hay buenos argumentos a favor y en contra de adscribir Crónica de una muerte anunciada al género negro. Para empezar, su trama sigue los mecanismos de la literatura policial. Todo relato detectivesco contiene dos historias: la de un crimen y la de la investigación, la de la víctima y la del detective. Las dos historias suelen ser interdependientes, mientras más investiga el detective, más sabemos del pasado de la víctima. En Crónica de una muerte anunciada están ambas. Por un lado, está el relato de las pesquisas periodísticas del García Márquez de la ficción, el narrador, el García Márquez detective, un periodista que regresa a su pueblo, veintisiete años después, para escribir una crónica sobre el asesinato de un amigo de la infancia. La otra historia es la del crimen. La llegada de Bayardo San Román, su matrimonio con Ángela Vicario, la devolución de la novia la noche de bodas y el consiguiente homicidio por honor perpetrado por los gemelos Pedro y Pablo Vicario con cuchillos de carnicero.
Esta coincidencia estructural también vincula el libro con la esencia del género negro: la búsqueda de la verdad. Sobre el corazón de las historias policiales mucho se ha escrito y, en parte, de allí surge el debate sobre cómo llamarlas (policial, negra, noir, criminal, detectivesca). Pero más allá de los contextos de la trama, los métodos del detective o el enfoque temático o mecánico de las historias, no hay literatura negra, policial, criminal o detectivesca donde la búsqueda de la verdad no sea el centro o uno de los ejes principales del relato. Es en la investigación, en la pesquisa, donde se desarrolla la trama del detective y se revela la de la víctima. Además, es el intento por encontrar justicia, lo que hermana al policial con el western y la novela de caballeros. También lo que da lugar a la adivinanza y el rompecabezas. Lo que permite la aventura y, por último, lo que da lugar a las indagaciones de la mente criminal y revela los motivos del crimen.
Por supuesto que Crónica de una muerte anunciada es una historia sobre la búsqueda de la verdad, con un enfoque periodístico. La trama descifra las razones del asesinato de Santiago Nasar a partir de entrevistas y recuerdos, pero también intenta desentrañar la serie de casualidades que hicieron posible el crimen, intentando responder así a la pregunta de si se hubiera podido evitar. Es, además, un reportaje ficticio, una investigación que naufraga explícitamente en el intento de establecer si Santiago Nasar fue o no, el «autor» de Ángela Vicario.
Hablar de periodismo al hablar de la novela no es casualidad. Desde el título, pasando por el lenguaje y los recursos narrativos, el libro bebe de la crónica. Esto no es una novedad dentro de la novela negra latinoamericana. De hecho, si Latinoamérica ha aportado algo género, es la aplicación de las herramientas de la reportería para contar historias de crímenes y a la inversa, usando los recursos literarios para hacer no ficción. Operación masacre o los Cuentos para tahúres de Rodolfo Walsh son la prueba de ello. Pero esta coincidencia va más allá. Explica Leonardo Padura, tal vez el escritor de novela negra más prestigioso en castellano de la actualidad, en su ensayo Modernidad y posmodernidad: novela policial en Iberoamérica que, si bien no hay una regla general, los puntos de coincidencia en el neo policial latinoamericano son: la denuncia, el desencanto, el humor y la influencia del periodismo.
El periodista surge como la versión latinoamericana del detective privado o del comisario. Un paladín independiente del Estado, que busca justicia fuera del sistema y que tiene la capacidad de retratar la sociedad. La figura del periodista en la novela negra de Latinoamérica aparece como respuesta a la desconfianza hacia los Estados en la región. Después de todo, el boom del género en español, el neo policial latinoamericano, se dio durante la década de los 70 cuando las dictaduras pululaban por todas partes.
Esto está bien aplicado en Crónica de una muerte anunciada, pues quien investiga a profundidad el crimen es el narrador-cronista. Desvelando que el Estado no solo no evitó el crimen (el alcalde se limitó a quitar un par de cuchillos a dos carniceros ebrios), sino que de forma posterior liberó a los criminales, aceptando su argumento de la defensa del honor.
Por último, en favor de la candidatura, están las propias declaraciones de García Márquez. Son reiteradas las veces en que el escritor dijo por escrito o en entrevistas que Crónica de una muerte anunciada era una novela negra. Lo dijo en una columna en el diario El País, titulada Cuento de un Cuento; lo reiteró en la revista Cambio, en un texto llamado Crónica de una crónica (donde se declaró lector de novela policiaca); lo repitió una vez más en el documental La escritura embrujada y, según cuenta Santiago Gamboa en su prólogo a la novela, se lo dijo también a él durante una visita a la casa del nobel en Bogotá.
Pero fueron, precisamente, esas declaraciones de donde surgieron mis dudas sobre la filiación del libro. Por un lado, García Márquez insiste en nombrar a Edipo Rey como su relato policial favorito y como «el primero que donde el detective y el asesino son la misma persona». Aquí aparece otro de los debates bizantinos del género, una vieja rencilla sobre los orígenes del policial. Autores como Rodolfo Walsh, Sergio Pitol o Mempo Giardinelli afirman que es posible encontrar relatos negros cientos o miles de años antes de la publicación de Los crímenes de la calle Morgue de Edgar Allan Poe en 1841, unánimemente considerado el primer relato policial en regla de la historia. Estos autores han encontrado precedentes claros en libros como La Ilíada, la Eneida, la Biblia, Don Quijote o el Popol Vuh. Del otro lado, escritores como H. R. F. Keating, P. D. James o Andreu Martín afirman que el surgimiento de la literatura policial es imposible antes de la Revolución Industrial, con el triunfo definitivo de la razón y el nacimiento de los cuerpos de policía modernos. Además, agregan que las consiguientes transformaciones del género, por ejemplo, el surgimiento del Hard boiled (una versión cínica y violenta de las historias de detectives), con la publicación de Cosecha Roja de Dashiell Hammett en 1929, está directamente vinculado a procesos históricos de alto impacto en los países anglosajones como el crack del 29 o la Ley Seca en Estados Unidos.
Si situamos Crónica de una muerte anunciada en medio de este debate, es válido preguntarse si un relato situado en una sociedad no industrializada debido al contexto geográfico, profundamente anclada a costumbre coloniales, como la defensa del honor, y donde lo fantástico está presente (el fantasma de la esposa del viudo de Xius se manifiesta físicamente para protestar por la venta de su casa), podría ser considerado parte del género. O si, por el contrario, es otro ejemplo de esos relatos que tratan alrededor del delito, pero no se centran en la búsqueda de la verdad, como puede ser Crimen y castigo.
Por otro lado, de las declaraciones de García Márquez surge la duda sobre si en verdad era un lector apasionado de policiales. Una y otra vez repitió que la gran innovación y argucia de su novela fue poner el crimen en la primera página y no en la última, para obligar a las personas a leerla, línea por línea. Este argumento, si bien es cierto que el inicio del libro es contundente y atrapa, desconoce que todo relato negro empieza con un crimen, misterio o alteración al orden y es la búsqueda por descubrir qué sucedió, los motivos o los culpables, lo que organiza la trama, siendo el final común la revelación, no la muerte. En el relato policial la muerte al inicio es una regla bien extendida, mientras que la muerte final parece más un código perteneciente a otros géneros como el drama o el romance.
Si bien este desliz fantoche del autor no rebate los argumentos, sí permite introducir otros en contra. Tenemos por un lado el funcionamiento mismo de la novela corta. Autores como Ricardo Piglia, Roberto Bolaño o Juan Villoro han señalado que el eje que articula la novela corta es el misterio. Villoro, por ejemplo, cuenta en su conferencia Lo que pesa un muerto, a propósito de la ficción y el periodismo en la obra de García Márquez, que Crónica de una muerte anunciada tiene una de las tramas más comunes en la novela breve: el narrador averiguando su propia historia (otro ejemplo sería Pedro Páramo de Juan Rulfo). Piglia, teórico y activo promotor de la novela negra, explica que este misterio o vacío, centro de la novela breve, no debe ser llenado, sino que lo importante es lo que hacen los personajes alrededor de él. Roberto Bolaño señala que la novela negra debe ser rápida y precisa, dos cualidades destacables del libro de García Márquez, y solía recomendar el uso de los recursos de la novela policial, el misterio y la búsqueda, para escribir cualquier historia. Consejo que él mismo aplicó en novelas como Estrella distante, 2666 o Los detectives salvajes
Que la novela corta se construya alrededor del misterio o de agujeros negros, como los llama Piglia, así como que la novela del nobel colombiano sea especialmente precisa no parecen ser una coincidencia, sino la aplicación magistral de los límites y ventajas de un formato literario. A eso se suma que, como lo señalaba García Márquez al referirse al truco del muerto en la primera línea, el autor pudo haber construido la trama partiendo de un misterio, no para escribir una novela negra, sino para narrar el amor idílico entre dos desconocidos y retratar la violencia y el machismo que justifican el asesinato anunciado de Santiago Nasar. Lo hizo, claro está, con lo mejor de la novela policial en su vertiente Latinoamérica y una de sus grandes pasiones, el periodismo.
Otro argumento para rebatir la idea de que Crónica de una muerte anunciada es una novela policial es que el libro es profundamente garciamarquiano. Entre sus páginas encontramos varios lugares comunes de su literatura: las putas representadas como seres mitológicos y sabios, la concepción del destino como inexorable y los militares y las guerras colombianas como eventos de fondo. No faltan tampoco las menciones al mar y a un buque español encallado, ni las inquietantes alusiones a la pedofilia (esta vez como una confesión de la solicitud de matrimonio a Mercedes, su esposa en la vida real, cuando estaba en primaria y el narrador es un hombre adulto). En el libro también encontramos recursos narrativos y estilísticos clásicos de García Márquez como las repeticiones como forma de premonición, los sueños como pistas del futuro y la adjetivación desbocada, pero siempre poética.
Y esos son los argumentos. ¿Es Crónica de una muerte anunciada una novela policial? Mi respuesta, al igual que cuando era un preadolescente atolondrado, atrapado en las páginas del libro, es sí. Aunque en el fondo ahora sé que el debate no importa. Vale más la excusa, la oportunidad de investigar, de buscar la verdad, de leer un excelente libro y de escribir sobre él. Pero lo cierto es que mi convicción sigue incólume. Crónica de una muerte anunciada puede ser garciamarquiana, seguir todas las reglas de la novela corta, estar anclada a un mundo previo al surgimiento del relato policial y su autor pudo no ser un experto en el tema. Pero en el centro de la novela vibra el intenso deseo de buscar la verdad, el detective y el muerto, la pesquisa y las certezas terribles de que los crímenes son evitables, que las víctimas están solas y que el periodismo siempre llega tarde.
Crónica de una muerte anunciada es una novela negra, pero sobre todo un buen libro. Y como tal, es incongruente, vertiginoso, aparentemente simple, a veces vulgar y otras lírico. Es capaz de usar las reglas de distintos géneros desde el periodismo al melodrama, desde la novela corta hasta el policial. Logra denunciar machismo, mientras lo retrata con una mirada fascinada. Se horroriza ante la violencia, mientras usa un destripamiento para mantener al lector en libro por fuerza. Cuenta una historia real, mientras la reconstruye con la ficción. Todo ese conjunto genera el efecto vórtice de su lectura y la certeza sobre su calidad. Y contra eso no existen pruebas en contra.
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