Los lectores colombianos —o latinoamericanos— desprevenidos que aún no se han acercado a la obra de Gabriela Damián Miravete, escritora, editora y guionista mexicana, se están perdiendo la oportunidad de adentrarse en la narrativa de una de las más destacadas representantes de la ciencia ficción contemporánea en América Latina, libros como La canción de todas las cosas (Elefanta editorial, 2024) y Soñarán en el Jardín (Alfagura, 2025) así lo corroboran. Nacida en la Ciudad de México, su trabajo ha sido traducido a diversos idiomas y reconocida con importantes distinciones internacionales, entre ellas el Premio Otherwise (antes James Tiptree Jr.) y el Shirley Jackson Award. Además de su faceta como narradora, ha impulsado proyectos colectivos que buscan ampliar los horizontes de la imaginación especulativa desde perspectivas latinoamericanas y feministas.
En su más reciente labor editorial, la escritora mexicana reunió a once escritoras de distintos países de la región en El día después del eclipse, una antología publicada por Minotauro que reivindica la presencia de las mujeres en la ciencia ficción latinoamericana y cuestiona una tradición literaria que durante mucho tiempo las mantuvo en los márgenes. A través de relatos que exploran temas como la maternidad, la tecnología, la dictadura, la identidad, el cuidado y las desigualdades sociales, el volumen propone nuevas maneras de imaginar el pasado, el presente y el futuro desde experiencias situadas en América Latina.
En esta entrevista, Gabriela Damián Miravete reflexiona sobre los criterios que guiaron la selección de los cuentos, el potencial de la ciencia ficción escrita por mujeres para pensar problemáticas contemporáneas desde una mirada latinoamericana, así como el impacto que espera que esta obra tenga en las nuevas generaciones de lectoras y escritoras que buscan construir futuros propios.
¿Qué significa para ti “El día después del eclipse” en relación con la invisibilización histórica de las mujeres en la ciencia ficción latinoamericana?
Para mí fue una alegría muy grande y, al mismo tiempo, una responsabilidad también enorme, porque, a la hora de hacer una selección, hay límites materiales con los que cumplir: el número de páginas, los recursos disponibles, el pago justo a las autoras. Hay que tomar decisiones que, desde luego, parcializan ese panorama y, en ese sentido, yo creo que esta antología es una razón para celebrarse porque ya existe y están autoras muy buenas de varios lugares de Latinoamérica que no han tenido ese foro, que no han tenido esa proyección. Pero, sin duda, es una antología que muestra una cara del prisma y que ese prisma tiene que ser completado por otras posiciones desde donde se mire. Espero que sea como un estímulo para que haya cada vez más antologías y que muestren la diversidad de las mujeres que están escribiendo actualmente ciencia ficción en Latinoamérica, porque el hecho de que seamos mujeres, y latinoamericanas, no significa que escribimos desde un mismo lugar. Ser mujer latinoamericana sí trae algunos componentes comunes, pero Latinoamérica es un territorio tremendamente diverso, que tiene un montón de variaciones en su geografía, en su historia, en sus condiciones políticas y económicas. Y esa es la variedad que necesita mostrarse.
Esta es una muestra pequeñita que hicimos con muchísimo cariño y, para mí, sí es una reivindicación importante. Espero que sea la primera de muchas otras que se vayan haciendo.

Al reunir voces de distintos países y contextos, ¿qué criterios guiaron la selección de los once cuentos y cómo dialogan entre sí pese a sus diferencias culturales, temáticas y estilísticas?
Para mí era importante permitir libertad para las autoras, para que exploraran lo que desearan explorar. Algunas ya habían escrito los cuentos que nos compartieron, algunas los modificaron un poco, algunas escribieron cuentos nuevos para la antología. Y digamos que la invitación fue a pensar esta manera de narrar desde esa tensión que hay entre el conocimiento y la vida humana, la naturaleza y la explotación de recursos, todos estos conflictos de la modernidad que se viven de forma muy específica en nuestros territorios. Sí, claro que somos países productores de tecnología. Latinoamérica tiene centros importantes en términos astronómicos, de investigación en física, en biología, en fin, en todas estas cosas que tradicionalmente se consideran como los marcos que crean la ciencia ficción. Pero también vivimos una simultaneidad de tiempos muy interesante, que también puede dar cuenta de una experiencia común de vivir en las ruinas de las colonias americanas, que todavía nos afectan, que inciden en nuestra cotidianidad y que determinan nuestra posición en el gran engranaje de los sistemas sociales.
Entonces, a mí me interesaba ampliar un poquito esa definición de ciencia ficción para incluir esta experiencia del tiempo y de las estructuras de las opresiones, de esas matrices invisibles culturales que determinan nuestras vidas, precisamente también porque somos mujeres. Entonces, creo que esa fue la invitación y el criterio: que fueran buenos cuentos, narrados desde la libertad y el deseo de cada una de las autoras, pero teniendo en cuenta esta experiencia de escribir desde esos territorios que sufren extractivismo, que sufren inequidad, que sufren racismo. No como una línea desde la que debieran narrar, porque muchas de ellas incluso ya habían escrito los cuentos, sino porque eso sale, eso se aprecia cuando se escribe situada dentro de algún territorio.
Entonces, es interesante. No es, a lo mejor, una característica indispensable, pero es curioso que, sin tener que pedirlo, esos elementos están ahí porque se escriben desde la propia experiencia del cuerpo, del tiempo, de estas estructuras sociales y desde la sensibilidad de estas tensiones que existen entre las bondades de la tecnología y los horrores de la tecnología en los lugares de los que venimos.
Está muy variado el libro, pero sí dialogan en cuanto a que se notan esas experiencias que son situadas. Y creo que es muy interesante ver cómo algunas se distancian y otras deciden acercarse. En fin, creo que es una de las maravillas de las antologías.

La antología aborda temas como la dictadura, la maternidad, el sexo o la docencia desde la especulación. ¿Qué posibilidades ofrece la ciencia ficción para repensar estas experiencias desde una perspectiva femenina y latinoamericana que otros géneros no permiten?
Yo adoro la literatura especulativa, la ciencia ficción, el horror, la fantasía, lo fantástico, la literatura de la imaginación, como la llama Alberto Chimal, precisamente porque no te sujeta a la realidad, a los límites de la realidad. Entonces es posible hablar desde los deseos, desde el anhelo de “quiero que esto sea de otra manera”, o desde el miedo: “temo mucho que esto se transforme en esta cosa”; hablar desde un lugar muy emocional, muy intenso, con representaciones muy vívidas de esas emociones, de esos temores o de esos deseos.
A mí me parece que es una experiencia de lectura deliciosa y de escritura, uf, pues más deliciosa aún. Yo más bien me pregunto por qué las demás personas no escriben desde esta perspectiva, porque además me parece que estos géneros propician una expresión más amplia de lo que se siente tener un cuerpo; en este caso, el cuerpo femenino, que está sujeto a tantos horrores por la opresión patriarcal, la violencia que se vive en las ciudades y en los pueblos, el constante riesgo y la vulnerabilidad, aparejada con una fortaleza corporal inmensa que sólo puede tener un cuerpo que va a dar luz a otro cuerpo.
Creo que hay muchas herramientas que son muy efectivas en la ciencia ficción, en la literatura especulativa. Son herramientas expresivas muy efectivas para transmitir lo que se siente vivir de esta manera. Y también me parece que, de una manera más general, posibilita una experiencia del tiempo distinta, representar esa experiencia del tiempo que los seres humanos tenemos y que no está anclada nada más en el presente. Dialoga un montón con el futuro, con el pasado; se desplaza constantemente entre uno y otro. Y a mí me parece que la ciencia ficción también permite esos desplazamientos, expresar lo que se siente vivir en esos desplazamientos y mirar la vida humana en una escala planetaria, alejarnos un poquito y darnos cuenta de lo que somos parte, de que somos parte de algo mucho más grande que nuestra pequeña individualidad. Eso también me atrae mucho.
Aunque creo que la ciencia ficción feminista, una cosa maravillosa que hace, es justamente reducir muchas veces ese gran esquema de las cosas, o tejer ese gran esquema de las cosas con la intimidad del cuerpo, de la experiencia, de opresiones más íntimas y más cotidianas. Y eso ha sido muy potente. La ciencia ficción feminista, o la ciencia ficción escrita por mujeres en términos más generales, ha cambiado a la ciencia ficción misma, y eso a mí me parece súper potente.
En un campo históricamente dominado por imaginarios masculinos y anglosajones, ¿qué rasgos o preocupaciones consideras que distinguen a la ciencia ficción escrita por mujeres en América Latina?
Además de esto que ya dije, sí creo que pueden verse en la ciencia ficción escrita por mujeres desde Latinoamérica las consecuencias de esta glorificación de la ciencia y la tecnología que se ha dado desde la ciencia ficción anglosajona tradicional, ingenua, de principios del siglo XX, hasta la espantosa fagocitación del discurso cienciaficcional por parte de los ultramillonarios que no entendieron que era una advertencia y no un manual de instrucciones, como dice el meme.
Creo que ahí se evidencian, en cuentos escritos por mujeres, en reflexiones hechas desde la ciencia ficción por mujeres, esas consecuencias que no se tienen en cuenta a la hora de establecer esos grandes relatos en los que la ciencia y la tecnología son nuestra salvación. Los cuerpos de las mujeres, la experiencia de vivir como hemos vivido las mujeres latinoamericanas, en toda nuestra diversidad, en todos los contextos de los que partimos cada una, que pueden ser muy diferentes, sí que muestran una cosa que no había sido dicha, que no había sido observada, pero que ha sido experimentada y que también ha determinado que el mundo siga sin cambiar.
Antes de escuchar estas otras subjetividades, el mundo no estaba obligado a cambiar. Y ahora que estas voces tienen otro lugar y que sí están siendo escuchadas, el mundo se está viendo obligado a cambiar. Nosotras mismas lo estamos obligando a cambiar y lo estamos cambiando con nuestro quehacer cotidiano, porque ahora es más fácil incidir en él que antes. Antes era sostenerlo en la oscuridad y en el silencio, y ahora poder incidir en él de una forma más visible, porque antes era de una forma invisible.
También creo que, de cara al futuro, podemos imaginar otra clase de cosas a partir de nuestras necesidades, de nuestros deseos, que estén más en sintonía con los frentes de cuidado en los que históricamente hemos estado atrapadas. Pero no es que queramos salir de ellos. Estar atrapadas en los roles de cuidado sí es una pérdida de la libertad, pero al mismo tiempo hay mucha belleza en el cuidado y hay una cualidad indispensable en las labores de cuidado que no se pueden abandonar. Creo que también las escritoras lo que hacen es evidenciar que el cuidado es indispensable, que el cuidado entre nosotros como sociedad y del mundo natural es indispensable y se tiene que repartir. No es que nosotras nos tengamos que quedar atrapadas cumpliendo esos roles, pero sí es una invitación a que compartamos esos roles y, muchas de nosotras, a no abandonarlos y continuar con ellos desde una posición distinta, más justa, más consciente; hacer una invitación al mundo a que se una a esto que es lo que sostiene la vida, que es el cuidado.
Y por eso también hay una tendencia a que ciertos futuros imaginados desde el cuidado sean más amables o más centrados en continuar la vida que en advertir los horrores que ya nos advirtieron las distopías del siglo XX. Pero también, desde luego, hay mucho de eso; también hay muchas otras advertencias, porque siguen siendo muy, muy necesarias.
Pensando en lectoras y lectores actuales, ¿qué impacto esperas que tenga esta antología en el canon de la ciencia ficción y en las nuevas generaciones de escritoras que están comenzando a imaginar futuros propios?
Espero que El día después del eclipse contribuya a leer a las autoras no como un capítulo aparte, sino como una visión integrada a la historia de la ciencia ficción latinoamericana. Espero que poco a poco se vaya construyendo eso. Insisto: no será labor de una antología, sino de varias que ya están surgiendo en diversos puntos del continente, y eso me da mucha felicidad. Y que, tal cual, se integren a lo que pensamos como ciencia ficción latinoamericana y no únicamente con el apellido “escrita por mujeres”.
Eso por un lado. Por otro lado, que conozcan a las maravillosas autoras: a Yadira Álvarez Betancourt, una cubana que imaginó una máquina de los sueños; a Paula Castillo, de Colombia, que nos advierte del horror de los microplásticos flotando en nuestro torrente sanguíneo; a Ana Rüsche, con una inteligencia artificial robótica muy entrañable que nos ofrece una posibilidad de futuro tecnológico distinto para el Amazonas, brasileña ella además. Brasil no suele considerarse dentro de este tipo de antologías porque no compartimos idioma, pero para mí era muy importante incluir a alguien de Brasil, porque ya basta de esas divisiones que son ajenas a nuestra experiencia, sino que son decisiones económicas y externas a esta fraternidad latinoamericana. La selección incluye además a Yásnaya Elena Aguilar Gil, que es una lingüista mixe brillante y que nos pone la paradoja de elegir entre el resguardo de la lengua mixe en el futuro y, mientras tanto, sufrir las consecuencias de esa garantía tecnológica en el presente y en su comunidad. A Selene Hékate, uruguaya. Uruguay es un país que no es muy frecuente en las antologías de ciencia ficción; normalmente, de esa región, lo que se toma es Argentina, y a mí me parece que hay que mirar estos otros lugares. En su cuento habla de la precarización de la labor docente con una trama de ciencia ficción muy divertida y una escritura que linda con el horror, que me parece muy interesante. También está Soledad Véliz, una gran escritora chilena que nos da una visión muy interesante acerca de ese pasado de la dictadura chilena, con una metáfora muy poderosa acerca de la identidad a través de un laboratorio muy siniestro. Otra de las voces es Tanya Tynjälä, una figura legendaria de la ciencia ficción peruana, con una historia cuyo título les puede dar una idea, aunque no es lo que se esperan: Soile Grin, la pronunciación latinoamericana de Soylent Green, esa película que nos marcó a muchos. Pero no, no es exactamente eso; es algo mejor, algo esperanzador lo que ella nos narra. Está también Yasmín Portales Machado, otra cubana, que representa la experiencia migrante a Estados Unidos de una forma muy original, creando una ucronía donde se ve que hay otro orden económico-político en el mundo y que, en realidad, la URSS no ha desaparecido y lo domina todo. Karen Reyes, una escritora colombiana asombrosa y que me encanta porque justo rompe con las expectativas de la identidad colombiana. Explora un viaje muy interesante de la imaginación a partir de la música, del tiempo y del espacio.

También tenemos a la escritora puertorriqueña Pabsi Livmar. Puerto Rico creo que ha sido un país soslayado por estas antologías, donde siempre están Argentina, Cuba y México, claro, por su importancia. Por eso Cuba aquí también repite, porque Cuba ha sido muy importante para el desarrollo de la ciencia ficción latinoamericana. Pero Puerto Rico ha estado un poco abandonado, a mi juicio, y Pabsi Livmar nos regala un relato en torno a la peligrosidad de la lluvia en su isla. Es un relato largo o una noveleta que se experimenta como una película. Y me estaba faltando la gran Liliana Colanzi, esta escritora boliviana que es excelente y que además, con Nuestro mundo muerto, escribió un cuento muy importante para la ciencia ficción latinoamericana escrita por mujeres. No me gusta decir clásico porque para lo clásico hay que tomarse un poco más de tiempo, pero sí es un texto muy importante en ese sentido: poner ahí la experiencia de las mujeres en un escenario extraterrestre, pero con todas estas preguntas e implicaciones sobre la opresión, sobre la esclavitud, sobre los millonarios y sus fantasías, y cómo los cuerpos de estas personas que habitamos la región lo sufren. Me parece que cumple con esta visión que comentaba hace un ratito, de cómo evidencia las consecuencias de estas grandes tomas de decisiones heroicas que los señores millonarios, alejados del mundo, pretenden imponernos al resto.
Creo que todos los cuentos son una joya.
Y ya nada más, como corolario, me gustaría mucho que se quedaran las personas lectoras con la reflexión en torno al eclipse. No es fácil sostener la luz del sol y un estado de bienestar si no luchamos por esa luminosidad, porque en cualquier momento puede abrirse un intento de oscuridad y de regresar hacia donde estábamos. Creíamos que habíamos llegado a un estado de más o menos certeza respecto a lo que implica tener derechos como seres humanos, un derecho internacional más o menos sólido que combatiera injusticias tan evidentes como el genocidio en Palestina. Y esto mismo nos ha revelado que no, que hay cosas que no hemos conquistado todavía y que siguen pesando más los intereses económicos que otra cosa. El caso de los Epstein Files también es síntoma de eso. Los horrores que está evidenciando Gisèle Pelicot, esta mujer tan valiente que fue sometida por su marido a un centenar de abusos sin que ella lo supiera siquiera, todo esto nos revela que seguimos necesitando construir una idea de futuro mutante, que se adapte a las circunstancias y que no deje de insistir en qué es lo importante y en preservarlo.
Entonces, en el próximo eclipse —este momento histórico es muy similar a uno—, defendamos esos derechos que creíamos inamovibles y que para nada lo son. Son muy frágiles. De hecho, los derechos de las mujeres suelen ser los primeros que desaparecen. Entonces es necesario oponer resistencia, no darlos por hecho y defenderlos. Esa también es una reflexión que me gustaría que tuvieran las personas que leen el libro.
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