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    Ficción extraña

    Antropofagia en el continente de la Cobra Grande

    Andrés ArroyaveBy Andrés Arroyavejunio 12, 2026No hay comentarios15 Mins Read
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    En su texto, Brasil especular y el tiempo salvaje de la canibalia americana, Carlos Jáuregui cita el grabado de un artista alemán, llamado Johan Froschauer, como una de las primeras representaciones gráficas que los europeos hacen de los americanos. El grabado se titula Amerikaner y dibuja en madera escenas de los nativos. En el centro de la imagen, parte superior, se observan algunas partes de lo que parece ser un cuerpo desmembrado: una cabeza, un brazo y una pierna cuelgan sobre una fogata. Según Jáuregui, el grabado es uno de esos primeros actos en los que la imagen del caníbal fue semánticamente unida a la de América y sus habitantes.

    En 1978, Carlos Mayolo y Luis Ospina estrenan Agarrando Pueblo, un falso documental en el que se van en contra de la ética de los vampiros del hambre. Ambos ruedan por Cali, en Colombia, buscando escenas de miseria urbana para grabar; tiran monedas a una fuente de agua para que varios niños salten por ellas, contratan a una familia para que rece el padre nuestro y canten a Dios gracias por contar con artistas que les den voz, pues no la tienen, aparentemente. El falso documental acuña, entre otras cosas, el término de la pornomiseria.

    "Amerikaner", grabado de Johan Froschauer
    «Amerikaner», grabado de Johan Froschauer

    Solo la antropofagia nos une. Socialmente. Económicamente. Filosóficamente, escribió Oswald de Andrade en su Manifiesto antropófago, de 1928, quien se refiere a Brasil como el país de la Cobra Grande. Nombre que podría extenderse al continente.

    Rápidamente, América fue categorizada como tierra de caníbales (Canibalia). La categoría se aplicó primero a las Antillas y el Caribe y fue bajando hasta Brasil. Las representaciones en los mapas fueron ilustrando lugares reales con dibujos de personas comiéndose a otras, en lo que parecía ser un ejercicio no muy distinto al que hacían los cartógrafos cuando el Atlántico lejano les parecía tierra de leviatanes y monstruos marinos. Jáuregui cita otro mapa, el de Sebastian Munster, de 1561, que además es una de las primeras representaciones de América como un continente separado de Asia. En él ya se pueden ver partes de un cuerpo alrededor de una hoguera sin encender. Aquel es el indicativo geográfico de las costas de Brasil.

    Los pueblos pelean entre sí, sin arte y sin orden. Los viejos con ciertas arengas suyas incitan a los jóvenes a la batalla, en la cual cruelmente se matan. Aquellos que en la batalla resultan cautivos, no los guardan vivos, sino para su alimento. Pues unos se comen a otros y los vencedores a los vencidos y la carne humana es entre ellos alimento común. Esta es cosa verdaderamente cierta, pues se ha visto al padre comerse a los hijos y a las mujeres y yo he conocido a un hombre, con el cual he hablado, de quien se decía que había comido más de trescientos cuerpos humanos, y aún estuve veintisiete días en cierto pueblo, donde vi en las chozas la carne humana salada y colgada de las vigas, como entre nosotros se usa colgar el tocino y la carne de cerdo. Digo mucho más: que ellos se maravillaban porque nosotros no matamos a nuestros enemigos y no usamos su carne en las comidas, la cual dicen es sabrosísima, escribe Américo Vespucio en 1504, en el que se considera uno de los primeros testimonios europeos sobre la antropofagia en América.

    «Los vampiros de la pobreza», fotograma de Agarrando de pueblo (1977)

    La estética del hambre, de Glauber Rocha, precedió a la pornomiseria. En su manifiesto, que pugna por un nuevo cine latinoamericano, Rocha habla de personajes comiendo tierra, personajes comiendo raíces, personajes robando para comer, personajes matando para comer, personajes huyendo para comer. Mayolo y Ospina solo retoman lo que Rocha denunció primero; el miserabilismo de los directores europeos; la necesidad de vender caridad en su tierra, convertir al caníbal en buen salvaje y, en ese mismo proceso, canibalizar al caníbal (convertirlo en dato formal de su campo de interés), hacerse vampiro del hambre.

    En Pura Sangre, de Ospina, un industrial y adinerado señor de la caña necesita de transfusiones de sangre para seguir viviendo. Sus hombres, entonces, salen a cazar hombres jóvenes. Las motivaciones y el actuar de este vampiro son sumamente realistas; es un señor de la caña de azúcar, ese monocultivo oscuro que se erigió sobre tierras despojadas y esclavitudes modernas. A la película la inspira una leyenda o chisme de provincia, el del monstruo de los mangones, de Cali.

    En el cuento Carne, de Mariana Enríquez, se narra un acto caníbal y necrofílico. Dos adolescentes, fanáticas de un rockero ficticio, se comen partes de su cuerpo en el cementerio de Chacarita. Dos adolescentes habían desenterrado el cajón de Santiago Espina con una pala y sus propias manos. La sepultura, apenas un mes después de su entierro, aún no tenía el mármol definitivo que les hubiera dificultado la tarea. Pero la exhumación era apenas el principio. Las chicas habían abierto el féretro para alimentarse de los restos del Espina con devoción y asco; alrededor del hueco daban testimonio de su esfuerzo los charcos de vómito. Aquel parece ser el acto definitivo de un fanático, consumir hasta lo físico a su ser adorado. La ficción de Enríquez hace pensar en la práctica que tenía la misteriosa secta del cuerpo de Cali, hacia la década de 1890. Aquel grupo de hombres de la clase alta que se reunían en los Farallones defendían la eucaristía como acto físico real. Creían en la literalidad del ofrecimiento del cuerpo de Jesús, que no era el pan ni la hostia, si no su propia carne. Creían que la noche de la última cena, los discípulos habían mordido el cuerpo de Cristo. Alrededor de tres cuerpos fueron encontrados por la época en la ciudad, que por aquel entonces era un pueblo. Todos mordidos y con algunas partes del cuerpo arrancadas, sobre todo orejas y dedos de las manos y los pies.

    Fotograma de «Pura sangre», película de Luis Ospina (1982)

    ¿Por qué esa fuerza antropológica y etnográfica nos remite casi visceralmente a nuestra cultura y a nuestras raíces, como la única certeza y razón de saber que en nuestros lugares y con nuestra gente vamos a encontrar una estética novedosa?, escribe Mayolo, en un texto de 1982, titulado Universo de provincia o provincia universal.

    De la lectura del ensayo El descubrimiento de América, de Tzvetan Todorov, se concluye que el relato de los marineros europeos que visitaban el Nuevo Mundo, que ya era exagerado, se inflaba más cuando llegaba a Europa. De Vespucio, Todorov dice que: Parece seguro que el navegante escribió cartas a amigos influyentes de Italia, como Mártir, pero las que le proporcionan la gloria y se publican (la primera, Mundus Novus, en 1503; la segunda, Quattuor Navigationes, en 1507) parecen como mínimo muy corregidas, si no totalmente reescritas por otros autores más expertos en literatura que en navegación y que quizá nunca han salido de Europa.

    En el cuento El fantasma y la oscuridad, del escritor argentino Leo Oyola, se narra el relato de un trabajador de un ingenio azucarero en Tucumán. Los señores de la caña, amigados con la dictadura militar, ofrecen sacrificios a una criatura fantástica (el familiar) que les da riqueza y elimina (desaparece) a sus detractores. Con escenarios similares y una relación directa entre el poder económico y un brazo armado y terrorífico, el relato de Oyola podría emparentarse con Pura sangre y el gótico tropical caleño.

    El artista brasileño Oswald de Andrade

    Jáuregui. El mapa de Basilea fue emblemático en razón de su popularidad entre personas no necesariamente doctas en cartografía y de la exclusividad icónica del canibalismo. En él, otras imágenes como la exuberancia vegetal, el oro o los gigantes, han sido disminuidas a unas simples hileras de árboles o a meras menciones sin representación iconográfica.

    De la lectura de Universo de provincia o provincia universal también queda lo siguiente. Descentrar como movimiento clave. No solo de la capital, sino de todo lo que se erija como el único Sol posible. A propósito de esto, cabe otra cita de Mayolo: Todas estas cosas nos hacen pensar que quizás el inconsciente colectivo nuestro está en la provincia, así como la provincia hizo el neorrealismo o al Cinema novo, o el cine de Birri, en Argentina o esa escuela del Cuzco perdida entre las montañas y hasta el mismo western es hijo de ese inconsciente provinciano que todo gringo de hoy ha reemplazado por una hamburguesa.

    El fetiche del buen salvaje, deseo de la mirada bienintencionada de quienes ejecutan los dispositivos culturales del mundo desarrollado, parece recauchutar en aquel ethos de ese tipo de directores y de artistas denunciados por Mayolo y Ospina. Los sujetos de la miseria latinoamericana como seres angelizados a conveniencia de un festival de cine internacional.

    «Antropofagia», iustración de Adrián Castilla (@castillaaah)

    Mayolo y Ospina, consumidores del cine serie B, de directores como Roger Corman; Rocha, consumidor del spaghetti western. Dios y el Diablo en la tierra del sol, western distinto, después de otro tipo de digestión; Carne de tu carne y Pura sangre, el gótico tropical.

    Mucho se ha hablado de la novedad del new weird y de su matiz latinoamericano, llamado a veces nueva ficción extraña latinoamericana. Se dice que cruza géneros, desde un ejercicio heredado de Lovecraft y que así, ciencia ficción y terror se fusionan en un raro caldo. A veces, estos autores del new weird hacen lo mismo con géneros como el western y el policiaco.

    Sobre la antropofagia de América se construye (y autoriza) la conquista, la necesidad e interés europeos por civilizar. El alemán Theodor de Bry realiza en 1557 el grabado Los hijos de Pindorama. El grabado se propone ilustrar el testimonio del soldado alemán Hans Staden, quien fuera capturado como prisionero de guerra por los Tupis. En el centro del grabado se observa una hoguera y sobre ella una suerte de asado hecho de lo que parece una parte de un torso humano, como de varias extremidades. Alrededor, hombres, mujeres y un niño comen de aquella carne. Los rasgos de aquellos personajes, con los que de Bry representa a los Tupis son, por el contrario, europeizados. Los hombres y el niño, todos calvos, parecen sacados de una ilustración del viaje de Dante; en los ojos de las mujeres hay maldad. Al fondo de la escena, se observa a quien parece ser Hans Staden, apesadumbrado y sorprendido del espectáculo. Staden tituló su libro como Verdadera historia y descripción de un país de salvajes desnudos, feroces y caníbales, situado en el Nuevo Mundo, América.

    Todorov. Colón debe demostrar que sus descubrimientos serán rentables, así que afirmará una y otra vez que la naturaleza de estas tierras es magnífica y asegurará que ha encontrado infinitas riquezas, o perlas, o especies. En cuanto a los hombres, son ante todo extremadamente asustadizos (traducción: someterlos no supondrá el menor problema) y generosos (no será difícil apoderarse de sus riquezas). Américo tiene otro tipo de intereses. Su botín es menos el oro que los relatos, de modo que es necesario que abunden las anécdotas, que el lector sonría, se emocione y al final lo admire, lo que le induce a tomarse algunas libertades con la historia real.

    «Los hijos de Pindorama», grabado de Theodore de Bry

    Carlos Mayolo escribió lo siguiente del proceso de escritura del guión para otra de las películas del gótico tropical, Carne de tu carne: la escritura del guión siempre tuvo como embrión que, al cometer incesto, los personajes se volvían vampiros y caníbales. Los dos hermanos protagonistas del film, hijos de la clase alta caleña y de padre laureanista, comienzan a devorar aquellos a quienes se encuentran en su camino. Su canibalismo, más surrealista, es en otro sentido el poder endogámico que representa su familia, proto paramilitares y terratenientes. En una de las escenas finales de la película, los fantasmas (o zombis) de los antepasados de los hermanos parecen aprobar su contacto físico y su beso incestuoso.

    Manoel, de Dios y el Diablo en la tierra del sol  mata a su patrón, después de que este trate de engañarlo y huye al territorio del Sertão, en Brasil. En la película de Rocha se mata por hambre, se llaman las cosas por su nombre; rehuye de la acción política profiláctica, de preservar las condiciones materiales. Al hambriento le pone una piedra en la mano y espera que la tire y que no se disculpe por ello.

    En un cuento de Luis Carlos Barragán de 2017, titulado Eufóricos caminantes nocturnos, un grupo de habitantes de un pueblo ficticio del Pacífico colombiano cobra venganza de los militares que han ido a cometer una masacre en su pueblo. Los tumbajuanos acechan en el monte y, lentamente, se acercan a los soldados. Una noche se lanzan sobre ellos, en un episodio que la prensa tilda de histeria colectiva. Los eufóricos abren el pecho de los militares a machete. Los hombres armados caen uno a uno, hasta que las balas dejan de escucharse, y solo se oyen golpes, risas y gritos; los eufóricos convulsionan casi con placer. Las ancianitas se comen las vísceras y los ojos; las mujeres arrancan los genitales de los soldados y se los tragan; los niños abren el pescuezo de sus víctimas y los muerden hasta quedarse con pedazos de músculo. Esta es la comunión de los santos, esta es la sangre que da el perdón de los pecados. Hay algo de justicia social en el canibalismo de la gente de Tumbajú. Al mismo tiempo, el cuento de Barragán representa una inversión en el binomio de víctima-victimario de la literatura colombiana. En el realismo que le precede, los tumbajuanos no hubiesen tenido chance y los militares serían esos seres que acechan. 

    Fotograma de «Dios y el Diablo en la tierra del sol » (1964) de Glauber Rocha

    La ficción extraña latinoamericana no viene a proponer nuevos procedimientos, sino a llevar las formas de la antropofagia a los géneros especulativos. Podrían titularse como antecedentes el Manifiesto de Andrade, en la Estética del Hambre y en el texto de Mayolo, Universo de provincia o provincia universal.

    Los habitantes del que es un nuevo continente para los europeos y su caracterización como caníbales se convierten en fetiche. Este fetiche, sin embargo, muta y cambia de acuerdo a las discusiones e intereses que se dan en la Europa de los años de los primeros viajes hacia América. El fetiche del buen salvaje salta en escena y se disputa, otras veces se encuentra con el del caníbal. Michel de Montaigne, por ejemplo, encuentra cierta justificación para la antropofagia de los indígenas y, como otros en su tiempo, la justifica como acto de guerra, venganza bélica. Montaigne y su postura frente al canibalismo americano, nostálgica frente al fetiche del buen salvaje, pueden releerse en tiempos modernos desde la siguiente cita de Rocha: al espectador europeo, los procesos de creación artística del mundo subdesarrollado solo le interesan en la medida en que satisfacen su nostalgia del primitivismo.

    En su Manifiesto, Oswald de Andrade repite la siguiente frase: transfiguración del Tabú en Tótem. Pareciera que la esencia de lo que escribe se encuentra allí. También hace referencia al pueblo de los Tupis, los Tupinambá, asentados en el litoral brasilero, mismo espacio geográfico que el mapa de Munster indica como tierra de antropógafos.

    Mapa de Sebastian Munster, de 1561

    Todorov. La influencia de los relatos anteriores y el deseo de cautivar a los lectores contribuyen a crear el poderoso estereotipo de que los habitantes de América viven en la edad de oro. Colón todavía no pieza en ese mito, pero por los rasgos que atribuye a los indios anticipa su aparición: van desnudos (como los habitantes del paraíso antes de la caída), no tienen religión y no conocen la propiedad privada, lo tuyo y lo mío.

    Agarrando pueblo como el acto antropofágico por excelencia. Tomar la forma del documental en favor de la ficción; tomar la forma del documental vampírico de aquellos cineastas bien intencionados para revertirla. No se denuncia la pobreza, se denuncia a sus promotores y falsos corsarios. Tomar la forma viciada, comérsela y devolverla desde la estética del hambre y valiéndose del falso documental como dispositivo.

    La antropofagia es uno de los signos de lo latinoamericano. Comerse el género pop, la forma del norte para regurgitar otra desde y en el sur. Manoel, de Dios y el Diablo en la tierra del sol, de Glauber Rocha, huye después de matar a su patrón. Lo acompaña su esposa y juntos ingresan a la secta violenta y religiosa de Sebastião. La secta está en contra de los ricos poseedores de la tierra. Por ello, el gobierno ha contratado a Antonio das Mortes, cazarrecompensas. El film de Rocha es un western anti maniqueo que invierte los valores. Con los años y conforme el género western se agotó, el sheriff norteamericano devino en el soldado universal de películas como Daño colateral o Rambo, después en los mercenarios invasores de islas caribeñas gobernadas por dictadores genéricos y bigotudos. En la antropofagia sudamericana el sheriff deviene en una suerte de paramilitar, Rocha lo deja claro con su Antonio das Mortes.


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