Se suele decir que el bizarro es ese género punk que lleva a lectores a exclamar un what the fuck después de terminar la lectura de una ficción de su tipo. También podría decirse qué putas, si la cosa es de traer la exclamación al castellano o qué cosa más rayada, si se le colombianiza un poco. El bizarro, a la vez, es un híbrido; es una película de John Waters coescrita junto al William Burroughs de El almuerzo desnudo y actuada por dibujos animados. De hecho, la de los dibujos animados pareciera ser la lógica que más se amolde a sus características. El bizarro no pierde tiempo con personajes solemnes, con psicologismos o flujos de pensamiento demasiado elaborados, mientras que busca, por ejemplo, mezclar los géneros y hacer del noir también un slasher, todo bajo una apariencia consciente por la estética de los serie B. Pues bien, la editorial Orciny Press (España), aquella que ha tomado este tipo de ficciones no realistas y fantásticas y que se ha convertido en la puerta a tocar para encontrar ficciones bizarras, publicó, en 2020, Morder el bordillo de Alfredo Álamo y sobra decir que es una lectura recomendada.

A continuación, se presenta una breve reseña de porqué nos ha llevado a afirmar que es algo que merece toda la pena.

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Mejor decir para empezar que Pedro, el personaje principal de Morder el bordillo, es un nazi. Aunque más que nazi es un gamberro al que el inicio del relato lo encuentra envuelto en una trifulca en la que es golpeado y enviado a una dimensión divina, en la que Heinrich Himmler comienza a guiarlo en una misión encargada por los mismísimos Shiva y Jesucristo. Pedro, conocido también como el Puños o nuestro skinhead en cuestión, podría dibujarse más fácil si se piensa en esos jóvenes neonazis que gritan todo el día como señora enojada que los inmigrantes le están robando los impuestos que no paga nunca o que los magrebíes componen una secta cuyo plan secreto es repoblar Europa y domesticar a la bestia blanca en su propia selva. No se puede tomar en serio a un tipo como Pedro, porque equivale a tomarse en serio sus sandeces y Morder el bordillo es, ante todo, una ficción, llena de absurdos e hilaridad; algo que se lee a la hora de las caricaturas para adultos. Pedro es un acierto, en tanto que Alfredo Álamo logra un personaje que se presenta como la puesta en carne de la cantidad de sandeces que pueden encontrarse en Twitter o en los carteles que exponen los marchantes o idiotas útiles que suelen convocar las nuevas derechas alrededor del mundo.

“-—Venga, prima. ¿Tú me has visto? Yo creo que ya estoy muerto y que vivo de prestado. Como una marioneta con una mano metida por el culo. En el fondo no somos más que sacos de carne y nos dominan con ondas de las antenas 5G. ¿Quién soy? La resistencia. Únete a mí. La tierra es plana. Nuestros antepasados eran alienígenas. Fumigan los cielos para mantenernos dormidos. El papa es un reptiliano. ¿Existió la humanidad? ¡Abre los ojos!”.

Potada de Morder el bordillo.

En otro sentido, el relato de Álamo también es un relato sobre el fin del mundo, sectas religiosas y persecuciones; una rareza dispuesta a distorsionar una trama que parece sacada del código Da Vinci, pero pasada por un concierto punk. En Morder el bordillo los dioses no dejan de ser dioses, pero son personajes más bien invertidos que no dejan de pensar en el bien de la humanidad y en evitar su destrucción (aunque otra persona podría decir que los dioses son dioses porque saben que pueden destruirnos a su antojo), y las cosas ocurren por esa lógica de la necesidad narrativa —como cuando un personaje necesita una puerta y entonces la dibuja y escapa— que tienen los dibujos animados de que las cosas ocurran por necesidad del momento y no por una coherente sucesión de acciones que sustentan su verosimilitud. Esto último, por ejemplo, puede rastrearse en una de las primeras escenas del relato, en la que Arnold, un skinhead grandulón y líder de la banda de Pedro, se encuentra en la cárcel y crea, de la nada, una versión diminuta y cabezona de Hitler.

 

“Ya está. ¿Lo ha conseguido? Tras el esfuerzo, resopla sentado en el centro de la celda. Su compañero lo observa alucinado y, cuando descubre que ha abierto los ojos, se esconde bajo las sábanas. La cárcel parece tan fría, húmeda y desolada como siempre. Arnold no se permite a sí mismo el fracaso, de modo que, por pura lógica, debe de haberlo conseguido.

Abre la mano, que mantenía cerrada en un puño gigantesco. Sobre la palma, se despereza un homúnculo de apenas veinte centímetros de largo, vestido con uniforme marrón, cartuchera al cinto, banda con la esvástica en el brazo y botas de caña alta”.

 

El ritmo de Morder el bordillo es el de una película de acción serie b, que de seguro Roger Corman se hubiese sentido tentado a filmar. Aquí, Pedro y su prima Marisa, una mujer que se dedica a leer el tarot y que se convierte en la escriba de los mensajes que los dioses dan a él en medio de sus trances, deben evitar el Apocalipsis que planea una secta con sumo pontífice propio, llamada la Iglesia de la Virgen de la Palma Ardiente. A ellos se les suma Arnold, que se mueve en una segunda línea de acontecimientos y a quien se le ha encargado, por órdenes del pequeño Hitler cabezón que ha traído a la vida con su voluntad e imaginación, proteger a Pedro. Hay persecuciones y sangre, mucha sangre; las golpizas que le dan a Pedro hacen de llaves que abren el portal para que viaje al trance de los dioses y obtenga nuevas indicaciones. El Apocalipsis ocurrirá en Valencia y Pedro es el dragón bíblico, el diablo que actúa como la mano izquierda de las divinidades Shiva y Jesucristo para detener a los de la iglesia de la palma ardiente.

 

En Morder el bordillo siempre están pasando cosas. Los personajes se están moviendo, huyendo o viajando a otra dimensión (Pedro, por lo menos), por lo que no hay mucho tiempo para descripciones de estados mentales o meta reflexiones. Estas son, en sí mismas, decisiones estéticas que, en el bizarro, hallan su lugar en el mundo. Abordarlo como una aventura tal vez sea una buena forma de leerlo, como disfrutando de un buen pulp cuyos personajes poseen el encanto de lo intrascendente y, por lo tanto, de lo que más se nos parece. Los entendedores de la literatura fina tal vez deberían entender que el presente es el relato de un skinhead bastante torpe a quien Shiva y Jesucristo le han encargado salvar el mundo de una secta religiosa que ha construido su propia versión en miniatura del vaticano y que para ello…(respiro)… recibe la ayuda de su prima feminista y lectora del tarot y de Arnold, que ha creado su propio homúnculo de Hitler y cuyo nombre es un homenaje a la nacionalidad austriaca del mismísimo Schwarzenegger.


Alfredo Álamo ha sido publicado en Colombia. En el 2019, la editorial Vestigio (especializada en bizarro y ficción especulativa), publicó su libro «El detective que tenía mariposas en el estómago».

Pueden adquirir El detective que tenía mariposas en el estómago en la librería Mirabilia aquí

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