Un sueño recurrente persiguió al escritor Philip Kindred Dick (1928-1982) desde que era un niño: el escenario onírico era una habitación atestada de libros donde buscaba con desesperación un raro ejemplar de la revista pulp Astounding Science fiction que contenía un relato titulado El imperio nunca terminó, pero cada vez que estaba a punto de hallarlo… despertaba. Dick estaba convencido que si leía El imperio nunca terminó todos los secretos del universo le serían revelados, aunque también presentía que ese conocimiento podía llegar a ser un peligro para su psique porque, como dijo Lovecraft, “si lo conociéramos todo, el terror nos haría enloquecer”.
Muchos años después, cuando ya era un escritor premiado por sus novelas de ciencia ficción, llegó a la conclusión de que el Imperio Romano aún existía, que en verdad nunca había terminado y lo que veíamos a diario era un decorado falso, una alucinación colectiva, un holograma que esconde el verdadero aspecto de la realidad y nos hace creer que vivimos distintas épocas cuando, en verdad, estamos todos encerrados en lo que él llamaba la Prisión de Hierro Negro, donde somos esclavos del Imperio. Para el controversial filósofo Nick Land, la Prisión de Hierro Negro es el tiempo, la fuente de nuestra angustia. Philip Dick, por su parte, creía en un tiempo ortogonal donde las realidades se superponen y todo ocurre al mismo tiempo, es decir, todo lo contrario a la concepción aristotélica del tiempo de progresión lineal.
Este descubrimiento fue un punto de giro en su vida: una anagnórisis a partir de una anamnesis provocada por la visión de un objeto sagrado —un colgante con forma de Vesica Piscis— y la influencia de la ingesta de pentotal sódico recetada por su dentistas que, durante un breve momento, le mostraron “los contornos como una negra prisión de la odiosa Roma”. A partir de ese momento Dick entendió que, como decía Heráclito “la trama (la armonía) oculta es más fuerte que la visible”. Este extraño evento de recuperación de un recuerdo perdido ocurrió sólo una semana después de la publicación de Fluyan mis lagrimas, dijo el policía (1974), una excelente novela sobre los estados policiales, la pérdida de la identidad y el egocentrismo de las celebridades —con un clímax y un giro final extraordinario—, con un plus que lo convierte en un libro misterioso: el propio Dick afirmaba que, de forma inconsciente, había deslizado ciertas revelaciones y profecías en Fluyan mis lágrimas, dijo el policía. Se sentía perseguido por la CIA y el FBI a causa de los mensajes reveladores que había colocado —encriptados— en la novela, mensajes que habían sido comprendidos por unos pocos lectores. “Es una experiencia espeluznante escribir algo en una novela, creyendo que es pura ficción, y aprender más tarde —quizá años después— que es cierto”, escribió en Cómo construir un universo que no se derrumbe dos días después, una conferencia que nunca hizo pública.
¿Cómo era posible que escenas y personajes de su novela se replicaran con exactitud en el mundo real, o que varios fragmentos fueran tan similares a Hechos, un libro de la Biblia que nunca había leído? ¿Cómo era posible que tuviera precogniciones que le salvaron la vida a su hijo, que hablara en idiomas que no conocía —latín, griego koiné—, que su mente fuese invadida por la personalidad de Tomás el Esenio —uno de los primeros cristianos, que había sido ejecutado por estrangulación en un sótano del Coliseo— o que viera con claridad los contornos de la Prisión de Hierro Negro? Para Dick, la respuesta tenía que ver con el tiempo, como lo explica claramente aquella conferencia jamás dictada: “En cierto sentido importante, el tiempo no es real. O quizá es real, pero no tal como lo experimentamos o imaginamos que es. Tenía la certitud aguda, irrefrenable (y aún la tengo) de que a pesar del cambio que vemos, un paisaje específico permanente subyace al mundo del cambio: y que este paisaje invisible que subyace es el de la Biblia; específicamente, es el periodo que sigue inmediatamente a la muerte y resurrección de Cristo; el periodo de tiempo de los Hechos.”
Philip Dick decía que ninguna de sus novelas tenía sentido por sí sola, sino que debía ser tomada como parte de una inmensa meta-novela que abarcaba todo su corpus literario. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968) es una gran opción para comenzar a explorar el extraño universo ficcional dickiano, una novela que inspiró la película de culto Blade Runner (Ridley Scott, 1982), un neo-noir futurista que para muchos es la piedra angular de ese subgénero de la ciencia ficción conocido como cyberpunk. Pero en el hipotético caso de que solo se pueda leer una novela de Dick, esa es sin lugar a dudas Ubik (1969) un relato paranoico y sumamente original que juega de forma magistral con conceptos como la entropía, la vida después de la muerte y la manipulación. VALIS (1981), La invasión divina (1981) y La transmigración de Timothy Archer (1982), la trilogía final, puede ser leída como una pieza única y fundamental de su bibliografía: novelas semi-autobiográficas, experimentales, alucinadas, cuasi místicas, reveladoras, y sobre todo maravillosas.
Su nombre quedó indefectiblemente asociado a los alucinógenos y la contracultura. Fredric Jameson lo llamó “el poeta épico de las drogas y la esquizofrenia”, y en muchas de sus mejores historias las drogas tienen un rol decisivo en la trama: Una mirada a la oscuridad (1977), novela ultraparanoica sobre la locura, el abuso de drogas, la amistad y la california hippie; la sublime (y original) Los tres estigmas de Palmer Eldritch (1965), que introduce un alucinógeno cuyo lema es “Dios promete la vida eterna. Nosotros te la damos”; La fe de nuestros padres (1967), quizá el mejor de todos sus cuentos, una obra maestra de culto sobre las drogas y los estados totalitarios. Pero la realidad es que Dick le temía a los efectos devastadores que el ácido lisérgico podía tener en su psique. Fumaba marihuana ocasionalmente y solo tuvo dos o tres (malos) viajes con LSD, pero los psicodélicos no le interesaban, y tampoco los necesitaba. Su imaginación era LSD en estado puro, su mente desbordaba de ideas extraordinarias, incluso cuando no escribía ficción: las hermanas Wachowski escribieron la trama de The Matrix (1999) —una de las películas más aclamadas de la historia del cine de ciencia ficción— tomando apenas algunos conceptos delirantes y paranoides que esbozó en una conferencia del año 1977 en Metz, Francia. Con dos o tres de las ideas que Dick diseminó en sus libros, un escritor promedio —y astuto— es capaz de escribir una trilogía. Pero él no tenía tiempo para sagas, necesitaba pasar urgente a otra novela, generar nuevas historias para vender y poder comer. Por eso recurría a los fármacos: las anfetaminas en grandes cantidades le quitaban la necesidad de dormir y lo empujaban a escribir a un ritmo frenético, por lo que en dos semanas podía tener finalizada una novela. El resultado fue una muerte prematura pero una obra profusa con un valor enorme y una influencia incalculable tanto en escritores como en directores cinematográficos. Loco, profeta, visionario… lo cierto es que sus relatos son el equivalente a un infeccioso virus de la palabra que provoca obsesión y empuja al lector dudar de la realidad.
Su actual popularidad quizá se deba a que las ideas sobre el control de la realidad, la vigilancia y la paranoia que encontramos en sus ficciones parecen describir fragmentos de nuestra cotidianeidad: vivimos en un mundo cada vez más dickiano, entre el avance de la Inteligencia Artificial, la digitalización de la vida, la posverdad, las fake news y los deepfakes que ponen en duda la realidad. Su literatura aún tiene vigencia porque la ciencia siempre fue lo menos relevante de su ciencia ficción. Entonces, que la tecnología y los gadgets de sus historias hayan envejecido, no le quita ni un ápice de fuerza a sus mundos ficcionales. Hoy sus novelas nos interpelan más que nunca, y eso hace que todo lo relacionado con Philip Dick sea material relevante y vendible. Prueba de ello es la publicación en español del libro The Exegesis, editado por el escritor Jonatham Lethem —fanático confeso— y Pamela Jackson, en una jugada editorial un tanto arriesgada, teniendo en cuenta que se trata de un mamotreto de casi 1200 páginas que recopila algunas de las miles de notas escritas por Dick en un desesperado intento por comprender los acontecimientos ocurridos entre febrero y marzo de 1974, en los que experimentó glosolalia y desdoblamiento de personalidad —su alter ego se llamaba Horselover Fat—, creyó estar poseído por un cristiano que había sido ejecutado en los sótanos del Coliseo y se comunicó con una especie de inteligencia artificial extraterrestre (VALIS) que le transmitía información a través de un rayo rosa y que, según Dick, salvó la vida de su hijo Christopher al advertirle que tenía una hernia inguinal que precisaba ser operada de forma urgente. Estas experiencias místicas y su interés por el gnosticismo y el esoterismo —el I Ching fue un elemento fundamental a la hora de escribir su premiada novela El hombre en el castillo (1962)— lo convirtieron, según el filósofo argentino Pablo Capanna, en “algo más que un escritor, casi el profeta de un nuevo culto”.
Existen al menos tres novelas de Dick que, se supone, nunca fueron escritas: Joe Protagoras is alive and living on Earth, To scare the death y The owl in the daylight. Cazadores de libros y manuscritos originales los buscan desde hace años porque se rumorea que contienen secretos y profecías mucho más peligrosas que las de Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, razón por la que estarían escondidas a ojos profanos.
El 17 de febrero de 1981, Dick dio una última entrevista donde reafirmaba que Fluyan mis lágrimas, dijo el policía contenía mensajes ocultos proféticos, y aseguró que si Maitreya —un bodhisattva o futuro Buddha— no se manifestaba el año próximo, como estaba anunciado, él mismo derrocaría al gobierno norteamericano y al ruso. Lamentablemente nunca pudo llevar adelante su revolución mesiánica porque la mañana siguiente sufrió un ataque cardíaco que lo dejó en estado de “semivida” —como si fuese un personaje de Ubik—, hasta que el 2 de marzo de 1982 los médicos decretaron su deceso, al no registrar ninguna actividad cerebral.
Philip Dick trascendió al género de la ciencia ficción, trascendió a la literatura, y se instaló como una figura central de la cultura pop del siglo XXI. A pesar de llevar cuarenta años enterrado en Fort Morgan, Colorado, junto a su hermana gemela Jane, está más vivo que nunca a través de sus ideas filosóficas, sus cuestionamientos a la realidad y sus historias llenas de perdedores hermosos, falsificaciones y mundos débiles. Existen círculos esotéricos de estudiosos que se dedican a (re)leer Fluyan mis lágrimas, dijo el policía en busca de mensajes ocultos. También hay cultos —por no decir sectas— que buscan los manuscritos faltantes para completar su obra literaria, y así formar la meta-novela dickiana final que revelará todos los secretos. Yo creo con fervor que, en un sueño de sus últimos días en estado de semivida, Philip Kindred Dick finalmente pudo encontrar el relato El imperio nunca terminó, y al leerlo escapó de La Prisión de Hierro Negra, esta matrix en la que todos nosotros seguimos encerrados.
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