Claudia Amador (Barranquilla, 1998) es profesional en Estudios Literarios de la Universidad Autónoma de Bucaramanga. Escritora, tallerista y librera. Sus cuentos han sido publicados en España, Uruguay y Colombia, en antologías como Contaminación futura Vol. 10, Fisura: antología colombiana de ficción extraña, Las ciclistas: antología fantástica de autoras colombianas y cinco versiones de la antología de cuentos del Concurso Mirabilia de Ciencia Ficción. Fue ganadora del xv Concurso Internacional de Cuento Ciudad de Pupiales 2020 y el concurso Relata 2022. En 2023 lanzó Macrored, su primer libro de relatos de ciencia ficción gracias a la Beca de Publicación de obra inédita del Programa Nacional de Estímulos del Ministerio de Cultura de Colombia. En 2024 fue ganadora del Premio Nacional de Narrativa Elisa Mújica con «Altasangre», su brillante primera novela.
Altasangre obtuvo el Premio Nacional de Narrativa Elisa Mújica 2024, que reconoce e impulsa a escritoras colombianas. ¿Qué significó para ti y por qué es importante este premio para la literatura hecha por mujeres en Colombia?
El Premio Elisa Mújica es un espacio imprescindible para visibilizar y promover la obra de mujeres escritoras emergentes en Colombia. Es un premio que ha ganado un prestigio muy sólido porque reconoce el oficio, la potencia literaria y la propuesta estética, independientemente de si la autora tiene o no obras publicadas previamente.
Yo participé en varias versiones anteriores y finalmente ganar fue muy significativo: no solo por el reconocimiento, sino porque los premios también funcionan como espacios donde una puede medirse en el buen sentido, entender dónde dialoga su obra dentro del panorama nacional.
Obviamente no lo son todos, pero el Elisa Mújica ha demostrado una tradición de transparencia y rigor, y se ha consolidado como una plataforma fundamental para descubrir nuevas voces y fortalecer la literatura escrita por mujeres en el país.
Tu primer libro, Macrored, está enmarcado en la ciencia ficción, y ahora tu primera novela, Altasangre, es claramente de terror. ¿Qué te brindan estos géneros populares a la hora de contar tus historias?
Los géneros no miméticos —la ciencia ficción, el terror, lo fantástico— tienen una potencia enorme para especular futuros y, al mismo tiempo, hablar de manera muy directa del presente. Vivimos en un mundo saturado de información, hiperconectado, donde la exposición constante a las noticias muchas veces adormece nuestra capacidad de reacción frente a la realidad.
Las estéticas fantásticas, los mundos extraños, las atmósferas distintas, permiten abordar temas profundamente humanos —el poder, el cuerpo, la violencia, el deseo, el miedo— desde otros ángulos, generando una reacción distinta en quienes leen.
Además, creo que estamos atravesando un momento muy fértil para la literatura no mimética en Latinoamérica, donde estos géneros ya no son marginales, sino espacios centrales de exploración estética y política.
¿La escogencia de la figura del vampiro para hablar de la clase alta barranquillera en Altasangre fue una búsqueda consciente o resultado del discurrir narrativo de la novela?
Fue una búsqueda consciente desde el inicio. El vampirismo es uno de mis tópicos favoritos dentro del terror y del gótico; es una figura que me acompaña desde muy pequeña. Altasangre nace con la intención clara de trabajar el vampiro, pero lo que tomó más tiempo fue construir el universo: encontrar la manera de poner a dialogar el Caribe con una figura que, en el imaginario clásico, suele asociarse a lo europeo, lo frío, lo distante.
Siempre me ha interesado todo lo que el vampiro representa: el hambre, el apetito, la eternidad, la pregunta por la muerte, el deseo, lo que se sale de la norma. Lo que no tenía resuelto antes era cómo hacer que esa figura dialogara de manera orgánica con mi cultura caribeña. Altasangre es el resultado de ese encuentro.
¿Cuáles son las diferencias entre escribir cuentos, como los de Macrored, y escribir una novela particular y compleja como Altasangre, en términos estéticos y temáticos?
Cada género tiene complejidades muy distintas. El cuento exige una precisión casi quirúrgica: nada puede sobrar. La novela, en cambio, permite la expansión, el desvío, el desarrollo más amplio de personajes, atmósferas y conflictos.
Para mí fue un reto grande porque venía del cuento y nunca había escrito una novela. En ese proceso me ayudó pensar los capítulos como relatos casi autónomos que luego, con un trabajo más cuidadoso de lectura y reescritura, empezaron a conectarse entre sí.
Ambos géneros requieren tiempo, cuidado y atención. Al final, una buena historia —sea cuento o novela— necesita tensiones, conexiones internas y un universo lo suficientemente sólido como para sostener el interés de quienes leen, algo especialmente importante en la literatura fantástica.
¿Dónde ubicarías tu obra dentro de la literatura colombiana actual?
La ubicaría dentro de la movida contemporánea de literatura experimental y no mimética que están impulsando autoras y autores jóvenes en Colombia. Es una generación interesada en explorar otros universos, otras formas narrativas y otras estéticas.
Nuestros referentes no son solo los clásicos, sino también muchos autores y autoras vivas, y eso crea un diálogo constante, un gran caldo de cultivo para seguir buscando, jugando y tensionando los límites de la literatura.
¿Cómo fue el proceso de encarar el desafío de hacer terror gótico en el Caribe colombiano, específicamente vampiros en Barranquilla?
Fue un proceso largo y muy libre. Pasaron alrededor de cinco años desde la primera idea —un relato inicial que terminó siendo el prólogo de la novela— hasta la versión final.
Hubo mucha lectura: sobre gótico, gótico tropical, carnavalización, teoría del terror, referencias culturales del Caribe. También fue un proceso muy musical; la música tuvo un papel fundamental en la construcción de atmósferas.
Escribí, borré, reescribí, leí en contrarreferencia, experimenté sin miedo. Si algo caracterizó este proceso fue la libertad: la posibilidad de explorar sin una forma cerrada desde el principio.
¿Cuál es la importancia de la tradición de la literatura de terror en tu obra? ¿Cuáles son tus referentes?
La tradición del terror es central en mi escritura. Mis referentes dialogan entre lo clásico y lo contemporáneo: Edgar Allan Poe, Shirley Jackson, Violet Paget; el terror cósmico de Lovecraft; Anne Rice y todo su universo vampírico, especialmente Las crónicas vampíricas.
También autoras contemporáneas que trabajan lo corporal, lo político y lo perturbador, como Mariana Enríquez, Mónica Ojeda; y aquellas que lo sitúan en el Caribe como Rita Indiana y Elaine Vilar Madruga. Todas ellas han sido fundamentales para pensar el terror no solo como un género de miedo, sino como una herramienta crítica que narra las tensiones y deseos ocultos, prohibidos, tabúes de la humanidad.

