Por Juan Mattio*

“Este es un tipo de marxismo que se posiciona
no solo en contra de la explotación de clase y demás
sino también contra el desencanto
de un cierto tipo de racionalidad fría y abstracta”.
China Miéville

I

Uno de los cuentos más perturbadores de China Miéville se llama “Cimientos” y trata de un hombre al que “le susurran las casas”. Es algún tipo de trabajador, no un inspector de obra o un ingeniero civil, pero alguien que cobra por escuchar los cimientos de las construcciones y dar un diagnóstico sobre fallas estructurales en los muros. El hombre dice qué problema es menor y qué problema debe atenderse bajo peligro de derrumbe. Las inmobiliarias y los consorcios lo contratan porque nunca se equivoca. Pero lo que el hombre escucha, en verdad, son las voces de los muertos, una voz colectiva que habla desde debajo de la tierra, un “arroyo de muertos” sobre el que está construida la ciudad entera y que, además de susurrar sobre las construcciones que pesan sobre ellos, dicen tener hambre.

Miéville imagina un personaje que vende como mercancía lo que no es otra cosa que un evento fantástico. En esto sigue a Philip K. Dick cuando propone telépatas y precognitores en Ubik, que se dedican al espionaje empresarial. O a los mecánicos que en la primera escena de Alien, cuando la nave los despierta del sueño criogénico porque hay un pedido de auxilio, preguntan si van a cobrar un bono por el tiempo extra que lleve el rescate. Creo que no hay síntoma más brutal del realismo capitalista que la imaginación de un futuro que propone la irrupción de un evento maravilloso (escuchar las voces de los muertos, encontrar vida alienígena) y, al mismo tiempo, personajes que discuten paritarias o venden sus dones extraordinarios en el mercado de trabajo.

Pero el personaje de Miéville vive mal, tiene pesadillas, pánico, depresión. Un día decide dejar caer un edificio. Los cimientos le advierten que va a derrumbarse, pero él no transmite la información al consorcio, y unos meses después hay decenas de muertos por la caída de un muro. Ahí tienen, dice el hombre a los muertos, ahora coman. En ese punto, Miéville decide que su narración gire hacia el pasado: el hombre “ayudó” a construir los cimientos; fue durante una guerra en 1991, cuando los vencedores hicieron fosas comunes y, sobre esa estructura de cadáveres, reconstruyeron la ciudad en ruinas.

La escena hace pensar en los fantasmas renderizados de los que habla Hito Steyerl, una ciudad que podría localizarse en Siria o en Iraq, donde se proyectan imágenes virtuales de la reconstrucción mientras todavía dura la guerra. Los felices patios de juego del futuro se superponen al presente de la ciudad devastada. “La construcción —dice Steyerl— se transformó en la continuidad del conflicto armado por otros medios”.

El problema es que el hombre cometió un error. Los cimientos no querían castigarlo ni ser vengados. El día después del derrumbe los muertos siguen murmurando las mismas cosas sencillamente porque todo lo que rodea al hombre fue construido sobre ellos. No esperan nada. Y, por eso mismo, nunca se irán.

La paradoja que plantea Miéville es trágica en el sentido clásico. El hombre es un mal médium, alguien que escucha los ecos fantasmales del pasado, pero no sabe interpretarlos y, por eso mismo, ocasiona la desgracia.

II

En el fondo, el relato de Miéville no hace más que reutilizar un tópico de la literatura gótica: la casa embrujada. El castillo de Otranto, novela con la cual Horace Walpole inicia el género gótico en 1764, narra la ocupación de una misma propiedad por una familia a lo largo de generaciones, y es el pasado que reverbera lo que parece producir la aparición del espectro. Podríamos decir que es el retorno de lo reprimido, del evento traumático, en tanto síntoma de una familia que intenta resistir a la evolución social general y permanece aferrada a una edad dorada pero muerta.

¿No es acaso el castillo europeo —o la mansión sureña en Estados Unidos— el lugar privilegiado para la aparición espectral? Son esas familias aristocráticas que han sido despojadas y vencidas por la burguesía las que sostienen una relación melancólica y enfermiza con el pasado de la que surgen los fantasmas. Espectros que rondan las ruinas de un proyecto político y económico que se extinguió. El cementerio indio debajo del Hotel Overlook que añade Kubrick a la novela de Stephen King en El resplandor no es más que una variante de la misma lógica. El pasado que se niega a retirarse.

La diferencia en “Cimientos” es que no se trata de una familia sino de toda una ciudad la que fue derrotada en la guerra, y por eso mismo su voz no es individual, sino colectiva: es un ejército fantasmal que habla como legión.

La sombra de un jinete desesperado (Ediciones Godot, 2023)

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Juan Mattio

Su novela Tres veces luz obtuvo una mención en el premio Casa de las Américas (2015). Su segunda novela, Materiales para una pesadilla, ganó el premio Medifé/Filba a mejor novela argentina publicada en 2021. Coordina el club de lectura de ficción extraña en Ciudad Ausente y es codirector de la colección Arqueologías del futuro.



[1] Para lo que podríamos llamar el “caso argentino”, es interesante revisar las tesis de Elsa Drucaroff en Los prisioneros de la torre, Buenos Aires, Emecé, 2011, donde repasa la relación y el conflicto entre generaciones en la escena literaria de posdictadura.

[2] El mismo año en que Derrida publica Espectros de Marx e inicia lo que se conoce como “giro espectral” en las ciencias sociales. Como me hizo notar Facundo Nahuel Martín, tal vez haya que leer este emergente como un síntoma del breve período entre la caída del bloque soviético y la aparición del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (ezln) en México como nueva hipótesis política para la izquierda radical.

[3] Jack Halberstam también trabajó sobre este tema en su libro Skin Shows: Gothic Horror and the Technology of Monsters (1995): “El mismo Marx —dice— enfatizó la naturaleza gótica del capitalismo […] al emplear la metáfora del vampiro para caracterizar al capitalismo […] Si bien es fascinante observar la coincidencia que aquí se da entre la descripción que hace Marx del capital y los poderes del vampiro, no es suficiente decir que Marx utiliza metáforas góticas. De hecho, Marx está describiendo un sistema económico, el capitalismo, el cual es positivamente gótico en su habilidad para transformar la materia en mercancía, la mercancía en valor, el valor en capitalismo”.


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