Hank T. Cohen es una de las voces más singulares de la narrativa colombiana contemporánea. Su escritura cruza el horror corporal, el splatterpunk, el bizarro y la teoría-ficción, incorporando estos géneros a una tradición literaria que suele escarbar en territorios catalogados como “mucilaginosos”, produciendo un extrañamiento que nace de lo cotidiano y se proyecta hacia lo grotesco
Es autor de los libros de cuentos El Pornógrafo (Ediciones Vestigio, 2019), Traumatismo pancreático (Ediciones Vestigio, 2022), La magia en la época de su reproducibilidad técnica (La plena noche, 2024) y ha publicado en múltiples antologías y revistas. En esta conversación, el autor reflexiona sobre realidad, géneros literarios y escritura, y explica cómo su “porno-gore costumbrista” se alimenta tanto de la vida diaria como de la imaginación más desbordada.
¿Qué lugar ocupa la realidad en tu obra y tu estética?
Tengo una gran preocupación por la realidad porque es lo que vuelvo raro; hasta cierto punto, lo que estoy escribiendo es mi versión gore, porno-gore, del costumbrismo. Me interesa mucho ese material básico de la realidad, es desde donde empiezo a trabajar, me gusta crear ese extrañamiento. En ocasiones sí me gusta empezar a escribir desde otros lados más cercanos a géneros clásicos no miméticos, como la ciencia ficción o la fantasía, y también es interesante, pero las veces en que escribo desde esos lugares también lo hago con un vínculo muy fuerte con la realidad, me refiero al momento presente, la actualidad que estoy viviendo, mi vida cotidiana; empiezo desde ahí para hacer las cosas y desde ahí me lanzo a muchos elementos más. Pienso que para que lo raro se sienta, para que lo extraño funcione, por lo menos en mi caso, debe haber un punto de partida en el que todos estemos más o menos cerca, que todos que tengamos cierta conexión para que lo raro sea mucho más fuerte.
En el universo de tu obra convergen elementos de diferentes géneros. ¿Cómo surge esa aproximación de tu poética a géneros como el bizarro o el splatter punk? ¿Por qué elegiste precisamente estos géneros?
Hay una cosa interesante en cómo se está hablando de la literatura de géneros desde Latinoamérica. Y es que en algún momento de la vida se establecieron estos géneros en Estados Unidos, Inglaterra, bueno, cuando empezaron. En Latinoamérica llegaron de manera muy tardía y uno podría pensar que en Latinoamérica estamos atrasados respecto a la ciencia ficción, a la fantasía o al horror de Estados Unidos o Inglaterra, o de Europa en general, y no, no es realmente así.
Lo que pasa es que nosotros tomamos esos elementos que nos llegaron y nos desviamos en una dirección totalmente diferente. Básicamente, nosotros creamos nuestra propia fantasía, nuestro propio horror, nuestra propia ciencia ficción, y creo que mucha de la literatura de género que se está produciendo ahorita en Latinoamérica habla de eso, de esta serie de amalgamas que estamos haciendo nosotros.
Nuestra literatura está hecha de partes, y cuando empezamos los de mi generación arrancamos sin una conexión clásica con este tipo de literatura, porque claro, decíamos: bueno, vamos a empezar a escribir, vamos a revisar referentes colombianos de literatura de horror, y pues no había casi nada, al igual que con la ciencia ficción y la fantasía.
Y un aspecto relevante es que el acceso a la información en esa época era más complicado que ahora. Entonces lo que hacíamos era tomar diferentes elementos, no solamente literarios, sino también de películas, series, videojuegos. Tomamos todos esos elementos y desde ahí empezamos a crear, a construir a partir de esos pedazos, y empezamos a crear nuestras propias amalgamas.
Nuestras referencias en muchos casos son autores y autoras que siguen vivos y que están escribiendo más o menos al mismo tiempo que nosotros: Mariana Enríquez, Luciano Lamberti y Ramiro Sanchiz, así que empezamos a construir nuestro pasado desde nuestro presente con todos estos fragmentos.
¿Ha sido un desafío aterrizar los imaginarios y escenarios de esos géneros, como la magia ritual, horror corporal extremo o contactos interdimensionales, al contexto colombiano?
No realmente. Creo que Colombia es un sitio lo suficientemente raro como para tener una gran cantidad de material. Siento que ahora hay una generación —más o menos personas de treinta y tantos— que estamos escribiendo desde ahí. Funcionamos de una manera particular porque, normalmente, somos escritores de clase media baja o clase media, que escribimos desde los barrios, desde espacios más transitables.
Ahí empezó a haber un interés muy grande por escribir desde el género, desde lo raro. Porque Colombia es un sitio raro, y lo digo en el buen y en el mal sentido al mismo tiempo. Nos da muchos espacios raros, y realmente enrarecerlos no es un gran trabajo porque ya está ahí. Muchas veces no inventamos, sino que tomamos lo que hay. Pues creo que Latinoamérica en general nos permite eso de crear nuestras versiones y condiciones dentro de los géneros. Y ahí empezamos a construir una nueva tradición, que también tiene mucho que ver con el espacio. Yo siento que no escribiría lo que escribo si viviera en otro estrato social, si viviera en otro lugar, en otra localidad. Escribiría algo totalmente distinto. Soy producto de este espacio. Cuando armo textos y hablo de ediciones, de cine, de videojuegos, estoy hablando desde mi capital cultural, pero de un capital cultural que se formó de una manera distinta.
Estos géneros de los que hablamos son muy visuales y se han desarrollado en medios audiovisuales, principalmente el cine. ¿Tus influencias han sido cinematográficas también? Y en caso afirmativo, ¿cuáles?
Sí, efectivamente, hay un montón de referencias cinematográficas. No solo de cine, sino también de series, videojuegos, de muchas referencias que llegan todo el tiempo. Hacer una lista es físicamente imposible porque siguen llegando más cada día; uno va aprendiendo más, y la lista en este momento es inmensa.
Cronenberg, obviamente, está ahí. Esa relación con el cuerpo, con el horror corporal, y esa reconsideración del horror corporal que no es solamente horrible. No es total. Él mismo decía que también era un proceso bello, y eso me interesa mucho. Hay un montón de películas y series de los años 80 que para mí son importantes, sobre todo por esa idea de querer contar una historia incluso desde lo absurdo, desde lo imposible, y no tomarse todo tan en serio.
Al mismo tiempo, no consumo una sola cosa. Me gusta ver muchos tipos de películas: comedias románticas, thrillers, dramas familiares, telenovelas incluso. Traumatismo pancreático (2022) tiene mucho de eso porque también fue parte del capital cultural que tenía antes de empezar, con el que me fui creando.
Pero sí existe una línea amplia que va, básicamente, desde Tarkovski hasta Betty la fea. Porque todo lo que uno consume, toda la información, todas las historias que uno ha visto, terminan saliendo de alguna forma. No creo que uno vea una película y la odie completamente, o que vea algo sin que le deje nada. Siempre hay algo que se filtra.
En tu trayectoria se nota una marcada predilección por el cuento. ¿A qué se debe esa inclinación y qué posibilidades creativas encuentras en él que quizá no ofrece la novela?
En algún momento he pensado en la novela, pero es algo que por ahora no me interesa. Tal vez en algún momento salga alguna, quién sabe. Pero tengo un asunto con la atención: mientras estoy escribiendo un cuento, ya estoy pensando en el otro. Me gusta ese fluir de ideas. Intento siempre tener muchas ideas anotadas y empezar a construir desde ahí. Siento que los textos de más largo aliento funcionan de otra manera. Me cuesta mantener una sola idea durante tanto tiempo, porque ya quiero estar contando otra, y otra, y otra. Entonces creo que ese es más bien mi modo de escribir. Soy muy fan de leer novelas, no es nada contra la novela —me encanta—, pero siento que hay que sostener ciertas estructuras, un espacio, un tejido conectivo entre las partes que a veces se vuelve muy extenso, que se expande mucho más
A mí me gusta contar desde el evento y poner solo las partes que sean necesarias. El momento de cortar es algo que he aprendido mucho con la gente que me ha enseñado a lo largo del tiempo. Uno siempre está aprendiendo a escribir mejor, aprendiendo de otros. Cuando escucho a la gente, empiezo a construir y a trabajar. A veces ese cortar llega hasta el punto de decir: tengo que sacar pedazos grandes, porque no van con la historia, no están construyendo nada. Me doy cuenta de que, orgánicamente, estoy escribiendo cuentos incluso cuando trabajo textos más largos. Siempre hay un momento en el que digo: ya conté lo que tenía que contar, ahora quiero contar otra cosa.
En tu obra aparece con fuerza la idea de la ‘teoría-ficción’. ¿Cómo entiendes este concepto y de qué manera dialoga con tu práctica narrativa?
Todo el proceso de la teoría ficción para mí ha sido bien interesante. No es algo tan reciente, pero sí es un desarrollo relativamente nuevo en la forma en que fui conectando cosas. Empecé a ver esto en textos como House of Leaves de Mark Z. Danielewski, y luego en autores como Ramiro Sanchiz o Rodrigo Bastidas. Ahí empecé a notar nuevas maneras de narrar, y quise experimentar con ellas, empezar a construir desde ahí.
Creo que una de las cosas que siempre me interesa cuando encuentro una forma nueva es jugar con eso; aprender, experimentar, ver qué pasa. A veces sale muy bien, a veces no tanto, pero igual me funciona. Tiene que ver también con que yo soy un hijo de la academia. A diferencia de muchos escritores a los que no les gustó la academia y se fueron de ahí, a mí sí me gusta. Me interesa explorar nuevas maneras de contar que se salgan un poco de las estructuras tradicionales y que permitan ver una misma cosa desde distintos puntos al tiempo. Es una forma de romper con cierta idea tradicional de escritura, pero también de hablar de otras estructuras desde lo académico, desde la tradición.
Hay gente que hace teoría o filosofía a través de la ficción, que es un camino más clásico y probablemente más validado. Yo tomé esos elementos y pensé que también me permitían construir una manera de ver esos mundos. Al final, lo mío llega mucho desde ese impulso de decir: vamos a experimentar.

