Traemos el tercer relato de la selección de narrativa de El Laberinto del Minotauro. Un matemático, una madre que embotella aire y unos gallos capaces de hacer desaparecer o devolver personas. «El último minuto antes de que cante el gallo», de Malena Salazar Maciá (La Habana, 1988), autora de fantasía y ciencia ficción, fue publicado en el número cuatro de nuestra edición impresa y nos sumerge en un universo donde la lógica y la magia conviven al amanecer.
Rosendo no tenía ninguna intención de criar gallos. Ni siquiera podía asegurar que le gustaran. Los heredó, como se hereda la calvicie después de los treinta o el sacar la mesita en las tardes de mucho calor para jugar dominó con los socios del barrio. Se ocupó de ellos porque a nadie más en el pueblo le interesaban y alguien tenía que alimentarlos después de los cacareos.
Su padre criaba gallos. Tampoco le gustaban. Los criaba solo por lo que él llamaba «principio de tradición»: si el abuelo crio gallos y el bisabuelo también, entonces los gallos habían llegado para quedarse en su familia. Sin embargo, Rosendo, que nació con lo que de adolescente autodenominó exiliado por la genética, estudió Matemática en La Habana.
Llegó lo bastante lejos para creerse convencido de que no iba a regresar a San Andrés, un pueblo que Google Maps olvidó poner en los GPS. Tampoco muy conocido en las rutas de guaguas y otros transportes de motor, aunque fueran viejos, como los almendrones. Solo se llegaba en tractores sobrevivientes de la zafra de los diez millones que poseía uno de cada veinte vecinos, en carretón con caballos y, a veces, hasta los caballos se perdían en el monte.
Su tesis: «modelos topológicos aplicados a estructuras fractales en el contexto de la predicción del caos microhistórico», no fue publicada. La universidad lo felicitó el día de la defensa y le pidió que no insistiera. Alguien en el tribunal le dijo que era demasiado poética. Otro, más simpático, preguntó si no podía hacer algo más útil, como trabajar en una bodega.
Rosendo regresó al pueblo cuando le llegó la novedad. Al final, concluyó, siempre se regresa a los lugares que se prefieren olvidar. A veces por enfermedad, a veces por muerte y, otras, por la vocación de desmentir la herencia. Llegó al pueblo con una carpeta de ecuaciones sin uso y un ego envuelto en papel de celofán. El gallinero seguía allí.
Su padre aseguraba que los gallos eran relojes de carne. Y eso mismo lo mató. Un reloj mal programado que no cantó. Desde entonces, los gallos se quedaron con Rosendo, quien aprendió que todo lo que cantaba rompía algo; a veces un sueño, a veces las doce del día. A veces, rompían la vida.
Su madre, asmática, vivía en un epílogo. Nunca se quejaba. Respiraba con esfuerzo. Hablaba en voz muy baja, casi nada, y clasificaba las cosas en dos categorías: «lo que sirve» y «lo que aún no ha demostrado que no sirve». Rosendo pertenecía a la segunda.
—¿Vas a cuidar a los gallos por fin, o hacemos un caldero de sopa para el pueblo? —le preguntó en la primera cena, cuando el muchacho ni siquiera se había sacudido la polvareda del trillo.
—Sí. Los cuido. Hasta que encuentre otra cosa.
—Entonces, asegúrate que canten.
Rosendo no entendió nada. Los gallos siempre cantaban. A hora. A deshora. Y, en su regreso, descubrió que su madre había desarrollado la costumbre de embotellar su propio aire. Lo hacía al amanecer, antes de que el polvo le cerrara el pecho. Según ella, era una manera de guardarse a sí misma.
—Este aire que soplo dentro del cristal es mío, es único —decía—. Nadie más lo ha usado. Aire virgen, mijo. Como yo antes de tu padre.
Rosendo encontró que, además de atender el gallinero, tenía que ayudar a su madre a organizar las botellas en el portal. Algunas tenían etiquetas escritas con un plumón al que le quedaba menos tinta que gasolina en un tractor: «aire fresco de las 3:03 a.m.», «pulmón izquierdo con sibilantes. 6:00 a.m.», «suspiro de insatisfacción por hijo que no cumplió expectativas. 2:18 a.m.», «aire de antes del gallo, 4:00 a.m.».
Rosendo tenía serias dudas sobre la práctica de su madre. Las botellas estaban vacías. Una vez, a escondidas, abrió una con la nota «Decepción. 2:15 a.m.». De inmediato sintió una bofetada caliente, un chancletazo de los buenos, de los que aplastaban la nariz si te alcanzaban en la cara, igual a los que recibió de niño cuando se iba sin permiso al río con los socios del barrio a refrescar en agosto. Desde ese día, desistió de abrir otra botella y dejó que se multiplicaran.
Sin embargo, la verdadera advertencia de su madre llegó con Ciclón, el primer gallo propio de Rosendo, rojizo y medio imbécil, porque ni montar gallinas sabía. Cada vez que cantaba con su ronquera tierna, alguien dejaba de existir. Al inicio era algo que pasaba desapercibido: Olga no abrió más su tienda de barras de guayabas. Un tipo que arreglaba radios desapareció de la ventana de su casa; la niña que les llevaba el pan se fue igual que una jaba que se la lleva el viento. Cada vez que Ciclón cantaba, el pueblo comenzaba a menguar.
Rosendo se lo hizo notar a su madre.
—Eso es paranoia, mijo —dijo ella, mientras sellaba el aire de esa madrugada, clasificado como «olor a cebolla entre los dientes. 1:14 a.m.»—. Aquí todo el que se va vuelve de diferentes formas.
Un turista francés que apareció en el pueblo fue el primero que le compró una botella de aire a la madre de Rosendo. Un tipo pálido, con cara de acabar de salir de un hueco de tierra. Comprensible, dado que San Andrés era difícil de encontrar. Se detuvo frente al portal donde la madre de Rosendo se daba balance, le preguntó por las botellas. La señora le explicó el contenido y le dijo que podía probar una. Si le gustaba, se la vendía a buen precio.
El francés, intrigado, destapó una sin anotaciones. Y lloró. Entre mocos y sorbos, balbuceó que era arte. En mal español, dijo: «el aire con memoria se vende bien». Rosendo, quien se mantuvo presente en todo momento para evitar una estafa, no dijo nada cuando su madre le confesó que allí había respirado su infancia. El francés compró cinco botellas más. Pagó cincuenta euros por cada una y dejó un número de móvil que poco o nada servía en San Andrés. Nunca más volvió.
Mientras, Rosendo se concentró en Ciclón, en sus cantos aleatorios, en la gente del pueblo que se esfumaba como dientes de león cuando soplaba el viento. Sacó su cuaderno viejo de la universidad y comenzó a crear ecuaciones, a resolver variables. Trazó columnas: «nombre», «hora del canto», «desaparecido», «cuerpo encontrado o no», «condición atmosférica», «respiración de mamá». Se convirtió en una obsesión para Rosendo, quien se mantenía cerca de Ciclón todo el tiempo que le era posible. Más tarde, creó una estructura. Las matemáticas eran imparciales. No creaban fantasmas. Rosendo se preguntó si el canto del gallo era un algoritmo, una constante programada para borrar gente. O si no era el canto, sino el silencio posterior.
—Ese gallo canta en hexámetros —dijo su madre una madrugada, mientras aspiraba frente al portal. Había creado toda una comunidad que le compraba las botellas. Muchos le llevaban el primer recipiente que tuvieran a mano y ella tenía que apresurarse en expulsar todo el aire que tuviera almacenado—. El país canta en números primos.
—¿Y tú cómo sabes lo que es un hexámetro y un número primo? —le preguntó Rosendo.
—Igual que tú sabes lo que es una madre que embotella sus pulmones por miedo a morirse.
Rosendo sintió un nudo en la garganta. Porque comenzaba a creer que ella tenía pulmones prestados. Esa fue la primera vez que dudó. No de su madre, que siempre fue rara, sino de él mismo. Quizás lo imaginaba todo. Quizás no había desaparecidos.
Fue a buscar a Olga. La casa estaba tapiada. Nadie recordaba haber comprado barras de guayaba allí. Preguntó por el mecánico. Un borracho le dijo que en el pueblo nunca hubo radios. Buscó a la niña. Le preguntaron de cuál hablaba. De la del pan, aclaró Rosendo. No hubo respuesta. El tipo que vendía café en bicicleta y pasaba cerca en ese momento, se detuvo a preguntarle si estaba bien.
Rosendo volvió al cuaderno. Leyó las ecuaciones. Eran perfectas. Había belleza en la lógica. También un poco de horror. Un día después del sonido ronco de Ciclón al amanecer, encontraron el cadáver de Nando el que vendía yucas en el potrero. En su piel había una ecuación escrita con tinta azul: una de las que había creado Rosendo según los patrones de canto de Ciclón. La policía le preguntó si era de él, dado que era el único matemático del pueblo.
Rosendo, antes de que se metieran en su casa a buscar la libreta o destrozaran el negocio próspero de aire embotellado de su madre, confesó que era de él, pero que también era de Pitágoras, si se miraba con buena voluntad. No lo metieron preso, porque el pueblo era muy chiquito y los locos daban problemas. Bastaba con saludarlos con reservas.
Y nació el segundo gallo de la cría de Rosendo: Bendición. De cresta roja como tomate, pechuga dorada y cola oscura. Lo llamó así a pesar del temor de lo que podría provocar su primer canto, que fue dulce, fuerte, emotivo. Y resultó algo más extraño que Ciclón: la gente regresaba cada vez que cantaba. Olga abrió de nuevo su puesto de barras de guayaba. Cuando Rosendo la visitó para preguntarle qué le había sucedido, ella argumentó que había comprado algunas botellas de aire y se las había llevado al pueblo vecino a venderlas, para hacerle un favor a la madre de Rosendo.
Volvió el mecánico y en todas las casas se escuchaba Radio Enciclopedia. La jabita con panes apareció colgada en el portal de Rosendo después de un canto de Bendición y pudo ver a la niña con trenzas más largas caminar junto al hombre que vendía café. Y la gente comenzó a decir que Nando, con una ecuación diferente escrita con tinta negra, estaba en la carretera central, con su puestecito de yucas que se deshacían nada más ver la olla de presión.
Rosendo tenía otro problema que resolver, dado que Ciclón desaparecía gente con su canto y Bendición las devolvía con excusas inverosímiles.
—Cuando llegaste aquí todo habaneado, te dije que tenías que asegurarte de que los gallos cantaran bien —le recordó su madre una madrugada en que etiquetaba sus botellas. San Andrés, de repente, estaba en Google Maps. Llegaban extranjeros a comprar aire embotellado. Rosendo sospechó del francés—. ¡Casi se jode esto!
Sopló dentro de un pomo plástico de agua con la etiqueta Ciego Montero desgastada. Lo cerró rápido y escribió: «al fin, coño. 1:19 a.m.».
Sin embargo, Rosendo creó nuevas ecuaciones para Bendición. A veces encontraba patrones con las de Ciclón. Paralelismos que cualquier otra persona hubiese ignorado, pero él no. Estaba empecinado en saber el misterio del canto de los gallos heredados. Intentó intervenir. Le amordazó el pico a Ciclón, dejándole lo mínimo para que bebiera agua. Alguien le cortó la cuerda. Le dio una gota de alcohol para que se desmayara. Resistió, tan idiota, y cantó igual. En los momentos de silencio del gallo, que eran más que los de Bendición, era cuando el amanecer tardaba muchísimo en llegar. La gente salía atontada de sus casas, llegaban tarde al trabajo, a los sembrados, y su madre tenía más tiempo de expulsar el aire asmático de sus pulmones para reponer las botellas. La demanda crecía.
Rosendo fue al médico del pueblo, quien lo miró como se mira a un cubo lleno de agua sucia cuando le mostró el cuaderno y sus teorías.
—¿Oye voces?
—No. Solo gallos.
—Sí, claro. ¿Los gallos te hablan?
—¡No! De ninguna manera. ¿Cómo un gallo podría hablar? No tienen el aparato fonético adecuado para…
—Cálmese, lo comprendo. Usted debe entender que yo solo estoy aquí para ayudarlo. ¿Entiende? A-y-u-d-a-r-l-o.
—Disculpe, doctor, ¿por qué habla raro?
—¿Raro? Para nada. Ahora, dígame…, ¿usted cree que la gente muere cuando este gallo, me dijo… Pulmón…?
—Ciclón. El rojizo.
—Sí, ese, ¿cree que la gente se desvanece cuando canta?
—No estoy seguro. No sé qué decir. Porque Bendición hace que regresen. Exactamente cinco días después, a las seis y media de la mañana, de acuerdo a mis cálculos en mi libreta, ¿lo ve? Lo hago con esta ecuación. Es en ese momento en que Bendición canta y las personas regresan. Regresan cambiados, pero vuelven.
—Entonces, no hay problema. Si usted está seguro, si las personas regresan, no importa si con una cana más o con una cana menos, entonces no hay problema
Después de la consulta, Rosendo se encerró. No hablaba con nadie, ni siquiera con su madre, a pesar de que la escuchaba soplar en botellas todas las madrugadas y el rumor de la gente en el portal le llegaba al cuarto. Las gallinas y los gallos comenzaron a seguirlo incluso cuando no los alimentaba. Se posaban en la ventana de su habitación como testigos mudos y miraban a la libreta de las anotaciones.
Había nacido un gallo nuevo: Silencio. Pronto se volvió la sombra de Rosendo. Todavía no cantaba. Era imposible crear una ecuación para él, o saber qué iba a suceder cuando diera su primera nota en la madrugada. Rosendo temía. Ciclón desaparecía gente. Bendición las devolvía. Se preguntó qué haría Silencio.
Así que, una noche, Rosendo entró al gallinero y agarró a Silencio. Le cortó las cuerdas vocales con una precisión quirúrgica que no se conocía, como si en vez de estudiar matemática, su futuro hubiese estado en la medicina. El gallo lo miró con una tristeza ancestral.
Esa noche llovió.
Y, al amanecer, la madre de Rosendo no estaba. No la encontró en ningún lugar. La casa estaba vacía. La llamó varias veces y no recibió de respuesta ni un grito, ni una tosecita de fondo. Ni un sibilante. Ni una queja. Ni una demanda. Fue a la habitación de su madre y encontró el lugar lleno de polvo, como si hubiesen pasado años sin que nadie usara la cama.
Rosendo corrió hacia la puerta principal para verificar el balance. Nada. El portal estaba vacío. Solo había una botella sin etiqueta.
Rosendo la recogió. Estaba cálida. Dudó. La abrió.
Un soplo tibio le dio en la cara. Sonaba como una respiración asmática. Como si su madre estuviera del otro lado del cuello de vidrio. Tosió. Dos, tres veces. Y luego, nada.
Desde entonces, Rosendo solo se ocupa de que cantaran Ciclón y Bendición. Al resto de los gallos, les cortaba las cuerdas vocales. Y se sumergía, febril, en crear ecuaciones para predecir la próxima nidada, porque los gallos eran relojes de carne y esos también eran perecederos.
También, en las madrugadas, Rosendo embotellaba el aire de sus pulmones el último minuto antes de los cantos.
Por si acaso.
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