Compartimos el segundo relato de la selección de narrativa de El Laberinto del Minotauro. En esta ocasión, traemos un cuento del escritor cartagenero Hernán Grey Zapateiro. En una mañana sofocante en la zona industrial de Cartagena, un hedor imposible comienza a transformar la rutina del barrio en una experiencia cada vez más inquietante y delirante, revelando una monstruosidad viva que termina brotando desde el cielo y desde los cuerpos mismos. Para nosotros, «El aspecto del hedor» puede leerse como el aporte cartagenero a eso que se conviene en llamar nueva ficción extraña latinoamericana. Lean y juzguen ustedes.
Jefferson Rodríguez le explicó al mototaxi el lugar de destino, regateó el precio de la carrera y se subió a la moto, cuando el hedor se apoderó de los aires como si de pronto una tapa invisible encerrara al barrio en un caldero de estofado. El Campestre ya había despertado por las jornadas tempraneras de aérobicos y por las personas que trotaban en el interior y alrededor del campo de sóftbol. Otros descendían desde los barrios vecinos buscando transporte en las limitaciones de las avenidas principales. El malestar se difundió en escupitajos legañosos, señalamientos a los cielos y cubrimientos de nariz contra las mangas de la ropa. El hedor no se perdía por ningún sitio. Parecía extenderse con rapidez al penetrar los hogares y edificios residenciales. Incluso el mototaxi, en la velocidad esforzada de su primera carrera del día, se detuvo una cuadra más adelante para escupir y llevar su mano guantada a la boca. El casco carecía de visera protectora, la cubierta interior mullida y ahuecada se le deslizaba por la apremiante gesticulación. “¡Maldito olor pa’ oler feo!”, insultó y retomó la marcha. Jefferson asintió con la cabeza y balbuceó algunas palabras inenarrables con las que apoyó al mototaxista. No llevaba casco. Durante la pandemia Covid19, el Distrito de Tránsito retiró el uso de casco en parrilleros para atenuar los contagios, aunque en dos años, su desuso se había perpetuado. En todo caso, no le resultó repugnante, ni le produjo mayor turbación. Se le hacía familiar, únicamente eso. Cartagena de Indias precisaba ese atributo, los hedores habitan en imponente variedad.
Después se desvió hacia el 20 de julio para evitar el semáforo, la calle ahuecada y destapada de la escuela Bertha Gedeón de Baladí. Quería aprovechar la pavimentada y desembocar directamente al Corredor de Carga de Mamonal, pero el trancón le impidió progresar. Sorteó por los espacios de los vehículos y se paró a la sombra de los trupillos. Un camión Chevrolet retrocedía ocupando el ancho de la calle. La carrocería de estacas agrupaba cajas plásticas con gallinas y pollos de granja. Aves aturdidas, arrinconadas y guarnecidas en su plumaje. Un hombre con chaleco reflectivo y paleta de tránsito salió para aguantar a los otros mototaxis. Detrás ascendían las bocinas, además el día intimidaba con ser tórrido y asfixiante, mientras el hedor adquiría a su alrededor propiedades casi palpables. Ahora sí sintió el aletazo del hedor corroer las fosas nasales y adentrarse por su esófago con cortos indicios vomitivos. Palpó la camiseta, pegó la nariz al hombro izquierdo, levantó la vista y enfocó a las aves de la primera hilera de cajas. Eran gallinas blancas con las alas embarradas, pequeñas y con el pecho desplumado. Luego se sujetó el cuello dándose repetidas palmadas en el centro de la clavícula. Sin embargo, el hedor lo untaba y lo abismaba en su origen.
Sin otra alternativa, Jefferson se apeó de la moto y vomitó sobre el andén. El camión giró, halló en reversa un espacio en el parqueadero interno, y el portón levadizo naranja de la empresa descendió rápidamente. La empresa, colosal con la fachada de concreto y las franjas rojas con inscripciones amarillas, se imponía en anchura y abarcaba la calle entera. El hombre con el chaleco reflectivo ingresó por el acceso de empleados. De inmediato, cesó el ruido aparatoso de las bocinas. Las motos y los carros retomaron la ruta. En cambio, el hedor perduraba sembrado muy cerca de ahí. Lo distinguió al desprenderse por encima de la techumbre de la empresa. Avanzaba pesadamente como la cubierta de un domo mantecoso, sucio. Cubría las cercanías y se extendía por encima de la Olímpica en dirección a la Bahía de Cartagena. Jefferson Rodríguez se sentó en el andén. La mirada amplia, temblorosa y absorta en el hedor. Resultó ser una carrera fallida, y el mototaxi se largó al reconocer un malestar que sobrepasaba su humanidad. Mientras tanto el hedor descendía sobre las esquinas, se hacía más ligero, traslucido hasta despistarse por entero, pero altiro noqueaba en silencio, y se oían el reniego y la injuria, la carraspera ahogada y, en el caso de él, otra vez el vómito. En medio de los pies, los jugos amarillentos y los despojos de la cena. Era imposible aguantar más de lo mismo. No había desayunado y se le derretían las entrañas.
Y así y todo, se desprendió de la empresa una columna de vapores del color de la manteca renegrida. Esos vapores amarillejos deshicieron las livianas motas de nubes, hendieron el imprescindible azul de enero. Tan desmesurado el contraste con el cielo tórrido, que rasgado por una grieta estrecha, asomó un trozo de tripa flácida, cruda y de un beige descolorido. Apareció arrinconada en un recuadro del cielo, pero daba la sensación que arriba, como si se tratara de una entapizada, convulsionaba, oculto, un organismo vivo y descarnado. Luego, también apareció el hombre del reflectivo por la puerta de empleados. Ahora, Jefferson reparó en la mascarilla y las botas Caterpillar que dejaban el rastro húmedo sobre el pavimento. Se ubicó en el centro de la calle, levantó la paleta de tránsito y tardó nada en armarse nuevamente el trancón. No tardó en levantarse el portón levadizo naranja y desaparcaron los camiones. Las carrocerías de estacas agrupaban las cajas plásticas vacías, y el plumaje y los residuos de las aves enchumbados, se aglutinaban en las paredes de malla en octágonos dando la forma de un pasta grasienta y viscosa, como si lo hubieran despellejado vertiéndole agua hirviendo. Aún se fijaba en las huellas del hombre, cuando los vapores descendían y arropaban el espacio con su pestilencia.
Entonces, el trozo de tripa se retorció y se desprendió de su punta carnosa, una lágrima oleaginosa del tamaño de un huevo de avestruz que al precipitarse contra el pavimento, produjo una onda expansiva feroz y con su impulso zarandeó y erizó a todos de los pies a la cabeza. En su estupor, Jefferson Rodríguez se perdió con arrobo en la forma de su vómito y la pasta grasienta en los camiones que no paraban de agitarse, y a los que se le había infundido vida. Hasta el confín de su vientre sintió el mismo pálpito, y lo observó en el retorcijón que dobló al hombre del reflectivo de cabeza en el pavimento. Luego, cayó y gritó de dolor. Alrededor el malestar también se acrecentaba. El trozo de tripa eructó y se recogió en la grieta, cicatrizándose en una cremallera de azul plomizo. Mientras en la calle los residuos de los camiones se evaporaban, confundiéndose con los gases del eructo, el vientre de Jefferson y de todos, se henchían y a través de su ropaje rezumaba un líquido estuoso y blanquecino que los desformaba. Daban vueltas sobre las espaldas, enroscaban el pescuezo y la miseria de sus expresiones inútilmente hallaba solución en apagar el ardor que los consumía por dentro. En un momento, el aspecto del hedor que se apoderó del 20 de julio y el Campestre, surgió de los cuerpos desplomados, y en otro, también de sus estallidos que inundaron la mañana de un reguero de plumas blancas y de blandos espolones.
EL CUENTO POR SU AUTOR
En El aspecto del hedor hay una epifanía. En ocasiones me ocurren sucesos extraños y complejos en los que la imaginación y la inclinación de perturbar la realidad, se reproducen en acontecimientos similares al cuento. Yo soy el pasajero en esa mototaxi en dirección a un lugar que ya no recuerdo. El tráfico, la empresa, los pollos y el señor del tránsito existieron. Mientras se intentaba sortear la espera del camión, la mirada se volcó a un cielo abierto y a un solazo digno de nuestra ciudad. Quizá es producto del calor y la sofocación, pero una cremallera en el cielo se abrió para no mostrar nada más que otro espacio mucho más vasto. El resto es trabajo de escritura y de la preocupación de ocupar espacios en Cartagena de Indias inexistentes aún en el acervo de nuestra literatura.

