Carolina Pineda es bogotana, autora de cómics e ilustradora, conocida también como La Desparchada. Dibuja historias desde los cinco años, cuando su hermana le leía por las noches Las aventuras de Tintín —o versiones libremente reinventadas de ellas—, experiencia que marcó su deseo de narrar con imágenes y palabras. Desde entonces no ha dejado de dibujar. Ha sido coautora de libros y publicaciones en Colombia y fuera del país, y su obra ha circulado ampliamente en la escena independiente a través de cómics autoeditados.
Conversamos con ella a propósito de sus trabajos más recientes, pero la charla va mucho más allá: habla sin solemnidad sobre el tiempo lento del cómic, las condiciones materiales de crear en Colombia, la observación como forma de resistencia y el dibujo como hábito vital, casi cotidiano.
¿Qué historia buscas contar en Días raros y qué preocupaciones personales o creativas atraviesan este nuevo proyecto?
Días raros es una historia esencialmente viajera que narra un viaje, pero no solo desde el desplazamiento: se convierte en una excusa para que lo cotidiano se vuelva extraño. Lo incómodo aparece en los silencios narrativos, en el cuerpo cansado, en las pequeñas fricciones con el entorno nuevo, y lo íntimo surge cuando la protagonista no puede sostener las rutinas que la protegían en su país y empieza a mirarse sin filtros. Entonces lo profundo se revela en gestos mínimos: una habitación ajena, una casa en el campo muy grande, un dolor, una conversación trivial o profunda que toca algo esencial. El momento especial de la vida de la protagonista no es grandilocuente; es, justamente, un punto de quiebre silencioso, porque en el cómic se plantea que algo está empezando o terminando y el viaje funciona como un espacio suspendido donde esa transformación se vuelve inevitable. La cotidianidad fuera de su lugar habitual es como un espejo: cada acción simple es un reflejo; comer, caminar o dormir adquieren un peso emocional distinto.
Días raros explora cómo, lejos de casa, lo cotidiano deja de ser automático y se convierte en un territorio incómodo, donde la protagonista se encuentra consigo misma en un momento decisivo de su vida.
Está concebido como una trilogía de viajes; esta es la primera parte y podría funcionar casi como un umbral, el momento en que algo se desacomoda y algo que todavía no se conoce del todo ni se puede nombrar comienza a manifestarse. No es un viaje de revelación completa, sino de descubrimientos iniciales, y en esos descubrimientos también está el malestar, porque desmitifica el viaje como una experiencia exótica y llena de estímulos: también es desplazamiento, cansancio y el cambio del ritmo circadiano cuando el horario se modifica. La protagonista llega en el umbral de la primavera, y la primavera la afecta físicamente. En general, quiero que la trilogía se centre en la observación, en lo íntimo que no se resuelve, en los momentos vitales. En este primer desplazamiento, que es Días raros: raíces y alas, la protagonista atraviesa un momento especial de su vida sin saber aún cómo nombrarlo, porque eso es lo que sucede con los viajes: se interiorizan después, cuando el tiempo se aquieta.
Cómo ha sido tu proceso de formación y evolución en el cómic, desde Hello, My Love (2014), pasando por Historias de Chapiyork y Recetario de sabores lejanos, hasta El eco de la llamada y tu nuevo proyecto, Días raros. ¿Cómo se ha ido consolidando tu estilo a lo largo de ese recorrido?
He consumido y dibujado cómics gran parte de mi vida, casi toda. Pero a partir de 2012 empecé a buscar gente que también estuviera haciendo cómic. Mis primeras influencias fueron Joni B., de Medellín, sobre todo cuando leí Parque del Poblado, que me gusta mucho. Luego Henry Díaz, con una publicación que hizo con Pablo Guerra antes de Cohete, que se llamó Memorias.
Todavía no estaba Instagram ni toda esta red social que se ha tejido después. Yo iba a los clubes de la Biblioteca Luis Ángel Arango a estar en contacto con gente que dibujara, pero no tenía mucha idea de edición. Dibujaba sin publicar hasta que me lancé en una feria independiente que se llamó Huracán, como en 2013 o 2014, y publiqué 30 ejemplares de Hello, My Love cuando solo llevaba dibujado el primer capítulo. Ahí empezó todo.
Antes de Hello, My Love tengo un proyecto muy largo, autobiográfico o más bien autorreferencial, con fantasía. Se lo mostré a Pablo Guerra y él me dijo: “Sigue trabajando”. Dibujé mucho, pero entendí, hablando con Saskia van Hagen, una agente que conocí en una Fiesta del libro y la cultura de Medellín, años después, que los proyectos tan largos de cómic son casi imposibles de editar si no tienes un nombre consolidado. Eso me frenó.
Luego llegó Cristian Muñoz, que estaba empezando con el sello de Planeta. Me dijo algo que me gustó mucho: “No te conozco, pero quiero conocerte”. Vio una historia que yo estaba subiendo, pero le dije que ya la estaba viendo otro editor (el proyecto largo), y le propuse otra idea. Ahí nació El eco de la llamada, que primero se llamaba Parte de la manada.
El nombre no se pudo usar por un caso terrible de violación grupal que fue asociado con la palabra “Manada” en España. Planeta es un sello español y me dijeron que no era viable. De todos modos, el proyecto ya era un sí y me dediqué por completo a eso. Dos años antes de la firma con Planeta estuvo Historias de Chapiyork, que fue mi proyecto de grado en el SENA. También lo lanzamos en una feria: FICCO, con Daniela Ardila como dibujante de algunas historias. En el medio se coló mi trabajo en cómic e ilustración con OIM y ONG’s, con enfoque en Derechos Humanos.
Yo me he autoeditado, he trabajado con editorial independiente, y ahora con una editorial grande. He recorrido el camino desde abajo, y eso me ha permitido enamorarme de los procesos. Lo que más disfruto del cómic es el proceso. Me preguntan por qué me demoré tanto y yo no le veo problema: lo lento tiene su quehacer, sobre todo en un mundo que exige inmediatez. Mi carrera ha sido lenta, pero constante.
Decidiste publicar Días raros por capítulos en tu Substack, en lugar de hacerlo directamente como libro. ¿Qué te motivó a elegir ese formato serial?
Decidí publicarlo por capítulos en Substack porque atravesar una aventura editorial —la búsqueda de un editor, el dossier, la espera, la negociación— hoy me quita un tiempo vital de creación. Estoy en un mood de producción, de escritura sostenida, y no quería postergar la historia mientras alguien decide si leerla o no.
Además, esta vez no quería negociar ni la estructura ni la forma. Días raros es una historia íntima, y sentí que debía contarse como se cuentan las cosas íntimas: sin filtros, sin intermediarios, con deseo urgente de narrar. El formato serial me permite acompañar el proceso del viaje y de la escritura en tiempo casi real, respetando el pulso con el que nació la historia.
Substack me ofrece, también, algo valioso en estos tiempos líquidos y de saturación de contenido: un espacio de crecimiento orgánico: te leen quienes realmente quieren leerte, no por arrastre del algoritmo sino por elección. Ese vínculo directo con las lectoras y lectores acompaña mejor el espíritu del proyecto y el ritmo serial de esta primera parte de la trilogía.
La realización de El Eco de la llamada se extendió durante varios años. ¿Qué factores marcaron el ritmo de trabajo del proyecto?
Tiene que ver con la situación en la que se crea cómic en Colombia. Esto no es un oficio pago. A menos que seas un autor como Mario Mendoza, no hay adelantos. Entonces uno crea cuando tiene tiempo.
Yo le dedico tiempo a mi familia, a mis animales, a la vida. No soy obsesiva del cómic. Es más un hábito, como caminar. Si hubiera tenido un adelanto que me permitiera vivir, claro que habría terminado antes. Pero sin sueldo nadie puede trabajar así, y yo me rehúso. Me parece injusto y explotador.
Disfruto el proceso. Creo que la vida es proceso.
Hay un cambio técnico evidente en la forma de realizar tus dibujos que se inicia El eco de la llamada. ¿Por qué la acuarela?
Se lo debo a la editorial, porque tenía el músculo para producir un libro a color. Eso es carísimo. Me dijeron: “Hazlo como quieras”, y yo decidí acuarela.
La acuarela para mí es campo, es salir. Los ilustradores botánicos la usaban porque secaba rápido. Es un homenaje al campo, a la aventura. Ayuda a la atmósfera rural, al paisajismo, a los detalles. En blanco y negro no habría sido igual. Además, habla de la infancia, y la infancia es color.
En El eco de la llamada el foco está en las infancias y el mundo adulto aparece fragmentado. ¿Qué buscabas con eso?
Tiene toda la intención de anular el mundo adulto, de escapar del adultocentrismo. Es el origen de muchos conflictos: colonialismo, adultocentrismo, supremacismo.
Quería que los niños tuvieran todo el protagonismo. De ellos vemos todo: gestos, lágrimas, vergüenzas. De los adultos solo vemos autoridad y decisiones. No necesitaba sus rostros para que sintiéramos el peso de la autoridad.
La señora de la tienda y la lora son clave. La lora responde “no me importa” justo cuando Martina está más vulnerable. Hasta la naturaleza le da la espalda.
La forma como abordas el conflicto armado es lateral, dosificada. ¿Cómo llegaste a esa decisión?
Me interesa lo estructural. Antes del reclutamiento hay abandono estatal, despojo, patriarcado. Alberto carga con responsabilidades que no debería tener ningún niño.
También era importante no revictimizar. Vengo del trabajo en derechos humanos y ahí se cuida mucho la acción sin daño. Mi acción es el trazo y la narración. Revisé mucho para que fuera conmovedor y real, no violento.
El barquito es esperanza. No sé qué pasará con Alberto, pero si se lo lleva, algo de su infancia se va con él.
Como lectora y artista, ¿cuáles son tus referentes?
Tintín siempre será el referente mayor. Con todas las discusiones que genera, ahí se puede entender gran parte del siglo XX. También Las aventuras de Gato, de Daniel Rabanal. Me nutro mucho del cine y de la música. Me encanta la novela histórica, la novela negra, el terror.
¿Qué cómic recomendarías y qué consejo darías a quienes empiezan?
Estoy leyendo Dimentica il mio nome de Zerocalcare. Lo recomiendo mucho. También Gipi, que es un acuarelista monstruoso.
No soy buena dando consejos, pero creo que hay que empaparse de mucho más que el cómic. Ir a ferias que no sean de cómic, consumir otras cosas. Hacer del dibujo o la escritura un hábito. Eso sí es importante.

