Porque Ricardo González sigue yendo a cine.
Andrés Caicedo, El espectador.
Cada vez me cuesta más confiar en las personas que, dentro de un cinema, deciden no sentarse en la primera hilera. Si yo puedo, y gracias a Dios casi siempre es posible, compro mi boleta para la casilla que está justo en todo el centro y en el sitio más próximo al telón de proyección. No es un capricho, es más bien un agüero corroborado por la experiencia inmediata. Si estoy ubicado atrás, muy al fondo, la película podrá ser mala y correré el riesgo de quedarme dormido. Si me siento en el medio, quizá bostece tres o cuatro veces o hasta me ponga a abuchear al protagonista. Una vez me pasó que, por sentarme en la segunda fila, viendo una película que iba acerca de un luchador de Taekwondo, el proyector empezó a crujir y después de soltar algunas chispas se detuvo en la escena final. Entre murmullos de inconformidad y alguna que otra protesta, todos los espectadores salimos cabizbajos, desfilando frente a los rostros enrojecidos de vergüenza de los empleados. Yo decidí que, de ahí en adelante, lloviese o tronara, iba a sentarme siempre en la primera fila o preferiría hasta no entrar. Había tenido suficiente y lo del proyector me pareció una señal nefasta. Sin embargo, y el cine sabe mucho de esto, misteriosos son los caminos del señor. Pronto mi radicalidad se vería interrumpida.
—¿Usted es que es huevón? —Me preguntó mi amiga María el siguiente mes, mientras avanzábamos en fila india hacia la entrada al teatro. Iracunda sostenía las dos boletas y me miraba, enarcando las cejas, con incredulidad.
—¿Cómo así? —Le respondí casi que encogiéndome de hombros y fingiendo que no entendía una palabra. Tragué saliva.
—¿Cómo va a comprar las boletas para la primera fila? —Señaló el rectángulo de cartulina azul y se golpeó la frente—¿Quiere acaso que me dé torticolis? —Algunos otros espectadores, que al principio nos miraban de reojo pero que luego pasaron a asentir vagamente y a intercambiar miradas de reproche, fueron rodeándonos. Yo, que empecé a temer un linchamiento, me acerqué a uno de los empleados del cinema.
Por fortuna para el cuello de María, y para toda mi integridad física, pudimos ubicarnos dos filas atrás, entre un anciano que cayó dormido antes de que concluyeran los avances y una pareja que no dejó de besarse durante todo el filme. La película, que narraba los pormenores en la vida de una muchacha que camellaba en un call-center, y que yo mismo escogí pues conocía otros de los filmes de la directora, me pareció aburridísima. Mi amiga, presa del rencor, no quiso comentar la película cuando salimos de la función y en vez de eso cogió directo para su casa después de despedirse. Yo, fielmente convencido, comprendí que al cinema, como a la eucaristía, es mejor acudir solo.
El jueves pasado, y en el marco de la doceava edición del Bogotá International Film Fest, asistí, solitario como un sonámbulo, a la proyección de Hangar Rojo, película dirigida por el chileno Juan Pablo Sallato, protagonizada por un fenomenal Nicolás Zárate y basada en el libro de Fernando Villagrán, quien además colaborada en el guion, titulado Disparen a la bandada. Crónica secreta de los crímenes en la FACH contra Bachelet y otros. Afuera de la Cinemateca una tenue llovizna lavaba las callejuelas mientras los celadores de los edificios circundantes se arrebujaban en sus garitas. Compré mi entrada para la primera fila y ya dentro destapé una Coca-Cola de contrabando que pude ingresar sin mucho esfuerzo. Me acomodé en la silla y la película, filmada a blanco y negro, empezó a rodar bajo la noche bogotana.
Un par de horas después, ya montado en un Transmilenio que descendía por la 26 y hasta el preciso momento en el que me siento frente al computador para redactar esta reseña, me hago la misma pregunta al reflexionar en torno a la naturaleza del filme de Sallato: ¿por dónde debería empezar? ¿Cómo analizar una obra de tantos matices? Vamos por partes y con paciencia, sentados en la primera fila y atentos.
Para mí es una enorme coincidencia ver esta película tras el reciente fallecimiento del director chileno Patricio Guzmán. Quisiera, a modo de digresión, hacer aquí dos confesiones. La primera es que hasta su fallecimiento no conocía la existencia del documentalista chileno y gracias a que se murió, por terrible que suene, pude ver en una plataforma digital la tremenda Trilogía de Chile. La segunda es que, desde que vi los tres filmes, siempre me pregunté quién demonios era Jorge Silva, la persona a la que estaba dedicada la trilogía.
—¿Cómo es posible que usted no hubiese visto nada de Patricio Guzmán? —Me preguntó al teléfono mi amigo Jacinto cuando le comenté que planeaba escribir una reseña acerca del filme de Sallato. Mientras sostenía el celular, el rostro de María, con su ceño fruncido y agitando las boletas, iba y venía en breves oleadas.
—Pues no… no sé, hombre. Nunca había escuchado de él. Ni que fuera un delito.
—Casi, casi es un delito. Lo que ahora tiene que hacer es…
Y le colgué, enfurecido conmigo mismo por buscarme amistades tan beligerantes.

Jorge Silva. Así se llamaba un director colombiano, ¿cierto?, me pregunté a mí mismo la primera mañana después de ver la película. Era el marido de alguien, o algo así. ¿Hacía parte del Grupo de Cali? No, no creo. Me sonaba también como el nombre de un futbolista, de una estrella de rock o de algún literato. En medio de todas estas dudas ocurrió algo que todavía me sorprende, una seguidilla de hechos que, para mí, a la luz de los acontecimientos actuales, tiene casi el color de un milagro. Las veces que me dispuse a buscar su nombre en Google, después de fantasear con la identidad del tal Jorge, algún suceso intrascendente interrumpía mi búsqueda y desplazaba hacia una región secreta tanto el nombre como el apellido. Al cabo de unos días, con una terquedad que hoy agradezco, ambos volvían a surgir desde las profundidades como un barril en altamar que se niega a permanecer en el fondo. Hay que hacer mercado; hay que pagar el recibo del agua; hay que extender la ropa de la lavadora. Y a mí se me olvidaba que iba buscar la información, se me olvidaba que estaba atendiendo al asunto y a los dos o tres días afloraba el recuerdo para que yo, víctima de un ciclo absurdo, lo volviese a olvidar. Pero había algo del nombre y del apellido que persistían en mi interior, como vibrando levemente. Llámese sonoridad, llámese significado oculto, llámese coincidencia. Cuando me senté por fin a redactar esta nota, después de proponérselo a mi editor, descubrí que en realidad Jorge Silva no solo era un director de mi país, uno que de hecho había producido filmes importantísimos de corte social, sino también un cineasta desaparecido por el gobierno golpista de Pinochet, que además llevaba el apellido Müller, pero adicionalmente era un excapitán de la fuerza área chilena. El tercero, que también llevaba el apellido Ortiz, estaba esperándome en la oscuridad de la sala, sumergido entre los fotogramas de la película de Sallato para que nos conociéramos mejor y para que yo atestiguara la dimensión de su desgracia.
El nombre y el apellido, pues así también funciona el misterio, se habían triplicado como si una mano brillante los hubiese dispuesto en una superficie espejada.
La película Hangar Rojo nos cuenta un fragmento crucial en la historia del capitán Jorge Silva Ortiz, antigua cabeza de la Fuerza Aérea, quien se niega a permitir el fusilamiento de dos jóvenes de izquierda capturados por un comando militar. Estamos en la República Chilena de 1973, atravesando los cruentos días de septiembre. Después de una seguidilla de intentos cada vez más desproporcionados, la extrema derecha ha gestado un golpe militar y lo que queda de las instituciones se depone al servicio del régimen golpista. El Palacio de la Moneda arde, Allende ha muerto y el miedo impera en las avenidas desiertas.
En el documental de Guzmán, justo cuando empieza el golpe, retrocedemos a las multitudinarias muestras de apoyo que recibe el proyecto de la Unidad Popular. Intencionadamente, el documentalista no construye su punto de vista desde el terror de la dictadura, sino enfocándose en algunos de los pilares de la resistencia comunitaria que espontáneamente surgen, desde distintos sectores populares, en defensa del proyecto político que representa Allende. Sallato, desde la otra orilla que le ofrece su thriller político, desde esta ficción documentada, sí se concentra en el terror, pero en especial en la ambigüedad de la condición humana. Ambas obras, vistas en contraposición, hacen que los dos Jorge Silva chilenos, víctimas del mismo conflicto, se den de la mano en la oscuridad del filmódromo.
Como es normal, la naturaleza del cine no hace posible que el relato histórico sea retratado en su absoluta vastedad. Fuera de la ficción, el Silva Ortiz histórico se niega en principio a participar de los contingentes que el Estado Militar envía para reprimir a los partidarios del gobierno socialista que protestan en las calles. Gracias a esto, el capitán queda encargado de la logística en la Escuela de Especialidades de la Base Área El Bosque, lo que a su vez propicia que pueda salvar la vida de los dos capturados. Por orden expresa suya, ambos jóvenes son subidos a un vehículo que se dirige al Estadio Nacional, junto a un grupo de campesinos oriundos de La Legua y unos líderes sindicales. Aunque los dos estudiantes son torturados por los militares al servicio de Pinochet, se salvan del fusilamiento. Fernando Villagrán lo cuenta en sus propias palabras: me iban a ejecutar y él me salvó, dice.

Tras varias jornadas de torturas e interrogatorios dentro del estadio, ambos prisioneros fueron enviados a la Cárcel Pública de Santiago donde reconocieron al capitán que los salvara un par de días atrás. Silva se encontraba en un estado lamentable. Después de que una junta lo depusiera de su cargo y luego de ser capturado, Silva fue sometido a choques eléctricos, golpes con objetos contundentes y vejámenes físicos de todo tipo que le ocasionaron hemorragias y distintas lesiones. Los autores de estas fechorías eran sus antiguos compañeros de armas. Después de un par de días, fue conducido a la prisión donde también irían a parar, no solo los dos estudiantes, sino otros militares leales a Allende. De hecho, en 1974 compartió la celda número 12 con el general Alberto Bachelet, padre de la expresidenta chilena, y fue testigo de su fallecimiento luego de una seguidilla de torturas e interrogatorios. Ese año la justicia chilena desestimó las condenas dictadas contra 84 miembros de la Fuerza Aérea que permanecían presos y Silva fue puesto en libertad. El excapitán se exilió, junto a su esposa, en Londres hasta su fallecimiento en el año 2024.
Quisiera concentrarme ahora en el actor principal del filme, Nicolás Zárate, y desde ese flanco abordar algunos elementos de la película.
¿Qué es exactamente lo que nos conmueve de la interpretación de un personaje? ¿Es acaso su fuerza de representación? Si es así, ¿esa fuerza es acaso denominable? ¿Podemos describirla? Pienso en las películas que he visto, en los personajes que me han conmovido y en los que me han dejado indiferente. Recuerdo la polémica que suscitó Once Upon a Time in Hollywood, la terrible broma de Tarantino al mundo del espectáculo. Brad Pitt, en un papel formidable, está ahí no solo para servir de móvil en la broma, sino para que Tarantino retrate a un tipo simple, un buen amigo con un trabajo genial, que conduce de noche por Los Ángeles mientras suena Hush de Deep Purple y que alimenta a su enorme podenco con cárnicos enlatados. En Pitt, quien interpreta a Cliff Booth, hay una gran interpretación así todo lo que esté contando Tarantino sea una chifladura. Vemos una voluntad persistente y algo similar me parece que ocurre con Zárate en Hangar Rojo. La belleza es el cuerpo animado, dice Matilde Acevedo Duzán al final del tercer poema de su libro Cronología de un escupitajo. Creo que en este verso de la poeta bogotana, quien también es actriz, se describe perfectamente lo que ocurre desde que vemos a Zárate, pero también desde que entra en escena cualquier actor que cumpla cabalmente. Hay una encarnación de la voluntad, una determinación.
En el caso de Zárate no se trata de fruncir el ceño, ni de levantar la voz. Mientras interpreta el papel, vemos un cuerpo encantado, animado, poseso, y en ese encantamiento la fuerza del personaje histórico no solo encuentra asidero sino un plano desde el cual logra manifestar su energía. Lo comprobamos en los momentos de tensión que tejen el filme, mientras el capitán defiende el constitucionalismo que le ha granjeado cierta fama, pero también cuando se deshace en lágrimas sobre el regazo de su esposa. El cuerpo animado reluce, hace de las suyas y mantiene al espectador sumergido en ese trance que solo ofrece la oscuridad de una sala de cine.
Ahora bien, Hangar Rojo hace que inevitablemente uno se remita a ese maravilloso cuento de Roberto Bolaño titulado Detectives que aparece en el libro Llamadas telefónicas. En él, porque la ecuación que nos ofrece la ficción puede invertirse, dos agentes rememoran, mientras avanzan en su patrulla, las primeras jornadas tras el golpe militar. Arancibia y Contreras, quienes estaban encargados de custodiar un contingente de presos políticos, se topan con su joven compañero del liceo, el chiflado Arturo Belano, alter ego del autor. Por boca de Bolaño, quien se refirió al asunto en distintas oportunidades, sabemos de su participación en algunos de los contingentes que trataron, sin ningún atisbo de triunfo, de hacerle frente a los militares durante el golpe y de su estadía en prisión. Aquí los dos agentes cuentan cómo aliviaron la estadía del muchachito en la guandoca y otros detalles escabrosos de las jornadas funestas.

La película es a todas luces un abanico de referencias a nuestros tiempos. Al verla no solo nos remitimos a las dicotomías a las que nos enfrentamos hoy como región, nuestros traumas y nuestras heridas, sino también a una potencia que subyace en el fondo del filme. Para explicar lo anterior quisiera remitirme a las propias palabras del director.
En una entrevista concedida a la BBC, Sallato se refiere al filme como una obra que “muestra un dilema moral que puede pasar en cualquier parte del mundo (…) al final se trata de la humanidad dentro de la barbarie, con todos sus grises”. Lo anterior no solo puede dar cuenta de una justificación para que la película esté filmada a blanco y negro, o a gris si se quiere, sino del conflicto humano, profundamente ambiguo, que allí se describe. Algunos de los personajes que desfilan a lo largo del filme, como el suboficial Hernández o como el coronel Soler, están atrapados en una red de dicotomías de difícil clasificación. A Boris Quercia, quien interpreta a Soler, le preguntaron específicamente qué hacía para que el espectador no clasificara a su personaje como bueno o un malo. Quercia respondió que un actor está acostumbrado a creer ciegamente en la circunstancias dadas del propio personaje y yo creo que Sallato va hilando cada una de las hebras del filme desde esa perspectiva. En Silva es en quién mejor se cristaliza esta ambigüedad, esta zona repleta de grises. El capitán no es socialista. A pesar de que tres años antes de los hechos aquí narrados, él mismo alertara al propio presidente acerca de un inminente atentado en su contra, sabemos que lo hace por respeto a la constitución. Su lealtad tiene que ver con su oficio y va más allá de un compromiso ideológico. Ha sido formado en la Escuela de las Américas, en donde se le recuerda como una especie de tipo talentoso que escogió el camino inadecuado. La ambigüedad de su situación se hace evidente en varios momentos del filme en los que, así no se le vea cómodo, cumple cabalmente con las órdenes del coronel Mario Jahn, quien no solo fraguara el atentado que Silva denunció tres años atrás, sino quien ahora es el encargado de supervisar los procedimientos contra los civiles detenidos en uno de los hangares.
Podríamos resaltar algunas similitudes entre el golpe militar que depone a Allende y algunos de los operativos fraguados a lo largo y ancho de nuestro territorio nacional por las fuerzas de seguridad del Estado. Podríamos inclusive establecer paralelos evidentes entre las figuras de la dictadura chilena y los protagonistas de los hechos recientes tras los comicios electorales celebrados en nuestro país. Sin embargo, creo que en la compleja red de ambigüedades que materializa el filme de Sallato, es en donde opera su mayor virtud y creo que es allí donde nos debemos concentrar.
En los últimos meses nuestra realidad política se transformó con una velocidad inusitada. Casi de sopetón presenciamos el retorno de un conservadurismo radical, que aunque nunca desapareció por completo, sí mermó visiblemente su fuerza a lo largo de esta década. Ahora bien, cada decisión del gobierno electo viene acompañada de un ruido mediático tan ensordecedor, que se hace cada vez más difícil estudiar los fenómenos que contienen o sus consecuencias. Citemos dos ejemplos: el gobierno nacional decidió arrancar algunas de las obras de los muros del Museo Nacional sin dignarse siquiera a quitar también las fichas técnicas que los acompañaban. El periodista Pedro Adrián Zuluaga identificó en la decisión una intención publicitaria con miras a producir un efecto mediático. Lucas Ospina, en una columna para La Silla Vacía, señaló, en referencia al suceso y a otras decisiones polémicas del gobierno, que la cantidad de ruido que produjo el desmonte fue tal que imposibilitó que el suceso se fijara, el tiempo suficiente, dentro de un rango que así mismo produjera consecuencias. Catalina Uribe, en otra columna para El Espectador, sostiene que la indignación, al convertirse en el mecanismo que organiza la conversación, permite que el provocador sea quien escoja las palabras, pues es él quien dibuja el conflicto mientras que sus interlocutores ocupan disciplinadamente el lugar que les es asignado.

Algo similar ocurrió un par de semanas atrás cuando el nuevo director del Instituto Caro y Cuervo se refirió, en termino decimonónicos, a la obra de Andrés Caicedo y Gonzalo Arango. Fue tal el ruido mediático con respecto a las declaraciones de Esteban Vélez, que no solo las obras de ambos escritores pasaron a un segundo plano sino también la discusión de fondo, referida a las funciones tanto del instituto como de su director. La agenda política del abelardismo, cifrada en un ragebait constante y amplificada eficazmente por bots y por los medios alineados al establecimiento, ocupa un lugar exclusivo de atención mientras define la agenda pública del país.
Distintos elementos, como la insuficiencia del sistema democrático frente al algoritmo o la postura cada vez más reaccionaria del gobierno, hoy propician no solo un estado constante de alarma y temor, totalmente justificado, sino además una peligrosa simplificación en la vasta red de acontecimientos y significancias con las que la izquierda en nuestro país, totalmente desorientada, trata de explicarse el presente. Pensemos en un caso particular para dar cuenta de esta simplificación. Las elecciones pasadas, que dejaron por un mínimo margen a Abelardo de la Espriella como presidente de la república, son un gran ejemplo. Un gran bloque del electorado de izquierda llama fascistas a quienes votaron por Abelardo, negando de un solo tajo la evidente desconexión del gobierno anterior, en cabeza de Gustavo Petro, con algunos sectores de la ciudadanía. Otros sostienen que el fracaso en las elecciones se debe a un fraude electoral orquestado por El Mossad; unos señalan que la culpa es de Iván Cepeda por no asistir a los debates presidenciales y hay otros que no desestiman la excesiva confianza del Pacto Histórico como la única razón de la debacle.
Es como si hubiese una enorme pátina que matizara las opiniones producidas a diario acerca de la cada vez más confusa realidad nacional. No hay matices y por lo tanto no hay texturas, ni grises, ni ambigüedades o contradicciones. Tampoco hay autocritica. Lo que sí hay es un escenario, cada vez más propicio, para que la situación continúe tomando la vertiente que ha ido tomando en los últimos meses, una vertiente incapaz de producir pensamiento y por lo tanto oposición, una vertiente que nos sitúa cada vez más lejos de entender nuestro momento histórico y de asumirlo.
Tampoco creo que todo esté perdido, pues eso también sería simplificar en demasía la situación. El trabajo de la Fundación Urán Rojas, liderado por Helena Urán, ha tratado de establecer un punto en común entre ese bloque heterogéneo que conforman las víctimas del conflicto armado. Esta fundación, me parece a mí, no se ha conformado con describir los horrores del conflicto y sus consecuencias, sino que también ha centrado sus esfuerzos en que fijemos la vista en las zonas grises, en la profunda ambigüedad que rodea tanto a los protagonistas como a las instituciones. Como en la película de Sallato, en el trabajo de esta fundación se reconoce que nuestra realidad es mucho más compleja y que merece quizá no solo otro prisma por el cual tratemos de estudiarla, sino quizá, y ahí estriba la mayor dificultad, otro lenguaje. Ambas comparten, desde perspectivas propias y bien diferenciales, cierto rechazo al binarismo.
No quiero decir con todo lo anterior que tanto en el universo ficcional de Sallato, como en nuestra ulcerada realidad nacional, no existan responsables. En lo absoluto. Lo que quiero señalar es que el filme nos muestra, usando ese campo de disputas repleto de variables como lo es un complejo militar, que desde las zonas grises, desde las grietas de nuestra compleja condición humana, podremos tratar de entender mejor lo que ocurre en nuestro presente. Creo que allí reposa la tesis de Sallato y de su grandioso filme.
Cuando concluyó la proyección de la película, al lado mío lloraban a moco tendido dos ancianas. Un hombre, sentado al otro extremo, parecía paralizado por las impresiones que le produjera el filme. Pensé en María. Ahora sí, me dije, no vuelvo a entrar a ver una película si no estoy sentado en la primera fila.
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