A la memoria de Kelly León Menaszas,
el amigo inolvidable.

Hay un lugar en mi biblioteca llamado el cementerio. Se trata de un pequeño rincón en el extremo de una tabla que atravesé en la parte baja de mi mesa de trabajo donde voy colocando los libros de autores colombianos que me llegan u obsequian y que son definitivamente malos. En la tabla hay otras cosas: enormes volúmenes de enciclopedias hechas con fascículos coleccionables, que por lo delgados ocupan poco espacio y que consulto con frecuencia; también tengo ahí ejemplares de esas revistas universitarias ladrilludas, y uno que otro viejo libraco, desterrado, pero no enterrado. El único sector de la tabla que se renueva con frecuencia es el cementerio. Cada cierto tiempo, semestres, dependiendo del flujo, saco lo que he colocado y con delicadeza, arranco las dedicatorias de aquellos que las tengan. Con ellos armo un paquete que obsequio a alguna biblioteca de colegio público donde cumplirán su mejor destino: nadie los leerá. Se trata de textos de toda clase: poemarios, novelas, cuentarios; una ‘fauna’ variopinta. Están mal escritos; ese su peor y mortal defecto. Un buen escritor no puede darse el lujo de escribir mal; mucho menos varios libros. Debo advertir que al cementerio de mi biblioteca no ha llegado nunca una buena obra literaria. Ni llegará mientras él exista y yo viva. Solo siendo un nazi sucedería eso. Las hojas de vida de esos autores hablan de numerosos concursos ganados, casi todos muy locales, o de sospechosa catadura por la calidad moral de quienes fueron jurados. Además de los triunfos literarios, casi siempre poseen variados títulos universitarios. Eso es normal y está bien: por lo general esos hacedores de libros son personas estudiosas; entre ellas las hay que saben mucho. Algunos destacan como muy cultos. Varios, a veces numerosos de esos relatos han sido traducidos a otros idiomas. Lo más gracioso de todo es que por lo general tienen un respaldo crítico muy ‘profesional’. No estoy ironizando. No debo mencionar nombres, pero se trata de académicos e historiadores de la literatura muy prestantes en el ámbito cultural, con muchos grados en su termómetro, profesores universitarios y expositores o conferencistas de renombre. Queda uno boquiabierto por la generosa retórica con que elogian al libro malo. Esos conceptos no hacen bueno lo que no lo es; en la misma forma en que un mal comentario nunca convertirá en malo un buen libro. Si lo que esas personalidades de la farándula literaria dijeran fuera verdad, esas obras que se ensalzan habrían dejado de ser libritos hace rato. Nuestra ‘patria’ (para usar una palabra de moda) sería la vanguardia mundial de la literatura porque son cientos los escritos de que hablo, y si de veras todos tuvieran las excelencias y bondades que les atribuyen sus promotores, repito, Colombia sería la ganadora de la maratón literaria mundial. No me refiero únicamente a los publicados por editoriales pequeñas; lo dicho aplica a las llamativas ediciones de Alfaguara, Planeta o Villegas por ejemplo, por mencionar apenas tres empresas. También llegan a mi cementerio, ejemplares con ese perfil. En ocasiones se trata de libros tan malos que ni siquiera me atrevo a regalar: los parto en pedacitos y los echo a la basura. ¿Por qué hay tantas personas que quieren ser escritores, o presumen de serlo? No sé cómo se las arreglan para ser publicados, incluso por editoriales de cierta categoría. Algunos autoeditan sus ‘obras’. Invierten millones haciendo eso. Viajan organizando lanzamientos; con apoyo institucional, o sufragando los costos por sí mismos. Una buena foto tomada en un lugar emblemático de París, Nueva York o Madrid puede ser de gran ayuda. Se trata de un tipo humano singular, de reciente hechura: el escritor de carrera, hijo putativo de la mediación telemática y el marketing editorial. Nunca he oído a otro lector furioso –porque estoy escribiendo esto como el simple lector furioso que soy- referirse de algún modo a su cementerio personal. Debe ser por decoro o discreción, lo cual no quiere decir que no lo tenga. Todo lector furioso que se respete lo tiene. Su forma es lo de menos. Voy a hablar ahora del primer cementerio que conocí.

Uno de los pocos amigos que he tenido fue el poeta Kelly León Menaszas; él sí, de verdad buen poeta. Ojalá algún día se conozca lo poco de su obra que conservamos sus amigos, hasta ahora inédita por la tragedia personal de su vida. El asunto fue que un día llegué a visitarlo y cuando lo pregunté, su madre, la Señora Elvira, me dijo: está en el patio… Atravesé la enorme casa donde vivía entonces la familia León Menaszas y llegué al amplio patio. Ahí estaba el poeta removiendo con una vara lo que parecía una pequeña fogata. Ya muy cerca le pregunté qué hacía y me respondió con un directo a la mandíbula: estoy quemando libros. ¡Mierda! Dije apretando el paso convencido de que Kelly se había vuelto loco e incineraba sus volúmenes con las ediciones bilingües de Rimbaud, Kavafis, Hölderlin, o alguna antología de la poesía romántica alemana, o del simbolismo francés… Que yo sabía, reposaban en su pequeña pero selecta biblioteca. Continuó hablando sin dejar de remover con la vara el crepitante papel que ardía con gráciles llamas: estoy quemando toda esa basura que le regalan a uno, y que entregan en los lanzamientos a los que voy para comer pasabocas y tomarme unas copas de vino. Sus palabras me tranquilizaron.

Yo no puedo hacer eso, repliqué.

Me preguntó por qué y le respondí que vivía en un apartamento.

Entonces ¿qué haces con esos libros? –me espetó-.

Quedé mudo. Iba a decirle que los tenía por ahí, apilados, pero me dio pena. Sin pedir permiso dos palabras salieron de mi boca: los rompo, dijeron las palabras. Estaba mintiendo. Recordé el reguero de esas ediciones que tenía por todos lados en mi pequeño hábitat. Mientras él seguía echando leña al fuego nos dedicamos a conversar, y solo cuando casi una hora después escasamente quedaba una pilita de cenizas, agarró una totuma plástica y asperjó agua. Una breve columna de humo, blanca y densa se elevó un poco antes de ser disuelta por la brisa. La ceniza parecía una pasta veteada de grises y negros. Es uno de los mejores, entre los muchos momentos hermosos de mi amistad con Kelly que recuerdo. Así eran algunas de sus ocurrencias. Cuando regresé a mi apartamento, aquel remoto día, hice la primera purga de libros de mi biblioteca e inauguré mi primer cementerio. De eso hace unos treinta y cinco años. Ahora estamos en 2015 y siempre que me asomo al cementerio a observar cuántos cadáveres se han acumulado, inevitablemente recuerdo a Kelly y me pregunto qué pensaría o diría él de los tiempos que corren si estuviera vivo.

Imagen que acompaña al texto el Cementerio