Compartimos con los lectores de El Laberinto del Minotauro una selección de tres poemas de Valeria Martínez Arrieta, una muestra de su primer poemario El ciclo bélico de mi madre (2025). Cada uno de estos poemas ponen de manifiesto la intensidad y la honestidad de su voz y su escritura, una que nombra lo que muchas veces permanece en silencio, donde la experiencia íntima se convierte en palabra y la memoria encuentra su forma en la poesía.
El ciclo bélico de mi madre es un poemario sobre las heridas heredadas, los cuerpos que resisten y los amores que dejan cicatrices. Con una voz íntima y desgarradora, Valeria Martínez Arrieta transforma el dolor en una geografía emocional donde madre e hija se confunden, se enfrentan y finalmente se reconocen.
A través de un lenguaje accesible, pero cargado de imágenes poderosas, esta obra se inscribe en la poesía testimonial y social contemporánea. Un libro sobre el duelo, la culpa y la ternura como acto de supervivencia.
Valeria Martínez Arrieta es escritora y poeta colombiana, nacida en Montería, Córdoba. Estudió Lenguas Modernas y Cultura. Su escritura explora las relaciones familiares, la memoria y las marcas que estas dejan en el cuerpo y en la vida. Ha publicado un cuento en la antología Donde quiera que estés (Editorial Ita) y varios poemas en la revista Mariamúlata (Editorial Santa Bárbara). Ciclo bélico de mi madre es su primer libro.
Para mi madre: a quien no le hace justicia ni el más cruel ni el más tierno de estos versos
I. CRISIS ABIERTA
Día de la madre
Te he fallado, madre,
como en un examen de matemáticas.
La fortaleza a veces me abandona,
y cuando eso pasa
me empino la botella como un man.
Tú no me criaste así.
Este desastre en ninguna medida es culpa tuya.
Tú te mereces una humana que saliera de ti para cumplir tus expectativas.
Pero te salí yo que no me gusta bañarme.
Si de algo te sirve, no fue premeditado ni personal.
Si de algo te consuela, me duele más a mí que a ti.
Esta mala costumbre de ser espíritu de contradicción.
Todos los días trato,
todos los actos pienso,
¿Qué harías tú en esta situación? No estarías en esta situación
pero yo sí,
Y me caga una paloma en la frente porque no somos la misma persona,
ojalá sí,
Pero no, solo nos une un lazo tan fuerte que se parece.
Y entonces te muestro mi vida como si tuviera cinco años,
y te estuviera mostrando la tarea para ver si está bien,
y tú me dices que está bien pero que tú le hubieras dibujado siete palitos al sol.
Y que la tierra no es café sino verde porque tiene grama.
Pero que igual está bien.
Y yo me voy
diciendo que a mí me gusta el sol con cinco palitos y que la tierra si es café porque no toda tiene grama.
Pero termino botando el dibujo
El cuarto
Mi cuarto está dejando de ser el cuarto en el que gritabas.
El proceso es muy lento
Y doloroso como un parto.
A veces me siento en el centro del cuarto
con las baldosas frías en las nalgas
y oigo el zumbido incesante del mini split
y siento que no soy más que un huésped.
Me pongo a extrañar hasta el eco cansado de tu frustración.
No abro las cortinas,
por miedo a que tu ausencia sonría y me mate
como un niño a una hormiga.
Voy despacito estucando las paredes a susurros,
para que no adviertas
ni siquiera los bordes de tu exilio.
Ya se reconocen algunos rincones,
se ven más claros los lugares donde se mete la
luz, yo los miro con ojos de recién nacida.
Respirando suave y rítmicamente para no empañar la vida nueva.
Sigues aquí, pero ahora puedes irte.
Sigo aquí, pero ahora puedo abrir la puerta.
Famélica
“No tienes hambre, estás aburrida”
El pasillo hacia la nevera es una varilla larguísima de hierro rojo.
Está custodiado,
pero yo quiero cogerla,
llevármela toda.
Tragármela entera en silencio
Como un hombre descuartizando un cadáver.
“No tienes hambre, seguro es sed”.
Mis muslos crecen y se derraman de la silla como
una masa que se desborda del molde.
Pienso en lo rico que se siente meterse cinco bombones rellenos al tiempo,
y romperlos con los dientes
saborear una libertad.
Y si la abriera
crujieran las envolturas
las manos se metieran en la torta con la lascivia de la soledad
Y nadie
Ni siquiera yo misma estuviera allí,
Para censurar la obscenidad de mi abundancia.
Después sería solo arrancarlas de adentro.
Sacarlas por donde vinieron,
todo lo dulce, hecho ácido
dejando una zanja en el tejido,
dejándome todo el día con el aura oliendo a vómito.
Cuando termina ese ritual,
Mágicamente, aparecen los huesos de la cadera,
como la pata curva de un conejito.
Y yo puedo salir del baño renovada,
como si la vida me hubiera bendecido una vez más con su belleza.
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