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    Literatura

    El lento despertar de los bosques, un cuento de Gerardo Ferro Rojas

    Gerardo Ferro RojasBy Gerardo Ferro Rojasfebrero 10, 2026Updated:febrero 10, 2026No hay comentarios30 Mins Read
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    Les traemos a ustedes el primer relato de la selección de narrativa de El Laberinto del Minotauro para el 2026. En esta oportunidad, el escritor cartagenero Gerardo Ferro Rojas (Todas las voces muertas, Cuadernos para hombres invisibles, Antropofobia) imagina un trascendental episodio en los últimos meses de la vida de Raymond Carver. El reencuentro con amigos, recuerdos y rituales naturales lo lleva a confrontar su pasado, su enfermedad y la cercanía de la muerte, en una experiencia de introspección, memoria y despedida


    “¿Y conseguiste lo que querías en esta vida?
    Lo conseguí.
    ¿Y qué querías?
    Considerarme amado, sentirme
    amado sobre la tierra”.

    Raymond Carver

    1

    La primera vez que Raymond y Tess visitaron la cabaña de Camille fue en el verano de 1979. Habían pasado sólo nueve años desde entonces, pero Carver los sentía como una eternidad ajena. Como si aquellas dos semanas de agosto las hubiese vivido otra persona, alguien parecido a él, pero muy distinto. Era otro tiempo, dijo Ray. Era casi otro mundo, afirmó Tess, sonriendo, y Carver estuvo de acuerdo. Scott y Camille los habían llamado esa tarde a Port Angeles, y mantuvieron en altavoz una amena conversación por más de 30 minutos. Hablaron de sus trabajos en la universidad, de la más reciente investigación de Camille sobre tribus Inuís, y de la novela en la que trabajaba Scott; Tess les habló de la primavera en la bahía y de un libro de Emily Dickinson que había empezado a leer; Carver mencionó algo, muy poco, sobre el volumen de cuentos que acababa de salir publicado y el libro de poemas que saldría en junio. No hablaron de la enfermedad. Al final de la conversación, Camille les reveló el verdadero motivo de la llamada: los invitaban, nueve años después, a pasar un fin de semana en la cabaña, al otro lado de la bahía. Habríamos querido hacerlo en mayo, dijo Camille, para festejar el cumpleaños 50 de Ray, precisó Scott a su lado, pero ambos estaban comprometidos con asuntos académicos ese mes. Abril era perfecto, aseguró Camille, lo peor del frío ya habría pasado y el bosque estaría más hermoso. Todos estuvieron de acuerdo. A Raymond y a Tess les encantó la idea, y aunque no aceptaron de inmediato, tampoco rechazaron la invitación. Estaban a mediados de marzo; si les daban unos días para evaluar agendas y organizar citas médicas, podrían confirmarles con suficiente tiempo. Por supuesto, se le oyó decir a Scott al otro lado de la línea. Tomen el tiempo que necesiten, dijo Camille a su vez. No había prisa.

    Tess y Camille se conocían desde 1973, cuando ambas cursaban último año de maestría en la Universidad de Iowa. Para graduarse de Escritura Creativa, Tess presentó un versión inicial de su primer libro de poesía, Instructions to the Double,  con poemas “minimalistas y simbólicos”, según reseñó la crítica; Camille, por su parte, se graduó de su máster en Estudios Interdisciplinarios con un trabajo sobre arte y pensamiento mágico en las culturas indígenas de Norteamérica. Desde entonces tejieron una amistad sólida, intelectual y creativa —misteriosa, la definía Tess—, y aunque muy regular y poco asidua, jamás lejana. Como si cada cierto tiempo volvieran a aparecer en el radar y fuera necesario ponerse al día. Así se pusieron de acuerdo para verse durante la presentación del poemario de Tess en el 76, en Minnesota, y en octubre del 77 en el performance que Camille montó en la Universidad de Victoria. En el 78 se vieron con más regularidad. Ese año Tess era editora en Dallas y Camille era profesora de arte y estudios indígenas en la Universidad de Oklahoma, a sólo tres horas de carretera. Por eso, cuando Tess conoció a Raymond en esa lectura en The Book Carriage en Dallas, Camille estaba con ella. Esa misma noche conoció a Scott, el tipo con el que estaba saliendo su amiga, un novelista divorciado, padre de un niño de seis años y profesor de literatura europea del siglo XIX. Luego vino el año 79 y las dos semanas en la cabaña, y a partir de entonces dejaron de verse tanto, aunque seguían estando en contacto. A principios de los 80, Camille y Scott se mudaron definitivamente a Victoria, Canadá, a tan sólo unos kilómetros de Port Angeles, la ciudad natal de Tess, cruzando la bahía de Juan de Fuca, la misma en la que había vivido la mayor parte de su vida y en la que vivía con Carver desde hacía un año. Camille acababa de ser nombrada directora del departamento de estudios indígenas de la Universidad de Victoria, y Scott había encontrado una buena plaza como profesor en British Columbia. Les iba bien, como a Tess y a Raymond. Solían encontrarse en congresos literarios, en salones y ferias, en lecturas, en presentaciones de libros y en las inauguraciones de alguna exposición; Tess y Ray habían visitado la casa de Camille y Scott en Victoria, y éstos habían visitado la de Port Angeles en más de una oportunidad. Sin embargo, la cabaña del bosque había quedado olvidada por nueves años, hasta que Camille volvió a mencionarla esa tarde de marzo.  

    —Pensé que la habían vendido —dijo Carver, mirando la inmensidad oscura y móvil de la bahía.

    —Ya conoces a Camille… —mencionó Tess, sentada junto a Ray en el sofá que miraba al ventanal de la sala—. Quizá no se habían alineado los planetas para otra visita.

    Y ahora se volvían a alinear, nueve años después, justo cuando Carver estaba enfermo. 

    En el verano del 79 Carver aún luchaba con el demonio que tenía adentro. Un espíritu oscuro, así lo llamó Camille en ese momento. Tess lo sabía bien. Ella llegó a conocer ese demonio y estuvo ahí cuando Raymond empezó a domarlo, hasta expulsarlo del todo. Para eso mismo habían ido a la cabaña aquella primera vez. Camille le había hablado varias veces a Tess de su familia en Victoria. Es posible que también, en algún momento, le haya mencionado la cabaña del bosque. Camille solía hablarle de muchas cosas por la época en que se conocieron: de su vida en París como estudiante de arte, por ejemplo, o de su vida en Montreal como estudiante de antropología, de sus amantes, de sus luchas feministas, de los libros que había leído y las películas que había visto, de las exposiciones de arte visitadas, de la música que escuchaba, de astrología ancestral, de tribus indígenas, de magia, de cosmología, y de tantas otras cosas, que la historia de su familia, de por sí fascinante, a veces se perdía en la avalancha de datos. Camille decía que, gracias a su tatarabuela, ella estaba conectada con la ancestralidad de la tierra. Se llamaba Niska Wemotaci y pertenecía a una tribu indígena del centro-sur de Quebec. Su nombre significaba “el ganso que mira a la montaña”, le reveló Camille a Tess la primera vez que ésta visitó la casa de Victoria, en el verano de 1974. En esa oportunidad, Camille le mostró una de las pocas fotos existentes de la abuela Niska. Ya vestía con ropas occidentales, un corpiño ajustado y una falda amplia que llegaba hasta el piso. Era hermosa, dijo Camille entonces, y Tess estuvo de acuerdo. Estaba de pie, al lado de su esposo, Jean Lefebvre, el hijo mayor de un colono normando, comerciante de víveres y pieles, que había desembarcado en Québec en 1855. De uno de los hijos varones de Niska, desciende Camille. Fue su abuelo, Pierre Lefebvre, quien puso fin al peregrinaje que habían empezado sus ancestros en el norte de Francia, cuando decidió instalarse definitivamente en Victoria a inicios del siglo XX. La cabaña en el bosque empezó siendo una pequeña garita de madera para cazar animales salvajes, ubicada en medio de un bosque de pinos y arces, que fue creciendo con los años hasta que la familia la olvidó por completo a mediados de los 60. Por la época en que conoció a Tess, Camille intentaba recuperar la cabaña y sus alrededores para un proyecto de “arte, naturaleza y memorias cósmicas”, así lo llamaba entonces. Camille y Scott trabajaron juntos en el proyecto, y aunque tuvo varias puestas en escena, no pasó de ser un campo de retiro para artistas y hippies en la mediana edad. La invitación del verano del 79 fue parte de aquello. Raymond estaba recuperándose de la bebida y deseaba volver a escribir. Luchaba todos los días con eso. Sí, necesitas volver a escribir, pero antes tienes que expulsarlo del todo, le dijo Camille cuando se lo propuso, una noche, durante una cena en Syracuse. Tienes que ir a la cabaña, le insistió. Carver conocía bien ese demonio desde muy chico. Desde la primera vez que lo vio en los ojos enrojecidos de Clevie Raymond, y lo percibió en el olor a resina de madera y whisky barato que emanaba del cuerpo de su padre. Supo desde entonces que el demonio que habitaba en el fondo de todas las botellas de licor, tarde o temprano, se le metería en el cuerpo. Ese mismo año, en el 79, Tess le propuso que se mudaran juntos a Port Angeles. Pero no así, le advirtió. Antes tenía que expulsarlo.

    Los días que siguieron a la más reciente invitación, Tess y Raymond los consagraron para liberar espacio en sus agendas. La llamada había sido el lunes en la tarde. El martes, Ray habló con Vince, su hijo mayor, desde Alemania. Si todo salía bien, lo acompañaría en mayo a la ceremonia de ingreso a la Academia de Artes y Letras en Nueva York. El miércoles fueron hasta Sacramento para los exámenes de rigor. Había que hacer lo que había que hacer y él lo estaba haciendo. “Hay que vigilar el crecimiento del tumor”, le dijo el médico en su momento. Para eso eran las tomografías, las muestras de sangre y orina. El jueves temprano recibieron un fax con la fecha para el nuevo escáner, a mediados de abril en Sacramento. Ese mismo jueves, al final de la tarde, habló con su editor sobre los avances en las pruebas del libro. Lo tendría listo para la fecha indicada. El viernes en la mañana intentó escribir un nuevo poema; se sentó en su escritorio con la foto de Chéjov mirándolo desde la pared blanca, la bahía inmensa y profunda más allá de la ventana a su derecha, como un tapiz brillante, casi inmóvil. Por más que lo intentó no pudo; sintió que el poema crecía por dentro, pero aún no sabía cómo sacarlo. Percibió la luz que había en esa lucha por conocer una verdad muy íntima, y fue feliz en ese instante. El sábado llovió todo el día. El domingo se levantó con un fuerte dolor de cabeza; el día estuvo nublado, húmedo, lento y tedioso. Esa noche se acostó temprano; el dolor, aunque había disminuido, persistía. Imaginó lo bueno que sería fumarse un cigarrillo en ese momento. 

    El lunes se levantó con el alba. Tenía la sensación de haber soñado algo, pero no se acordaba qué. Encendió la calefacción Fisher y metió algunos leños. Había soñado con algo, estaba seguro. Fue hasta la ventana del estudio y corrió la cortina. Entonces, como si se tratara de un espejismo sobre la bahía neblinosa, vio la imagen de la cabaña en el bosque y se vio a sí mismo, otra vez en aquel verano de 1979, borracho y loco. ¿O era a su padre a quién veía? En el reflejo, distinguió a Tess aparecer por detrás con una taza de café.

     —Es inevitable —le dijo, girándose para mirarla—. Tenemos que ir.

    Tess le extendió la taza y Raymond la agarró con las dos manos.

    —Esta noche los llamamos —dijo Tess, y lo tomó del brazo para volver a la ventana. Ambos se quedaron ahí, tranquilos, respirando en silencio, viendo el amanecer de Port Ángeles colándose entre la imagen fantasmal de la cabaña.

    El viaje quedó pactado para el viernes 8 de abril. Pasarían el fin de semana en la cabaña y estarían de regreso el lunes en la tarde. Se levantaron temprano la mañana del viernes. Fueron en el jeep de Tess hasta el puerto, dejaron el vehículo en uno de los parqueaderos y tomaron el ferry hasta Victoria. El día era precioso, soleado y despejado. Cruzaron los 37 kilómetros de la bahía en una hora y media, y aunque el capitán anunció por los altoparlantes la posibilidad de avistar ballenas, no vieron ninguna.

    Scott y Camille los esperaban en el puerto, en el centro de la ciudad. La camioneta tenía suficiente espacio para los cuatro. Scott iba al volante con Camille a su lado; Tess y Raymond se acomodaron atrás. Tomaron la autopista principal hacia el oeste y luego la highway 14, serpenteante y estrecha, por toda la costa sur. La mayor parte del tiempo, Carver estuvo distraído viendo a través de su ventana los bosques cada vez más densos de cedros rojos, abetos y álamos que los rodeaban. Como si se adentraran, lenta y decididamente, al corazón vivo del bosque, pensó Carver. El sol y el buen clima hacía más agradable el viaje; hablaron animadamente de los temas de siempre, de libros, películas, política, amigos en común, de los días que estaban a punto de vivir, de las caminatas que estaban a punto de hacer, de las recetas que prepararían en los próximos días. A propósito de eso, Camille mencionó un tipo de hongos que crecían en los alrededores de la cabaña y con el que se hacía un guiso exquisito. Scott dijo que llevaba las cañas de pescar en el maletero, por si acaso. ¿Y las escopetas?, preguntó Carver, en broma. Scott le sonrió y lo miró por el retrovisor. Le confesó que, en efecto, llevaba su escopeta, aunque más bien era para no sentirse tan desprotegido en medio del bosque que por una verdadera intención de caza. Continuaron el camino pasando de un tema a otro, inmersos en una conversación ligera y amigable. Pero llegando a la cabaña, cuando sólo faltaban unos pocos kilómetros de viaje, se quedaron callados. Estamos llegando, anunció Camille sin dejar de mirar la carretera, y fue entonces cuando todo se silenció. Salieron de la 14 y doblaron por un camino secundario de tierra, por el que siguieron adentrándose en completo silencio. Scott agarró la mano de Camille antes de mirar a su amigo por el retrovisor. Carver seguía viendo por la ventana; su cuerpo hinchado deformaba la imágen que Scott tenía de él.

    —Es raro volver después de tanto tiempo —consideró Carver, como si el reflejo de los ojos de su amigo lo despertara.

    —Es que no estamos volviendo —aclaró Camille sin moverse—. Ese movimiento es imposible, querido. El viaje duró poco más de una hora. Cuando llegaron, Scott detuvo la camioneta frente a la cabaña. No había cambiado mucho desde la última vez. Era de una sola planta, estaba hecha de cedro y abeto, elevada del suelo por pilotes de madera y rodeada por un porche amplio, con techo a dos aguas y chimenea. Tess bajó primero, y mientras ayudaba a Raymond a bajar, se preguntó si aceptar la invitación de sus amigos había sido una buena idea.

    Ilustración por Adrián Castilla. IG: @castillaaah

    2

    Viernes

    Camille y Scott se instalaron en la segunda habitación, al fondo de la cabaña, y dejaron que sus invitados ocuparan el cuarto principal, un poco más grande. Después de una pequeña siesta, prepararon algo de comer, y esperaron sentados en el porche a que cayera la noche.

    —Esta cabaña guarda espíritus en la madera —dijo Camille cuando ya se había hecho oscuro, y todos se quedaron callados.  

    Después de la cena, se internaron en el bosque.

    Tess y Camille iban adelante, entre la niebla azul plateada, y Carver las observaba sonriente. Se ven hermosas, pensó, y siguió avanzando con Scott al lado. Hechiceras del bosque, volvió a pensar. Reían entre ellas. Risas sin palabras y los sonidos de la oscuridad salvaje que los rodeaba. Scott agarró el brazo de Raymond y siguieron juntos. Carver sintió que su amigo quería decirle algo. Temió que empezara a hablar sobre la enfermedad y esas cosas. Scott era un tipo sentimental, a veces demasiado, creía Raymond. Al verlo se acordó de él más joven, en el 79, cuando llegaron a ese mismo bosque por donde ahora caminaban. Lo quería, se dijo. Esperó a que hablara, pero al final no dijo nada. Camille, adelante, marcaba el paso entre los árboles frondosos. El suelo estaba húmedo. La nieve se había ido por completo, pero hacía frío. Carver sintió un viento ligero en el rostro que lo adormeció y alivió. Camille Wemotaci se detuvo en medio de un claro rodeado de álamos. Desde ahí se veía el cielo destellante en chispas de luz. La luna era nueva y no se veía, pero sí la inmensidad de estrellas, y Júpiter y Venus, señaló Camille con el dedo. A lo lejos se escuchaba el sonido de un río. Camille les pidió que se acercaran. Tess se agarró del brazo de Raymond, y Scott abrazó a Camille que parecía haber caído en una profunda tristeza. Escucharon algo proveniente del bosque. Los cuatro se quedaron viendo hacia los árboles. La neblina dificultaba la vista, pero observaron con cuidado hasta que apareció. Era un ciervo de cola negra. El animal salió de un extremo del claro, lo atravesó delante de ellos, y entró otra vez al bosque. Camille se soltó del abrazo de Scott y caminó rápido en dirección a los árboles por donde había pasado el ciervo. Carver fue el primero en seguirla. Cuando era chico, su padre lo llevaba a cazar ciervos al bosque. A Ray le daba miedo cada vez que Clevie Raymond se tomaba un trago antes de volver a apuntar con la escopeta. Una vez, Ray le dio a un ciervo pero no lo mató. Tuvieron que ir detrás del animal por un buen rato hasta que Clevie lo encontró moribundo y debió rematarlo. ¿En qué mierda estaba pensando entonces?, se preguntó. La misma pregunta se la hizo muchas veces aquel verano del año 79. Recordó una noche en especial, había fumado marihuana y sólo se había tomado dos cervezas. Camille los llevó por el bosque hasta el río. Hizo una oración para pedir permiso a los dioses de las aguas, y se bañaron desnudos. Esa noche calurosa de agosto, Raymond lloró en el regazo de Tess a orillas del río Sooke mientras expulsaba el demonio de la botella.

    —T’Sou-ke —precisó Camille en la orilla.

    El ciervo iba por la ribera, bosque adentro, y Carver lo dejó ir.

    —El lugar de los peces —dijo Tess, acercándose a Ray—. ¿Estás bien?

    —Sí —dijo él, y Tess le dio un beso en la mejilla.

    Sábado

    Después del desayuno se prepararon para ir al río. Las mujeres fueron a cambiarse y Ray estuvo en la sala, merodeando las fotos en la pared. Scott y Camille en una playa en Tailandia, en un desierto de África, en un bosque en Victoria, Scott y Camille abrazados a orillas del lago Sooke. Desde ahí, Carver vio a su amigo al otro lado de la habitación, abrir un armario pegado a una pared para sacar el equipo de pesca. Vio la escopeta en su estuche al lado de las cañas y comprobó que era cierto lo que Scott le había dicho.

    —De verdad estás preparado —mencionó Carver, y Scott volteó para sonreírle. Las mujeres llegaron a la sala en ese momento. 

                El río lo hipnotizaba; fluía y crecía por dentro. El sol brillaba sobre la superficie ondulante del río con fogonazos de luz. Aunque hacía buen clima, el agua aún era demasiado fría como para bañarse. ¿Dónde estaban exactamente? Camille tenía razón, aquella cabaña en el bosque era algo más. Tess y Camille caminaban por la orilla, mientras Scott instalaba a pocos metros una caña de pescar sobre un soporte estático.

    Raymond se acercó aún más a la orilla. Creyó ver peces pasar río arriba; no pudo distinguir si eran truchas o salmones, pero se fascinó con sólo ver el movimiento y los colores. Una vez, hace mucho, quizá en el año 52, en un otoño en Yakima, Ray se fue a pescar al río. Acababa de llegar de la escuela y su padre estaba en casa, pasando la borrachera en el sofá de la sala. Había regresado del aserradero hacía unos días para descansar un par de semanas, y esos primeros días cuando salía del bosque, después de estar internado por mucho tiempo, eran los peores; Ray los odiaba. Estaba cansado de verlo borracho, así que agarró las cañas sin permiso y se fue a pescar. Hizo el mismo camino de siempre hacia el noreste de la ciudad, luego cruzó los álamos del parque Sarg Hubbard hasta la orilla del río. No tenía intención de internarse bosque adentro, sólo quería irse de la casa por un rato, al menos mientras llegaba su madre con algo de comer. Si pescaba una buena trucha, quizá hasta podrían comerla cuando ella llegara. Eso sería fabuloso, se dijo Ray, escogiendo un lugar en la orilla. Pero no creía que tuviera tanta suerte. La verdad es que ni siquiera tenía muchas ganas de pescar, lo único que quería era salir de su casa. Contrario a lo que esperaba, no pasó mucho tiempo hasta que pescó una trucha enorme. ¿Era así como había pasado?, se preguntó Carver en el 79 una de esas tardes soleadas a orillas del río. ¿O acaso estaba confundiendo el recuerdo con la escritura?, se preguntó en abril del 88. No podía creerlo, ¡había pescado una trucha arcoiris grande y bella haciendo el mínimo esfuerzo! Eso ocurrió, no es mentira, se dijo esa tarde de agosto, mientras vigilaba su pescado en la parrilla que Scott había improvisado sobre leños y piedras. No, no podría estar seguro, se dijo esa mañana de abril, cerrando los ojos, imaginando que hundía la cabeza en el río. La vida de un escritor es la vida que él escribe, siguió diciéndose, imaginando que abría los ojos bajo el agua. El sol llegaba hasta ahí con su luz líquida. Fue así como sucedió porque fue así como lo recordaba: Ella Beatrice, su madre, en medio de la sala y aún con el uniforme de mesera puesto, le gritaba a Clevie Raymond que apenas si se inmutaba desde el sofá. Ray se detuvo en el umbral de la cocina con el pescado en la mano. Ray la recordaría siempre como la vio esa tarde, desesperada, como si estuviera en medio de una pesadilla inaudible. Pensó que estrellaría la radio contra la pared o que partiría la botella de cerveza en la cabeza de su marido, pero no, no lo hizo. Clevie Raymond tenía su sonrisa más socarrona ese día. Ray no quiso intervenir, no haría ninguna diferencia. Dejó la trucha en el lavaplatos y salió por el porche trasero. Atravesó el patio, caminó unos doscientos metros al sur por una calle destapada hasta llegar a un pequeño parque con juegos para niños. Ahí, Ray escogió una banca apartada y se sentó solo, sin nada más que hacer.

    Volvió a abrir los ojos. El sol resplandeció en su rostro como si saliera del agua. Tess y Camille seguían cerca. Scott no se había movido de su sitio junto a la caña estática. ¿A dónde se había ido en ese instante subacuático? Ray levantó la cara. Encima de ellos, los pájaros incendiaban el cielo.

    Domingo

    De pie, en medio de la sala, Carver observó el lento despertar de las cosas. La luminosidad del alba fue delineando los muros de cedro de la cabaña. Un violeta resplandeciente bañaba los armarios. Una pequeña biblioteca se iluminó en un rincón. Los muebles, las sillas, las mesas flotaban en el albor azulado. Un rayo incipiente de sol destelló en el vidrio de los marcos con las fotos. Carver se acercó a la pared para verlas. Llevaba un pantalón de pijama beige y una camiseta blanca lo suficientemente holgada. Distinguió a la abuela Niska, ya vieja. Rostros de otro tiempo. ¿Son él y Tess los que están en esa foto? ¿Son Clevie Raymond y Elle Beatrice los que están en esa otra? Cada foto es un laberinto. Una puerta. Una ventana. Un agujero a otros lados. Scott salió de la cocina vestido de sudadera negra y tenis. No se percató de la presencia de Raymond. Ray, en cambio, sí lo vio. Lo siguió con la mirada hasta el sofá donde Tess y Camille dormían, sentadas una al lado de la otra, cabeza con cabeza como si soñaran juntas. Scott levantó la mirada y lo descubrió junto a la pared de las fotos.

    —No las toques —le pidió.

    Carver le hizo caso y se alejó de la pared.

    —Salgamos —le propuso Scott—. Dejemoslas dormir.

    Carver asintió y cruzó la sala hasta la puerta principal sin esperar a su amigo. La cabaña en el bosque es una cápsula en el tiempo, les advirtió Camille aquel verano del 79, la primera vez que la visitaron. Estamos rodeados de espíritus, les dijo mientras extendía una sábana blanca, manchada de rojo, sobre el pasto verde. Camille estaba desnuda y lloraba. Tenía el rostro sucio de tierra y el vientre pintado con acrílico rojo; su entrepierna goteaba y por sus muslos bajaban corrientes carmesí hasta manchar la sábana. Sentados en el suelo, Tess apretó la mano de Raymond, y éste hizo lo mismo con la de ella. Su amiga Wemotaci caminaba sangrando su dolor, y él seguía pensando en la botella. Sintió asco de sí mismo. Le dieron ganas de llorar, de vomitar, de hundirse en lo más profundo de un lago y no salir hasta sentirse limpio, liviano, diáfano. Camille se lo confesó a Tess unos días antes del viaje. Había sufrido una segunda pérdida. Scott también estaba destrozado. Ella necesitaba procesar lo sucedido de alguna forma, y crear un pequeño escenario en medio del bosque y sus espíritus, era su forma. ¿Qué le habría dicho la abuela Niska en ese caso? Acuéstate, escuchó Camille en el viento, y eso hizo, se acostó en medio de la sábana y extendió sus brazos a los lados. Los otros hicieron lo mismo, como si fuera un solo movimiento. Cerraron los ojos y se dejaron llevar por una corriente invisible que los arrastraba por otros tiempos. No sólo estamos aquí, sentenció Camille acostada sobre una constelación escarlata en el rectángulo blanco de su escenario. Somos gansos que miran a una montaña, dijo, y su voz no parecía la voz de Camille sino la voz de Niska, de Tess y de muchas otras.

    Fuera de la cabaña había laberintos, agujeros a lugares perdidos. Carver escuchó la voz entre los árboles, y hacia allá se dirigió. Iba en sandalias. Scott lo seguía de cerca. Sabía que no se dirigía a un lugar específico, que su deseo era visitar todos los bosques, todos los ríos, todas las montañas que había dejado atrás. Ambos sabían que eso era imposible. La vida es dejar atrás, es buscar caminos que nos acerquen al corazón del bosque, pensó mientras caminaban bosque adentro. Pasaron por el claro donde estuvieron el viernes y siguieron adelante. Entonces sintió que atravesaba una puerta.

    Nunca estuvo ahí pero era capaz de verlo. Así como estaba, en pijama y sandalias, vió a su madre levantarse en la sala de la vieja casa de Yakima. Había pasado la noche en el sofá porque los ronquidos borrachos de Clevie Raymond no la dejaban dormir. Ella Beatrice tenía 52 años y estaba cansada de su marido alcohólico, de su trabajo en el restaurante, del pueblo, de su casa, de todo. Pero estaba ahí, y los días pasaban, uno tras otro, y seguía estando ahí, como si no tuviera escapatoria. Raymond la siguió por el pasillo penumbroso hasta la habitación principal. Uno al lado del otro, sin verse, vieron al viejo acostado de espaldas, con la boca abierta y las mejillas hundidas. No necesitaban tener un grado en medicina para saber lo que había pasado. Ella Beatrice se tambaleó un poco, nada grave; se llevó las manos al pecho como si quisiera sostener su propio cuerpo, y se sintió libre y vacía al mismo tiempo. Era una sensación extraña. Sintió dolor y alivio, pero no sintió miedo. Carver la vió acercarse con delicadeza al cuerpo inerte de su marido. Los dejó solos. Dio un paso atrás y buscó otra puerta entre los árboles del bosque. El laberinto de pinos, robles y abetos lo llevó, otra vez, frente al escenario. Camille seguía acostada sobre la sábana mirando el cielo con los ojos cerrados. Los abrió de repente, se puso de pie y el resto hizo lo mismo. Un solo movimiento. Carver los observó de cerca. Se vió a sí mismo junto a Tess, nueve años más jóvenes; él sólo llevaba un bañador y Tess un pareo de lino blanco por encima del bikini. Los vió girar el cuerpo ligeramente y levantar la cara unos centímetros. Carver siguió sus miradas hasta las montañas del sureste. ¿Cómo se llaman esas montañas?, se preguntó. Siguió adelante sin acordarse del nombre. Cruzó puertas bajo los árboles. Tomó un sendero que lo sacó a la calle destapada de un pueblo. Parecía perdido pero sabía exactamente dónde estaba. Cruzó la calle hasta el parque. En una de las bancas estaba sentado él. No pudo hacer otra cosa que mirarlo desde lejos y sonreírle con cariño. Hubiera querido hacer más, pero era lo único que podía.

    «Es el Monte Baker», escuchó detrás. Scott lo miraba a la cara con ojos profundos y transparentes.

    —Vamos —le dijo, haciéndole un gesto—, aquí también estuvimos.

    Los dos hombres bajaron por una pequeña pendiente hasta el lago. Las mujeres ya estaban ahí, esperándolos, con las canastas de hongos.

    —¿Estaban perdidos? —preguntó Tess.

    —Ray estaba mirando las montañas —dijo Scott.

    Tess tocó el rostro de Ray con sus dos manos y le sonrió; Camille y Scott se dieron un abrazo. Los cuatro buscaron con la mirada un lugar más allá del horizonte.

    —La montaña blanca —dijo Camille.

    El lugar a donde vuelan las aves, pensó Ray para su poema.

    3

    El lunes amaneció lluvioso. Carver se despertó al alba cuando Tess aún dormía. Fue hasta la ventana de la habitación, y se quedó viendo el bosque solitario despertando en medio de la lluvia, iluminado por el azul cobalto del amanecer. Tuvo la extraña sensación de haber pasado por un largo sueño. Un sueño reparador, pues aunque estaba cansado, se sentía liviano, como alguien que acaba de terminar un viaje extenuante y revelador. Esa mañana, Scott preparó las salchichas con tocino y los huevos revueltos. Camille se ocupó del café y del guiso de hongos silvestres que habían estado comiendo esos días. Tess exprimió naranjas y les habló de Emilie Dikinson a propósito del libro que estaba terminando de leer. Raymond estaba sentado en el sofá de la sala viéndolos desde ahí. Sonrió. Se sintió agradecido, tranquilo y en paz, como un viejo cazador sin armas que se prepara para otro día.

    Desayunaron en la mesa de la cocina; cuando terminaron, Scott se levantó diciendo que era hora de ponerse en marcha.

    La lluvia arreció cuando tomaron la carretera. No hablaron mucho durante el camino. Camille y Tess prefirieron dormir, o fingir que dormían, mientras Carver continuó inmerso en ese estado de letargo húmedo en el que estaba desde que despertó. Todo dentro del vehículo se sentía leve, ingrávido, como si estuvieran flotando bajo la lluvia y sobre el asfalto. Debían ir a mitad de la highway 14 cuando sucedió. Scott acababa de salir de una curva pronunciada a la izquierda, y unos metros más adelante lo alertó el grito de Camille:

    —¡PARA! —exclamó la mujer abriendo las dos manos junto al parabrisas.

    Scott pisó el frenó y la camioneta se detuvo después de un leve chirrido de las llantas. No fue necesario preguntar nada porque todos lo vieron bajo la lluvia a tan sólo unos metros. Era un bulto grande, oscuro y con cuernos.

    —Un ciervo —dijo Scott, agitado con los ojos abiertos.

    Camille lanzó una bocanada de aire, no esperó más y bajó de la camioneta. Tess bajó después y se apuró hasta alcanzar a su amiga que caminaba decidida hasta el animal.

    —Alguien debió atropellarlo —dedujo Scott, sin moverse de su asiento. De repente espabiló y, como si volviera al mundo o entrara en otro diferente, activó las luces intermitentes y bajó del carró.

    Eran los únicos que estaban en la carretera; no pasaba un solo vehículo. ¿Quién había podido atropellarlo?, se preguntó Carver. ¿Cómo pudieron dejarlo ahí? Se subió la capucha de su chaqueta y salió de la camioneta. La lluvia era más fuerte aún. Avanzó sólo unos cuantos pasos, desde ahí, junto al carro, lo vio todo: vio cuando Tess y Scott lo arrastraron hasta la orilla; vio a Camille temblando, mover sus manos de un lado a otro por el cuerpo del animal, como si deseara atrapar su espíritu; vio que Tess y Scott se miraban y miraban al enorme ciervo de cola negra; vio que Scott se agachó para revisarlo, y que luego de un rato se puso de pie, decidido, y caminó en dirección a la camioneta. Carver supo lo que estaba pasando.

    —Sigue vivo —susurró Scott al pasar.

    Carver escuchó la puerta de la camioneta abrirse y volverse a cerrar. Dejó que Scott volviera a pasar junto a él sin ni siquiera mirarlo. Al contrario, desvió la mirada. Buscó un lugar al otro lado de la carretera, entre los árboles. Y allí se quedó, concentrado. ¿Qué piensa el bosque del agua que sobre él cae?, se preguntó, acordándose del poema que quería escribir. ¿Qué piensa del tiempo que sobre sus hojas pasa? Todo poema es una llave, se dijo, una plegaria íntima y desnuda. Cerró los ojos, los apretó con fuerza, y no pudo distinguir si estaba llorando. Después escuchó el fogonazo perderse bajo la lluvia y la calma. Esa noche, por fin, volvería a dormir en Port Angeles.


    EL CUENTO POR EL AUTOR

    La literatura tiene la capacidad de llevarnos a lugares en los que nunca estuvimos. Es una de sus bellezas y ventajas. Y yo quería estar con Raymond Carver. Quería verlo muy de cerca, respirar su aire, sentir, imaginar sus pensamientos en esos últimos meses de su vida. Y este cuento me lo permitió. Creo que por eso lo escribí. Releí sus cuentos que tanto adoro, leí toda su poesía e indagué sobre su vida en las biografías qué encontré sobre él. Y lo que descubrí fue a un hombre valiente y en paz en sus últimos meses de vida. En paz consigo mismo, en paz con los que amaba y en paz con sus demonios. Y además agradecido con la vida y con lo que había podido aprender de ella. En sus poemas, en los de su último libro sobre todo, está su rostro más luminoso. Una luz que lo conecta con la naturaleza; naturaleza que lo conecta a su vez con su infancia y su historia. Ese era el Carver que quería para el cuento: un hombre en paz, en medio de un lento y profundo despertar, en comunión con lo salvaje que lo habita y lo rodea. En su cuento Tres rosas amarillas, Carver narra la muerte de Chejov, su gran maestro. Yo quería escribir mis Tres rosas amarillas en honor a un escritor que siempre he admirado. Y por eso me inventé esa posibilidad. Los escritores viven en sus ficciones y en las ficciones que nos inventamos para entenderlos. ¿Quién puede negar que Carver no estuvo en esa cabaña en Victoria, Canadá, en abril de 1988? Ahí estuvo. Yo lo vi. Y ahora lo vemos y leemos todos.

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    Gerardo Ferro Rojas
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    Escritor y periodista. Ha publicado los libros de cuentos Cadáveres Exquisitos (2003), Antropofobia (UIS, 2006; Lugar Común, 2019) y Nunca olvidamos nada, nena (EAFIT, 2018), y las novelas Las Escribanas (IPCC, 2012), Cuadernos para hombres invisibles (Collage Editores, 2016) y Todas las voces muertas (Planeta-Minotauro, 2022).

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