El agente secreto (O agente secreto) es el cuarto largometraje de ficción del director brasileño Kleber Mendonça Filho, antecedido por Sonidos de barrio (2012), Aquarius (2016) y Bacurau (2019), y es el título más galardonado de su filmografía hasta el momento. Exhibe un palmarés abultado que incluye tres premios en el 78° Festival de Cannes —Mejor dirección, Mejor actor (Wagner Moura) y Premio FIPRESCI —, y dos en los 83° Globos de Oro —Mejor película de habla no inglesa y Mejor actor principal en un drama (Moura).
Aunque es una ficción, El agente… mantiene un diálogo más directo con el largo documental de Mendonça Filho Retratos fantasmas (2023), en cuanto a las angustias autorales que maneja. Ambas películas abordan el territorio de la memoria, y su valor primordial como dispositivo histórico y moral para entender (y para entenderse en) el presente; no como fugacidad huérfana, sino como resultado y herencia de una dialéctica de sucesos. La memoria como responsabilidad, deuda, incluso como trauma y remordimiento.
El ser humano lidia comúnmente con el pasado desde el extrañamiento que conduce a una ineluctable banalización y el irremisible olvido más voluntario que inconsciente. O al menos desde una amnesia histórica inducida, como si se auto inoculara una suerte de sedante, como si consumiera opiáceos.
El olvido consciente, devenido principio existencial y reflejo condicionado, permite a la mayoría de los individuos “vivir el presente” o más bien (apenas) el minuto inmediato, sin añadir preocupaciones complejas a las habituales prácticas de supervivencia cotidianas. Lo que ocurrió en el pasado quedó en el pasado, y es mejor no resucitar cadáveres. Los muertos vivientes siempre regresan de las tumbas y fosas comunes como monstruosidades que atormentarán las vidas más o menos calmas de los vivos. El pasado es un esqueleto aterrador al que es mejor condenar a lo más profundo del closet.
El agente secreto es precisamente una de esas películas que buscan enardecer a los muertos, traerlos a la vida a partir del repaso de sus devenires, sus pecados, virtudes, decisiones y agonías. Lo hace a través del manejo hábil de los códigos del cine de género de espías y neo noir, con la misma destreza que Mendonça Filho urdió la trama de Bacurau desde la distopía, el western y las survival movies (películas de supervivencia); a favor de un discurso social tan orgánicamente trenzado con los recursos del melodrama, el gore, el humor negro, el thriller y hasta el horror Clase B más gozoso.
Aquarius y Bacurau son películas sobre la resiliencia. El agente… también, pero va específicamente sobre la molesta renuencia del pasado a morir y diluirse en el vacío absoluto del olvido. El legado siempre molesta, perturba, agobia, hace desear la auto decapitación piadosa con la navaja de Ockham que anule todos los recuerdos y el linaje. Casi todos prefieren ser seres sin pasado, contrario al cariz trágico que se la ha dado en el cine (y el arte en general) a la amnesia —Desde Corazón de ángel (Angel’s Heart, Alan Parker, 1987), hasta Un hombre sin pasado (Mies vailla menneisyyttä, Aki Kaurismäki, 2003)—, esta es abrazada como una cura para la consciencia atormentada.
El profesor de ciencias Armando (Wagner Moura) llega en 1977 a Recife. Son épocas de tímida transición democrática en Brasil, bajo el gobierno del penúltimo presidente (Ernesto Geisel) de la dictadura militar instaurada en 1964. Pero regresa clandestinamente bajo la nueva identidad de Marcelo, bajo el auspicio de un clandestino programa de protección de fugitivos.

Su cabeza tiene precio. La recompensa la otorga el empresario Henrique Ghirotti (Luciano Chirolli), quien en el pasado quiso arrebatarle una patente que ambicionaba. Al parecer ordenó la muerte de su esposa Fátima (Alice Carvalho), pero esta es una de las tantas claves que Mendonça Filho decide difuminar, mantener en el territorio del enigma, a donde va a parar también el motivo que provocó la huida de Marcelo y la venganza rabiosa de Ghirotti. Una lección bien aprendida y metabolizada de Alfred Hitchcock, padre del macguffin.
El macguffin del director británico partía de un pragmatismo narrativo que potenciaba el valor del decursar dramático sobre los objetivos, el recurso deviene en El agente… en metáfora formal de la propia fragmentación de la memoria, y de la lógica más emotiva que objetiva que siempre sigue esta a la hora de reconstruir (representar) el pasado. Aunque no mengua el suspense y la emoción en la película, de ahí quizás su éxito en los círculos hollywoodenses.
El paulatino completamiento del puzle a partir de un montaje que explota todas las posibilidades dramáticas de la analepsis (flash back) —con el mismo vigor y destreza que lo hace Hirokazu Koreeda en Monstruo (Kaibutsu, 2023)—, reta al espectador potencial a construir su personal versión de lo que está sucediendo; lo hace (inconsciente) partícipe del proceso de restauración colectiva de una memoria histórica que nunca podrá apreciarse en todas sus aristas, pero sí merece ser completada hasta donde más se pueda.
En vez de optar por una película de venganza, en la que Marcelo marchara contra su archienemigo por el posible crimen de su esposa, Mendonça Filho revierte los roles y convierte a Marcelo/Armando en objeto de la venganza de Ghirotti, que nunca plenamente esclarecida más allá de la perversidad intrínseca del personaje. El empresario adquiere así dimensiones casi abstractas, como encarnación del mal absoluto, en este caso parido por la reaccionaria matriz de la dictadura militar brasileña.
Uno de los segmentos del puzle conduce a una época actual (dígase 2025) que resulta más misteriosa aún que el presente diegético de los años setenta del siglo XX, mucho más desarrollado en el relato. La representación que hace Mendonça Filho de su contemporaneidad inmediata desde la que articula su mirada al pasado, es gélida, enrarecida, pesimista. La brevedad de su exposición en pantalla no parece ser el resultado de un desbalance narrativo, ni un descuido dramatúrgico, sino una muy consciente mirada crítica, recelosa, lúgubre, al presente.
Ocurre aquí casi la misma operación que emprende Alejandro Amenábar en su thriller fantasmagórico Los otros (The Others, 1999), al centrarse en la perspectiva del fantasma, del marginado, del que siempre carga con la responsabilidad de ser el extraño, el misterio, y pasa a enrarecer la perspectiva dominante, hegemónica, de los vivos. Todos somos monstruos a los ojos de alguien o algo. Quizás este sea el verdadero gran mérito de una película que bebe mayormente de clásicos previos como Los inocentes (Jack Clayton, 1961) o apuesta por soluciones un tanto trilladas en previas cintas como Pura formalidad (Una pura formalità, Giuseppe Tornatore, 1994) o El sexto sentido (M. Night Shyamalan, 1999).

Mendonça Filho solivianta a los fantasmas del pasado brasileño: desde individuos tan puntuales como Marcelo hasta la nación en el sentido más amplio, mientras que extraña su propio presente en que los vivos a su alrededor se empeñan en desconocer, olvidar y anular las historias de quienes los precedieron. Así quedan convenientemente canceladas todas las deudas: ningún Ghirotti emergerá del nebuloso ayer para cobrarlas con sangre; ningún padre asesinado como Marcelo vendrá a reclamar a su hijo Fernando (interpretado en su niñez por Enzo Nunes, y en su adultez por el propio Moura) que lo reivindique ante la historia.
Pero siempre habrá alguien como la joven Flávia (Laura Lufési). Deviene poco disimulado alter ego del mismo director. Están ambos dotados (maldecidos) de la curiosidad por saber, ajustar cuentas, por estar en paz con el pasado, asumir su repaso como parte imprescindible del presente. Es una detective metiche, legataria de Philip Marlowe (o de Lemmy Caution), que siempre encontrará problemas por preguntar demasiado.
Pero en este caso no se topa con una nueva amenaza, sino con el que termina siendo el verdadero villano de la película: el hijo Fernando, ya en su madurez. Es un médico que trabaja en el hospital construido sobre los cimientos del cine en que trabajaba su abuelo. El edificio y todo su valor como documento del pasado, han sido aniquilados, enmudecidos y anulados por la nueva instalación. Ahí vive parte de su sosegada existencia un hombre que ha decidido desechar su pasado, y olvidar el legado de su padre.
Bajo su afabilidad se esconde un asesino de la memoria, protagonista del apabullante anticlímax. Desecha la petición de Flávia para que se reencuentre con su padre al menos a través de las grabaciones que pervivieron de esa época. Rechaza su invitación a recordar, vadea su provocación a repasar horrores no tan lejanos, pero amordazados convenientemente.
El agente secreto denuncia (sin éxito, pero con gloriosa dignidad) la banalidad de quienes se deciden por la intrascendencia, la cobardía innata de la especie, y alaba la valentía de los pocos que se atreven a resucitar la historia.

