Es imposible reducir la literatura hecha en Cartagena a un concepto único y homogéneo. La naturaleza elusiva de sus motivos literarios la hace difícil de definir y clasificar de manera rígida, se resiste a ser encasillada, desafiando cualquier intento de encajarla en moldes preestablecidos. Especialmente en el presente que nos toca vivir, donde asistimos a un fenómeno en el que, bajo el yugo del complicado sistema de producción editorial y de circulación del libro en Colombia, nuevos autores en Cartagena están surgiendo y las publicaciones se multiplican, enriqueciendo el panorama de la ciudad, caracterizado por mucho tiempo por su inmovilidad. Podemos decir, sin duda alguna, que hay una contemporaneidad literaria sólida.
Experimentar estas dinámicas es siempre interesante. No para rastrear en esas publicaciones huellas de una supuesta identidad cartagenera que permita, de forma totalizante, definir o interpretar algo. De hecho, palabras como identidad y tradición son tramposas. Si uno trata de reducir a un algoritmo, a tres o cuatro características la “esencia” de algo, lo limita. Es mejor asumir esta noción como algo flexible, proteico.
Frente a eso, el escritor Jesús Buelvas Pedroza tiene su propia postura: “Para construir un concepto como el de literatura cartagenera no basta con que haya autores publicando libros con más o menos reconocimiento a nivel local, regional o nacional. Hay otros elementos que se necesitan. Por ejemplo, el hecho de que existan procesos editoriales en la ciudad es importante. Estos procesos editoriales no solamente deben replicar la tradición eurocéntrica y las tradiciones foráneas o centralistas, sino que también deben hablar, fomentar y promover las obras de los autores de la ciudad. Entonces, ahí hay una primera falla: no hay un proceso editorial gracias al cual aparezcan revistas, publicaciones periódicas y sistemáticas que lleguen a los diferentes espacios de barrios, escuelas e instituciones universitarias, en donde se pueda leer a estos autores. En su mayoría, los que no tienen un respaldo editorial terminan haciendo autopublicaciones”.

Lejos de conceptualizar lo que deba entenderse por literatura cartagenera, se puede intentar analizar las zonas estilísticas identificables en el conjunto de esas publicaciones. Trazar un mapa de las sensibilidades creativas que han dado forma a la literatura de la ciudad. Esto es importante porque se conoce muy poco de la joven narrativa cartagenera. Para muchos lectores la literatura hecha aquí sigue teniendo los mismos rostros: Luis Carlos López, Germán Espinosa, Raúl Gómez Jattin, Roberto Burgos Cantor, Óscar Collazos, Raymundo Gómezcásseres, Efraim Medina Reyes y otros autores emparentados de una u otra manera con la ciudad. Bajo estas circunstancias, resulta complejo definir una tradición literaria propiamente cartagenera, y menos aún que esta influencie la sensibilidad creadora de los escritores contemporáneos.
“Hablar de una tradición literaria en Cartagena sería abusar de la palabra tradición. En principio porque no hay una transmisión efectiva de ningún legado literario común ni de nada que regle el comportamiento de esa comunidad, ni siquiera de la comunidad que constituyen los propios escritores, pues no hay unos lineamientos comunes que permitan hablar de escuelas o atisbos de ellas. Si ya Harold Bloom rechaza la posibilidad de cánones locales y habla a secas de un canon occidental (aunque él mismo, tendenciosamente, lo restringe al ámbito anglosajón) mucho menos sentido tendría hablar del canon de una ciudad en la que priman dinámicas muy diversas que parten de su condición de ciudad turística y cosmopolita. Sí se puede en cambio hablar de obras y autores circunscritos al canon de la literatura en lengua española o a la tradición literaria española, incluso a sabiendas de que mucho de lo que se escribe hoy en día en Cartagena participa tanto de la globalización que sus influencias provienen de otras lenguas y culturas. Para no ir más lejos, basta recordar que dentro de la generación de autores cartageneros, o que escriben desde esa ciudad y que rondan los 40 años, hay un gran número de autores que se autodenominan bukowskianos o cuya influencia se percibe a simple vista. Otros se confiesan nadaístas o lo hicieron en algún momento. ¿Qué hay en ellos, por ejemplo, del legado de Luis Carlos López? ¿La irreverencia? ¿Bastaría ese elemento para decir que entre uno y otros hay una ilación o una continuidad? Por otro lado, entre los escritores egresados de la Universidad de Cartagena, ¿cuántos de ellos han seguido en la dirección de sus maestros, digamos, de un Rómulo Bustos o un Raymundo Gomezcásseres? Poquísimos. Tal vez ninguno. Entonces, frente a la pregunta de si se puede hablar de una tradición literaria en Cartagena, diría que no, que hablar de ello tendría menos realidad que hablar de grifos y sirena”, dice el escritor Rodolfo Lara Mendoza, autor de las obras Y pensar que nos falta esperar el invierno (2011) y Alguna vez, algún lugar (2018).
En el presente, la escritura cartagenera actual se caracteriza por su carácter mestizo, fruto de la interacción constante con otras tradiciones. En un contexto así, muchas veces las influencias pueden ser de cualquier lugar. Esta apertura no significa una pérdida de identidad, sino más bien una enriquecedora hibridación que da lugar a una literatura cosmopolita y plural.

Tanto es así que una de las voces más representativas de la literatura hispanoamericana contemporánea es sin duda la de la cartagenera Margarita García Robayo. Sus novelas y cuentos, caracterizados por una prosa ágil y directa, han resonado en un público amplio gracias a su honestidad y cercanía. Explora con maestría temas como el amor, la identidad, la búsqueda de uno mismo y las relaciones interpersonales, siempre desde una perspectiva femenina y con un toque de humor irónico. Su obra, que suele ubicarse en escenarios urbanos y cosmopolitas, ha sido aclamada por la crítica por su capacidad para capturar las complejidades de la vida moderna y los dilemas de las mujeres de su generación. Novelas como Hasta que pase un huracán (2012), Lo que no aprendí (2013), Tiempo muerto (2017), La encomienda (2022), y libros de cuentos como Cosas peores (2014) y Primera persona (2017), la han consolidado como una de las escritoras más relevantes de nuestro país.
Por otro lado, las influencias de autoras y autores de la actual literatura cartagenera también vienen dadas por consumos culturales no necesariamente literarios, referencias que se encuentran en los márgenes de la cultura popular; a la par de influenciarse por el canon literario propiamente dicho, también asimilan en su escritura la experiencia de los géneros populares, las series de televisión, el cine, incluso anime, cómics y manga.
De esta manera, encontramos obras que van desde las experimentaciones con la hibridación de géneros en el universo de Yellow Hell City de Qöxahömn, en su libro El circo del silencio (2024), los acercamientos a un tipo de ciencia ficción en las primeras novelas de José Covo Meisel, la saga de novelas históricas Westhampton, ambientadas en la Inglaterra del siglo XIX, de la que hacen parte cinco libros, de Rosmery Armenteros Herrera, pasando por la historia de zombis Todas las voces muertas (2022), de Gerardo Ferro Rojas, la novela fantástica Guardianes de lo sagrado (2022), de Sara Porto, y la novela policial El hombre que hablaba de Marlon Brando (2020) de John Jairo Junieles. “En los géneros populares es donde podemos encontrar elementos de una pureza más auténtica, de fuerza y colorido, de experimentación que permita auto-revisarse, buscar otros elementos de construcción, combinar, hibridar… todo eso desde lo popular está en una ebullición constante”, remarca el escritor cartagenero Gerardo Ferro Rojas.

Otro núcleo de obras se caracteriza porque en ellas la ciudad, el espacio físico, el espacio habitado, es una constante identificable, que a su vez define voces, estilos, estéticas. En ellas Cartagena aparece como escenario, sin caer en la trampa del provincianismo, en la sobrevalorización provinciana. Se ofrece, en cambio, una mirada honesta y crítica de la cotidianidad y de la realidad social que se vive aquí. Las voces de estos autores parten de la mirada incómoda que se tiene de una ciudad que parece estar en una eterna crisis. Por traer a colación un par de ejemplos en esa línea, tenemos el libro La personalidad de los pelícanos (2022) de Teresita Goyeneche, las novelas Este o cualquier otro lunes (2019) de Jesús Buelvas Pedroza, y Bailar con rebeldes (2021) de Francisco Lequerica, así como lo que se narra en algunos cuentos de Cindy Herrera, Nicole Sánchez Castillo e Íos Fernández.
Para comprender el ímpetu literario de los autores cartageneros, es fundamental atender a las palabras de Rodolfo Lara Mendoza, quien afirma: “Más que sobre la literatura pondría la mirada sobre sus autores, en especial para loar los esfuerzos que hacen por publicar sus obras y abrirse paso en un contexto que, como bien describe Bolaño, es como un matadero de reses. Lo cual pone en evidencia la pasión con que se hace esa literatura y la perseverancia de sus autores a despecho de la ausencia de estímulos efectivos y apoyos gubernamentales serios. Ya en lo tocante a la literatura como producto considero que hay obras notables en los diferentes géneros. Y que precisamente eso último puede verse como un gran logro de la ciudad y una forma de resistencia frente al poder hegemónico y comercial del género novela, pues se sigue cultivando el teatro, el cuento y la poesía, aun cuando algunos autores se hayan visto abocados a la novela como forma, por supuesto válida, de expresión, pero sobre todo como manera de sobrevivir en un contexto que mira de soslayo o que directamente desprecia cualquier otro género”, plantea el autor del libro de cuentos La gravedad de los amantes (2016).
En este ejercicio de trazar coordenadas de orientación para seguir y leer la actual narrativa cartagenera, es importante tener presentes los libros de cuentos: La fiesta en el cañaveral (2018) de Orlando Echeverri Benedetti, Nunca olvidamos nada, nena (2018), de Gerardo Ferro Rojas, Deterioro de rituales (2021) de Francisco Lequerica, Los gaiteros salvajes y otros cuentos (2021) de Rafael Cantillo Castillo, Todos tienen el mismo nombre (2022) de Marta Amor Olaya, El manifiesto del espejo (2022) de Cindy Herrera, Gente de la loma (2022) de Joy González Güeto, Solo quedaron las cáscaras (2024) de Nicole Sánchez Castillo. De igual manera, las novelas Criacuervo (2017), de Orlando Echeverri, Cómo abrí el mundo (2021), de José Covo Meisel, Azabache: Crónicas de Antonia (2022), de Rosmery Armenteros Herrera y La historia de Helena. La hija de sangre y selva (2023) de Carolina Poveda Rangel. Así como la poesía hecha por Ana Victoria Padilla Onatra, María Alejandra Buelvas, María Patricia Vengoechea, y toda aquella que se gesta, en su mayoría por jóvenes poetas, en los talleres Héctor Rojas Herazo, Hojas de Hierba y Guion Bajo.

Mención aparte para la producción de libros de no ficción, dentro de los cuales resaltamos: Dónde hay música africana: Cultura Picotera y Festival Internacional de Música del Caribe en Cartagena (2024), de Ricardo Chica, Crónicas de un amor terrible (2023), de Nadia Celis, ¿Te puedo tocar el pelo? De la negación al exotismo. Experiencias en torno al pelo afro (2023), de Laura Romero López, Pablo Muñoz Rojo y Alberto Moya, Bailar con las trompetas del apocalipsis (2023), de Javier Ortiz Cassiani, La vanguardia intelectual y política de la nación. Historia de una intelectualidad negra y mulata en Colombia, 1877-1947 (2023), de Francisco Flórez Bolívar, La máquina de la memoria (2022), de Orlando Oliveros, Champeta. Resistencia cultural del Caribe (2022), de JJ Carbonell, Mujer incómoda (2021), de Vanessa Rosales y El jardín, la torre y la lámpara. Poesía y conocimiento en la lírica colombiana (2018), de Emiro Santos García.
El horizonte de la narrativa cartagenera es mucho más amplio. Hemos intentado cartografiar sus motivos literarios, a pesar de las limitaciones de su producción, que, en términos de visibilidad y difusión, afectan su alcance y su impacto. Es necesario, desde nuestro lugar, seguir trabajando para que ocupe el lugar que merece.