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junio 15, 2020

El cielo que nos queda de Nicolás Ferraro

Compartimos con los lectores de la Revista Coartada, gracias a la generosidad de su autor, el primer capítulo de “El cielo que nos queda”, la más reciente novela del escritor argentino Nicolás Ferraro. De la novela se ha dicho que es “un texto lleno de violencia, de imágenes indelebles que no soltarán la memoria de sus lectores, pues son palabras que se traducen en imágenes, las cuales parecen mordernos” (Neotraba, 2020).

Nicolás Ferraro (Buenos Aires, 1986) es escritor y amante de la literatura negra y criminal, la cual, según el mismo cuenta, descubrió gracias al videojuego Max Payne. “En un momento del juego hablaban de Philip Marlowe y de Sam Spade y me quedaron dando vuelta estos nombres, y dije pará, en algún lado los tengo que ver. Me gustaba mucho la manera en que estaba narrado el videojuego, una voz en off con narración de cómic, como que había una historia más allá de matar tipos en el jueguito, y dije, “che, estos me gustan, así que voy a leer estos autores”, y desde ese lugar, fue empezar a leerlos  a descubrirlos y como cualquier cosa que te guste la vas a querer hacer, me puse a escribir, sin tener ni idea de cómo escribir, sino por repetición, uno lee… absorbe”.

Ferraro es autor de tres libros. Dogo (2016), su primera novela, fue finalista del concurso Extremo Negro. En 2018, publica Cruz, la cual fue finalista del prestigioso premio Dashiell Hammett a la mejor novela negra que otorga la Semana Negra de Gijón (palabras mayores). Su última novela es El cielo que nos queda.

“Para mi el género negro tiene que ver con poner a un hombre en una situación límite y ver cómo responde. Esa es una manera para mí de entenderlo, es tratar de comprender al monstruo, y en ese caso el monstruo somos nosotros la mayoría de las veces”, cuenta Nicolás, cuando le preguntamos cómo define al género negro. 

Así como es hincha de Independiente, también dice que es hincha de  una constelación de estrellas del género negro en diferentes formatos y de distintas épocas, que van desde George V. Higgins, Donald Ray Pollock, Edward Bunker, James Sallis, David Goodis, Raymond Chandler, Jeff Nichols, incluyendo a sus compatriotas Kike Ferrari, Leonardo Oyola, y escritores del calibre de James Crumley,  Daniel Woodrell, Taylor Sheridan, Vern Smith, Newton Thornburg, Jason Aaron, entre otros. 

En la actualidad trabaja en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno en el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq. Desde el 2011 tiene el blog Mugre & Sangre, donde hablaba de libros, películas, cómics y autores de género negro. 

Sin más preámbulos, compartimos el primer capítulo de “El cielo que nos queda”.

 


El cielo que nos queda

Por Nicolás Ferraro*

1.

 

Todo se fue a la mierda en siete escopetazos.

Era difícil errarle adentro de una avioneta por más que el viento la sacudiera. Pero Zambrano lo hizo. Pajeó la Ithaca, buscó el pecho de Keegan y disparó. Los perdigones mordisquearon un brazo y los ladrillos de merca sin cortar empaquetados en el fondo del Cessna.

Lucero, el piloto, palanqueó del cagazo y el segundo disparo terminó en el fuselaje. Los dos metros de Keegan se le vinieron encima a Zambrano, que quiso esquivarlo y tropezó. Un tercer corchazo reventó más falopa. Usó la escopeta para trabar las manos que le buscaban el cuello. Recargó, como pudo. Trató de apuntarlo. Keegan le hizo girar el caño, la culata se le hundió en el pecho y la cuarta perdigonada se escapó, resquebrajando el parabrisas. Las nubes de tormenta y el cielo petróleo se pixelaron. El retroceso de la 12/70 le astilló una costilla a Zambrano. El dolor subió. Codo. Mano. La Ithaca se le escurrió de los dedos.

Keegan se olvidó del buraco en el brazo y ni siquiera vio que la escopeta le pasaba al lado. Perro ciego, anestesiado por el deseo de supervivencia, le buscó el cogote. La sangre le bajaba desde el tarascón de perdigones y era un sexto dedo que atenazaba la garganta de Zambrano. Toses. Merca flotando. Los comandos chispeaban. Gruñidos. Zambrano intentó sacarse los garfios del cuello mientras veía que el archipiélago de sangre en la musculosa blanca de Keegan se le nublaba. Le dio un rodillazo en los huevos y se lo sacó de encima. Fue a buscar la Ithaca, pero la avioneta viboreó y sus dedos no llegaron a agarrarla. Varios ladrillos sueltos les pasaron por arriba.

La neblina de falopa había desaparecido en el humo negro que llegaba desde la cabina y comía todo. Algo golpeó el pie de Keegan. Se agachó y manoteó la escopeta. Zambrano buscó el caño con las manos y lo encontró con la panza. El sexto ithacazo le reventó el estómago. El séptimo, y último, terminó de desarmarlo y abrió las puertas del Cessna. El vacío tragó a Zambrano y un par de ladrillos lo siguieron. Las tripas se fueron desenrollando como un paracaídas fallido.

El humo negro inundaba todo, se chupaba la avioneta desde la trompa. Lucero pegó el grito.

—Cerrá las puertas, la puta madre.

Con el brazo sano y la escopeta, Keegan consiguió trabarlas a medias. El viento que se filtraba por el hueco levantaba tornados blancos en el interior.

Lucero ni trató de entender qué había pasado ahí atrás. A él no le pagaban para eso, le garpaban para llevar la falopa, para pilotear. Y punto. Pero los controles no le respondían. Le entró la duda de qué hacer, cómo zafar, qué tocar.

De lo que estaba seguro era de que cuando todo se va al carajo uno piensa en una mujer. Porque sin importar en qué tuviera fe —un pedazo de tela roja, una estampita o un rosario—, cuando las cosas se salían de control, antes de pedirle a alguien que todo estuviera bien, deseaba que no le pasara nada a Juliana.

Se le vino la imagen de un saquito de té, el agua hirviendo dándole de lleno. El primero para ella, más fuerte, el otro para él.

Un saquito de té. No mucho más. A eso quería volver.

Tocó botones. Palanqueó. Puteó. Bastante. Las luces de los controles se prendieron y apagaron como un árbol de navidad. La merca que flotaba les dormía la jeta. La avioneta continuaba bajando. Se balanceaba. La escopeta se zafó. Las puertas aleteaban como un pájaro estaqueado intentando volar.

Keegan casi se fue a la mierda tratando de cerrarlas. Vio los ladrillos caer, alejarse y achicarse, levantar nubes de polvo en la tierra, desaparecer en el monte, aterrizar en la caja de una camioneta en un rancho perdido y se acordó de una película de bombarderos de la segunda guerra. Ciudades arrasadas con bombas de quinientos kilos. Sintió esas explosiones en la espalda.

La avioneta descendía, los objetos se agrandaban al acercarse, tomaban dimensión, los puntos se hicieron árboles, y no tardarían en separarse en ramas, hojas y tierra. Keegan dejó de luchar con las puertas y se acostó contra los ladrillos, con los brazos extendidos. Frenó los que pudo, a otros los miró escaparse, rodar y perderse. Un reloj de cocaína que se iba vaciando. El de sus vidas.

Lucero se rindió también. La palanca era un rosario en las manos de un ateo. Volvió a pensar en Juliana. Sí. Así era. Cuando todo se pudre uno piensa en su mina, porque el único cielo que existe es ese en que ellas nos guardan.

El único que le quedó cuando la avioneta se estrelló contra la tierra.

 

 

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