LECTURAS ESCATOLÓGICAS O LOS AMULETOS DEL APOCALIPSIS
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CATÁSTROFE PANDÉMICA O LAS FORMAS DE PRETENDER RECUPERAR LO QUE SÍ SE HABÍA PERDIDO

“Estamos condenados a esta realidad, a esta vida, sin alternativa aparente. ¿Quién va a querer leer ahora?”,
Juan Francisco Ferré.

 

Tal vez en su imaginación casi todos deseaban un apocalipsis. Convencidos por el declive absoluto de todas las cosas –cada uno a su manera–, dispuso de rasgos característicos para describir el último punto a esta larga lista de sucesos que es la historia de la humanidad. No somos más que ávidos conspiradores de lo que está transcurriendo en el mundo. Lo que cambia lo imaginado, es que la catástrofe pandémica se aproximó a nuestras puertas, golpeó por los recodos de las calles, zarandeó con complicidad el esqueleto cotidiano de nuestra indiferente existencia. El resultado es una fiebre de ansiedad y despojos emotivos de insomnio; y esto, sin anotar los múltiples juegos que se van improvisando cada día. Este escrito y su listado es también uno de ellos.

En realidad es un juego que surgió hace varios años en uno de esos atardeceres de sábado que rodearon los corazones lectores de la Comunidad Patafísica de Los Cantos de Maldoror, y que ahora, en todo este asunto del aislamiento crónico y la implacable convicción de contagio manifestada en cada espacio de la ciudad, emerge de la clandestinidad, parecido a una horda de criaturas subterráneas decididas a reclamar el lugar que se le fue negado hace miles de años.

El juego consistía en redactar un listado que correspondiera a ciertas narraciones ya leídas por cada uno de nosotros, y que luego pasarían a formar una especie de corpus infernalis que sería compartido en las arduas sesiones que teníamos. Había algunas reglas básicas; por ejemplo: (I) en el caso de escritores magnánimos como Edgar Allan Poe, Jorge Luis Borges, Maupassant, Lovecraft, Julio Cortázar –por nombrar algunos–, las narraciones escogidas se instalaban en un debate hasta consolidar de dos a tres cuentos por cada escritor; (II) había narraciones que no podían faltar y que se incluían sin presentar ningún tipo de explicación o querella por su escogencia, como La muerte enamorada de Théophile Gautier, o Cómo se salvó Wang–Fo de Marguerite Yourcenar; (III) reconocíamos en cada listado la pérdida irreparable de una narración que no se nombraba; y (IV) siempre concluíamos inconformes con el listado de nuestro amigo y pasábamos a replantear todo el juego desde el inicio.

En ese correr de contingencias y lecturas jamás pudimos llegar al final del juego, y se perdió sin dejar un listado incondicional e imperturbable. Así que en esta catástrofe pandémica orquestada por el Covid–19, presento el listado de 40 narraciones para ser leídas en esta cuarentena tentativa que tiene todo el aspecto de transformarse en un largo e intempestivo exilio, donde parece resurgir todas aquellas grandes facultades que nos forjan como humanos.

  1. Las ratas del cementerio, Henry Kuttner.
  2. Un lugar limpio y bien iluminado, Ernest Hemingway.
  3. Revelación mesmérica, Edgar Allan Poe.
  4. ¡Dulce libertad! Y un picnic en el jardín de la Casa Blanca, Patricia Highsmith.
  5. Bautismo de fuego, Mijaíl Bulgákov.
  6. El Jorobadito, Roberto Arlt.
  7. El coloquio de Monos y Una, Edgar Allan Poe.
  8. La escritura del dios, Jorge Luis Borges.
  9. Una noche en una taberna, Lord Dunsany.
  10. La iglesia de High Street, Ramsey Campbell.
  11. Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles. Gabriel García Márquez.
  12. Caníbal, Chuck Palahniuk.
  13. La madre de los monstruos, Guy de Maupassant.
  14. La esperanza, Villers De L’Isle Adam.
  15. Hasta la última gota del océano, H.P. Lovecraft.
  16. Cose pequeños puntos en la espalda de un hombre muerto, Joe R. Lansdale.
  17. Adiós a mamá, Reinaldo Arenas.
  18. Tanta agua tan cerca de casa, Raymond Carver.
  19. Huevos revueltos para el desayuno, Gerardo Ferro Rojas.
  20. La larga lluvia¸ Ray Bradbury.
  21. Las fases de Severo, Julio Cortázar.
  22. Antígona o la elección, Marguerite Yourcenar.
  23. Una mujer adúltera, Albert Camus.
  24. El zorro y el bosque, Ray Bradbury.
  25. El verdugo, Par Lagerkvist.
  26. Los nueve mil millones de nombres de Dios, Arthur C. Clarker.
  27. Wakefield, Nathaniel Hawthorne.
  28. La gallina degollada, Horacio Quiroga.
  29. Últimos atardeceres en la tierra, Roberto Bolaño.
  30. Profesor miseria, Truman Capote.
  31. Una ciudad maligna, Charles Bukowski.
  32. Cirque du silence, el Señor Underground.
  33. Proyecto para la biografía de una mujer sin tiempo, Álvaro Cepeda Samudio.
  34. Las caras de la medalla, Julio Cortázar.
  35. Sordo, mudo y ciego, H. P. Lovecraft.
  36. El milagro secreto, Jorge Luis Borges.
  37. Investigaciones de un perro, Franz Kafka.
  38. La obra maestra desconocida, Honoré de Balzac.
  39. El pescador y su alma, Oscar Wilde.
  40. El policía de las ratas, Roberto Bolaño.

No puedo dejar de pensar que han pasado desapercibidas varias narraciones, y que una vez que termine este escrito, surgirán y me harán recordar su presencia. Es por esto que la regla III del juego es invaluable. Sin embargo, creo que he recogido un número considerable de historias memorables e imprescindibles. O hasta tal punto que colmaron mis días en diferentes momentos de la vida misma. Aunque sé que este listado puede varias y ser modificado en algunos de sus puntos. A pesar de todo, guardo consideración con escritores inexistentes en el listado –y que mis amigos, además de usted, lector, me reprocharán con razonable juicio–, como el caso de Saki, Juan Rulfo, Monterroso, Kawabata, Silvina Ocampo, Irvine Welsh, Haruki Murakami, Gérald de Nerval, J.D. Salinger, Elena Garro, e incluso, la mismísima Leonora Carrington, igual que Felisberto Hernández, Ambrose Bierce, Jack London, Antón Chejov. El mismo sentimiento de abarcar la totalidad hace forzoso que se averíen las formas definitivas de hallar lo que sí se ha perdido, irremediablemente.

 

Hernán Grey Zapateiro
Cartagena de Indias,
Marzo 30 de 2020.

 

 

 

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