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El tesoro de Ítaca

27_1r7643478688_f406db9c2b_bA Evlyn Rodgers, por supuesto.

 

Penélope cuestionaba las rutas hacia Troya. Sabía que la guerra había acabado, y Ulises retrasaba su arribo impedido por una fuerza suprema. No aguantaría más la reclusión en el palacio. El tedioso argumento de tejer y destejer su ropaje. La aventura nos unirá, pensaba. Una mañana ordenó preparar la embarcación. Los súbditos serían la tripulación más uno que otro pretendiente benévolo.

Muy temprano, zarparon. Todavía no esclarecía y las estrellas parecían dibujar el anhelo de Penélope: salvar del olvido los rasgos angulosos de Ulises.

Los días traían su apuro y la embarcación pasaba triunfante cada obstáculo descrito en las vastas mitologías.

El mediodía era soleado, despejado. El mar apacible y limpio como una pantalla. Se avecina una tormenta, se dijo Penélope, confiada. Más adelante, la embarcación viraba a estribor, esquivando una inmensa roca, tan alta y tan gruesa que los había dejado en sombras. A su vuelta, parada en proa y con la mano de visera, distinguió la embarcación de su esposo anclada a un costado de la roca. Observó también como la tripulación saltaba al mar, mientras Ulises, amarrado en el mástil por tenaces cabuyas, agitaba su cabeza con locura. En un lapso sus hombres se tirarían igual al mar, completando la miríada de ahogados.

La roca como un coloso, llena de cuevas profundas donde un rumor tomaba forma terrorífica.

¡Cuánto te extraño!, gritó Penélope. ¡Cuánto te necesito!, volvió a decir, fuerte y claro. Y Ulises seguía en un sopor de locura. Su cabeza no paraba de agitarse descontrolada, combatiendo enérgicamente.

Amor vuelve, gritaba Penélope, siempre parada en la proa. Vuelve que te extraño, repetía desesperada, y su voz iba perdiendo alcance. Avisó más la mirada, y el rostro de Ulises había vuelto a verla: sereno y perdido. Ese semblante la había despertado de noche, agitada, cuando preparándose para la guerra, se quedaba maravillado ante el mar en tinieblas. ¡Vuelve! ¡Vuelve!, alcanzó a gritar antes de quedar sin aliento. Y los ojos de Ulises, ya inexpresivos ante el sol vigilante, se dirigían a la sinuosa roca.

Llorando, Penélope articulaba su boca en silencio, llamando sin poder hablar, como si estuviera en el fondo del agua.

Más tarde, Penélope sentiría su garganta aliviada. Era retomar la lucha, recuperar el tesoro de Ítaca. Pero se contuvo mientras pensaba, ¿podrá mí voz distinguirse de aquello con que la roca llama a Ulises?

Frágil, cayó de rodillas.

Hernán Grey Zapateiro41_1windca1v

Ilustraciones tomadas de las obras fotográficas de Hossein Zare (foto de portada) y Sparrek (fotos del texto)

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